7 de enero de 2022 14:52 hs

En marzo de 2020 muchos aventuraron que de la pandemia de covid-19 íbamos a “salir mejores”. La lógica era atractiva: la decisión de detener a las sociedades mostraba que no era necesario vivir consumiendo, lo cual era un golpe al hígado al capitalismo (en realidad fue todo lo contrario: el mundo consumió como nunca, pero de forma diferente). Era una señal de desprendimiento de millones de personas jóvenes para cuidar a los más viejos. La propuesta era cuidarnos entre todos, porque la curva la aplanábamos entre todos. La novedad, la sorpresa, pero también el miedo a lo desconocido, pavimentaban el éxito de esas frases que se volvieron eslóganes.

Pero la realidad fue diferente, porque nos metimos en ese baile sin una idea realista de cuánto duraría. En el mundo las cuarentenas se impusieron siguiendo a la totalitaria China, casi como la única medida mientras aún no había vacunas. Un par de años antes nos hubiese parecido una demencia autoritaria prohibir a la gente salir de su casa, o tener que pedir permiso para hacerlo.

Esos encierros provocaron hastío y apenas lograron desacelerar la ola de muertes. Afortunadamente en Uruguay no los tuvimos: solo una cuarentena voluntaria que duró un mes. El esfuerzo fue desmedido porque el virus casi ni había llegado. Tanto que, cuando llegó, la economía ni la cabeza de la gente soportaban otro cierre.

Dos años después, los casos vuelven a subir, aunque en un escenario radicalmente diferente. Con gran parte de la población inmunizada, la curva de casos se desacopla totalmente de la de internaciones y muertos. Pero muchas reacciones se parecen a la de marzo de 2020.

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Dos años después, creo que somos peores personas. La pandemia, en lugar de sacar lo mejor de nosotros, parió sociedades peores. Y no solo por el fracaso del fondo Covax, que prometía equidad de vacunas y fue un rotundo fracaso.

Generó más miedo. Entendible en la durísima ola de marzo de 2021, que dejó cicatrices, pero a esta altura poco racional, desde el momento en que parte del planeta consiguió vacunas eficaces para tratar al SARS-CoV-2 y redujo las chances de desarrollar covid grave a una rareza estadística. Pero el miedo sigue estando ahí, consolidado.

Algunos se enamoraron de la idea de establecer restricciones para enlentecer la circulación del virus, algo imposible ante variantes muy contagiosas (pero más leves) como ómicron. En marzo de 2020 entendíamos que esas medidas eran extremas y extraordinarias; pero muchas, en varios países, se mantienen hace 22 meses.

La meta en 2020 era clara: darle tiempo al sistema de salud para prepararse. Pero ese norte se perdió, y la justificación pasó a ser una eterna carrera para que el virus no nos alcance. Hoy, en el mundo, hay un mar de burocracia armado para enfrentar a un virus que aunque está teniendo olas gigantes de casos no está provocando mucho más problemas que antes de la pandemia en los sitios con alta vacunación.

Por primera vez estamos secuenciando en tiempo real, testeando contactos, y confinamos gente triple vacunada y que apenas tiene unas trazas de virus detectables en un test de alta sensibilidad, pero muchísimos de los cuales no tienen capacidad de contagiar. Y cuando los gobiernos, sean de Uruguay, Estados Unidos o Francia, deciden usar el sentido común y alivianar esos aislamientos, muchos especialistas ponen el grito en el cielo porque una mínima proporción de esas personas pueden llegar a transmitirlo. Miramos tanto el árbol que hemos dejado de ver el bosque.

Nos hemos vuelto más hipocondríacos. Padecer un resfrío está mal visto, sea el compañero de asiento del ómnibus o niños que, básicamente, construyen su sistema inmunitario a base de enfermarse y recuperarse.

Juzgamos más. Miramos al desconocido con desconfianza, cosa de que no nos respire cerca. Denunciamos a los que creemos que están violando las reglas. Y juzgamos al que se contagió, como si hubiese cometido una falla ética.

Juzgamos también a los no vacunados, y los tratamos desde tontos hasta asesinos potenciales. Muchos de ellos atacan con la misma virulencia a quienes defendemos las vacunas, al punto que el debate se vuelve tóxico y divisivo, todo lo contrario de lo que necesitamos: convencer a quienes no decidieron inocularse de que es seguro hacerlo, sin dejarlos definitivamente instalados en la vereda de enfrente.

Desde que cruzamos el rubicón de suspender las clases de los niños para cuidar a los mayores, lo dejamos arriba de la mesa como una opción válida, aunque sepamos ya que la consecuencia emocional y cognitiva es enorme, sobre todo en los niños más pobres.

Los antivacunas y los fatalistas del covid terminan siendo parecidos, y operando contra el plan de vacunación. En definitiva, ¿si tengo tres dosis de vacuna, y mis seres queridos también, por qué debería seguir teniendo los mismos cuidados a los de antes de las vacunas?

Hay también una falsa y dañina moralidad, que sostiene que mientras haya virus circulando hay que limitar actividades, porque algunas personas correrán riesgo aunque tengan tres dosis, y quien así no lo haga es un irresponsable. Se ignora que detrás de cada restricción hay alguien que se queda sin trabajo, o un niño que no puede ir a clase, un adolescente que necesita juntarse con sus pares, un abuelo que no puede ver a sus nietos.

No ignoro que el covid aún puede hacer daño en personas mayores o inmunocomprometidos, y que un aumento de casos aumenta en forma individual la posibilidad de casos graves o muertes. Pero la proporción de casos graves aún en esa población es tan pequeña (siempre que estén vacunados), que es imprescindible una nueva forma de pensar en los cuidados, midiendo el costo beneficio de eventuales limitaciones. A diferencia del inicio de la pandemia, hoy la gran mayoría de esas restricciones que algunos reclaman hacen más daño que el mal que evitan.

Hay que proteger a los vulnerables, pero sin intentar reducir todas las interacciones de la sociedad, sino cuidar las interacciones con esa población. Sin aislarlos, sí siendo más rigurosos en las medidas de protección cuando estamos con ellos. Y sobre todo tranquilizándolos: las vacunas redujeron enormemente la chance de que tengan enfermedad grave. La cantidad de personas reclamando por estos días cuartas dosis nos muestra que los que estamos más informados estamos comunicando muy mal, pese a que nos obsesionamos y hablamos todo el día del te,a

Hay, sin embargo, una esperanza. Que no nace ni de los gobiernos ni de los científicos, sino de la gente que se cansó de vivir entre restricciones, y que decidió disfrutar su vida con normalidad, aunque todas las tardes los medios de acá y allá espantemos con cifras de cuatro, cinco o seis cifras de contagios diarios. Afortunadamente, por ahora, el gobierno sigue esa línea.

Con la actual situación sanitaria, la pandemia deja de tener entidad cuando la gente así lo decide. Y afortunadamente, estamos llegando ahí. Esperemos que, al arribar a la meta, nos olvidemos de todo lo malo en lo que nos convertimos en estos dos años.

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