28 de abril 2023 - 5:04hs

El sueño que ha albergado el líder chino Xi Jinping desde su castillo en La Ciudad Prohibida siempre ha sido no solo proyectar al gigante asiático como superpotencia económica fuera de fronteras, sino también geopolítica, asumiendo una posición de liderazgo global. Su creciente rol como mediador diplomático es solo una muestra de ello.

El miércoles sostuvo una conversación telefónica con el presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski; y a diferencia de lo que sucedió a fines de marzo –cuando fue originalmente presentada–, esta vez su propuesta de paz recibió elogios de Occidente. Nada ha cambiado en la propuesta china; son los mismos 12 puntos del mes pasado y un llamado a Kiev y Moscú para que se sienten a negociar. En aquella oportunidad, Washington contestó que no había que fiarse de las intenciones de Beijing, y el secretario de Estado, Antony Blinken, llegó a sugerir que el plan de paz podría ser una “táctica dilatoria” a fin de ganar tiempo para la movilización en Rusia.

¿Qué ha cambiado desde entonces?

Solo parece haber cambiado lo que se llama el momentum, el grado de aprobación o beneplácito que recibe una determinada idea o figura en un momento determinado. Después de que Xi se reunió con el presidente de Brasil Lula da Silva en Beijing, este fue muy crítico de la actuación de Estados Unidos y las potencias europeas en Ucrania; por lo que recibió a cambio durísimas reprimendas de Washington y Bruselas. Pero el brasileño, lejos de arredrase, continuó haciendo hincapié en la necesidad de una salida negociada en Ucrania y en que los países occidentales debían hacer más en ese sentido.

Las duras respuestas desde Washington y Bruselas –que además habían sido en boca de meros voceros– se apagaron rápidamente. Ya no les quedaba tan bien seguir fustigando, y tildando de lorito amaestrado que “repite la propaganda china y rusa”, a un líder con suficiente prestigio internacional, que por lo demás, solo estaba pidiendo que Rusia y Ucrania se sentaran a negociar. Tal vez ese haya sido un punto de inflexión en este cambio de aproximación por parte de Washington.

Pero también hay algo de sentido común, y una cuestión básica de la política internacional y la resolución de conflictos: además de sus intentos de mediación en Ucrania, el gobierno chino ha mediado recientemente un acuerdo, hasta entonces impensado, entre los eternos rivales Irán y Arabia Saudita; rivales no solo en tanto potencias regionales del Medio Oriente, sino también por la supremacía del mundo islámico, como líderes de las ramas chiíta y sunita respectivamente. El acuerdo negociado por Beijing increíblemente funcionó.

Además, China ha estado últimamente aumentando tanto su participación como sus aportes en organismos internacionales e interviniendo cada vez más en la resolución de conflictos en el seno de las Naciones Unidas. En todos los casos, parece haber actuado como un bróker honesto e imparcial; y aun más importante, exitoso.

En las universidades de la Costa Este de los Estados Unidos, donde se forman sus diplomáticos y demás integrantes del establishment de política exterior de Washington, se enseña que, en relaciones internacionales, todo aquello que contribuya a bajar las tensiones y conduzca a los adversarios a la mesa de negociaciones es bueno para la paz mundial y la seguridad colectiva. En ese marco, no parece muy racional rechazar la mediación china porque sí.

Así pues, a su modo, Washington había expresado primero su acuerdo con la mediación china entre Irán y Arabia Saudita: a principios de marzo desde la Casa Blanca habían dejado deslizar al portal Politico que “los intereses chinos y estadounidenses hasta podrían en este caso alinearse”. (Tampoco es que les quedara otra, la verdad; la monarquía saudita cada vez se aleja más de Estados Unidos, y el Irán de los ayatolas siempre ha sido su enemigo declarado.) Pero luego, ya que China mediara también una paz en Ucrania, era algo que les costaba mucho más trabajo digerir.

Sin embargo, no tanto como el realpolitik que se imponía para no oponerse al pacto de Irán y Arabia Saudita, pero ya con tanto pedido de paz y de una salida negociada para Ucrania, más la actuación de Lula y el creciente rol de China como mediador internacional, tampoco le quedaba mucho margen a Washington para seguirse negando. Se había quedado sin argumentos.

Por otro lado, en su nuevo rol como superpotencia con proyección geopolítica, la China de Xi ha fundado, o ayudado a fundar, bloques y organismos multilaterales por fuera de la tutela de Washington: como los BRICS o la Organización para la Cooperación de Shanghái. Y a diferencia de lo que hicieron los gobiernos de izquierda latinoamericanos cuando crearon organismos como la Unasur y Celac, Beijing les otorga a estas organizaciones dientes; esto es, bancos, entidades financieras que apuntalen su poder real. Por eso está ahora el Banco de Desarrollo de los BRICS, cuya flamante presidenta es Dilma Rousseff, o el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, que financia los proyectos de la Nueva Ruta de la Seda por todo el mundo.        

Todo esto les ha dado un gran predicamento sobre todo entre los países del llamado Sur Global. Los chinos dicen estar creando un nuevo sistema internacional basado en el ganar-ganar (es decir, en un esquema de ganancia mutua) y en la interconexión, con independencia de los valores culturales o civilizatorios de cada quien. La antítesis del sistema liderado por Washington que aspira a compartir los mismos valores occidentales. La diferencia radica, en opinión de los chinos, en que su sistema creará un orden mundial multipolar, que será globalmente más beneficioso que la aun imperante hegemonía de Estados Unidos. Mientras que Washington propone que su sistema de valores, aunado a su supremacía en los mares, los cielos, los mercados y el comercio, garantiza ciertas reglas que hacen posible la convivencia global, y que de otro modo esta sería imposible.

Cuál de los dos tiene la razón, es discutible. Pero cuál de los dos prevalecerá, seguramente es un desenlace que vamos a ver en esta primera mitad del siglo.

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