La herencia de una madre
El día que les cambió la vida
Un sobreviviente del desplome de las Torres, un uruguayo que participó en la remoción de escombros, un rescatista y la hija de una de las víctimas recuerdan la jornada más trágica de EEUU
Un sobreviviente del desplome de las Torres, un uruguayo que participó en la remoción de escombros, un rescatista y la hija de una de las víctimas recuerdan la jornada más trágica de EEUU
La herencia de una madre
Neda Bolourchi
Pasajera del vuelo 175 de United Airlines
A los 69 años, Touri Bolourchi tenía un esposo, dos hijas y dos nietos. Era enfermera y partera, tocaba el piano desde niña y en su tiempo libre le encantaba leer, hacer crucigramas y trabajar en su jardín. Sus flores favoritas eran las amarillas. Lo más importante de Touri era que mantenía unida a la familia a pesar de que una parte vivía en Los Angeles y otra en Boston. La tumba donde Touri recibe ahora las flores que tanto le gustaban es la Zona Cero.
El 11 de setiembre de 2001 era una de las pasajeras del vuelo 175 de United Airlines que a las 9:03 impactó contra la Torre Sur del World Trade Center (WTC). Neda y su familia fueron testigos de la muerte –o asesinato como prefiere llamarlo– en vivo por televisión. “Nunca olvidaré su dulce perfume y sus cálidos y reconfortantes abrazos. Ella no solo te abrazaba, ella te metía en su corazón”, relató Neda a El Observador.
Diez años después, lo que más le pesa a Neda no son los recuerdos sino que la muerte de su madre haya sido en vano. La caza de Osama Bin Laden no significó ninguna “cura” para ella, al contrario, su herida seguirá supurando mientras que no haya una “verdadera reforma política y religiosa”.
Los Bolourchi son una familia secular que huyó de Irán durante la revolución islámica y que nunca aceptó el extremismo de una fracción de la religión musulmana, el mismo que, en nombre de Alá, ejecutó el plan que mató a Touri y a casi 3.000 inocentes más, solo ese día. “Será una verdadera celebración cuando se derroten las ideologías y no solo se mate a uno de los líderes”, apuntó. Y agregó: “Tenía la esperanza de que esta tragedia traería más comprensión y que crearía un diálogo más significativo acerca de la politización de las religiones por los extremistas islámicos”.
A su juicio, la voz de los sacerdotes en las comunidades islámicas alrededor del mundo no ha sido lo suficientemente fuerte, no solo en la condena de los actos del 11S, sino para promover una reinterpretación del Corán –el libro sagrado del Islam– para no seguir defendiendo la postura de que los no musulmanes son infieles y que es deber de los musulmanes declarar la yihad, la guerra santa, contra ellos. “Nadie se atreve a hablar de cambios, de dejar la ilusión de que nuestra religión es la mejor y la última sobre la palabra de Dios, de enfatizar la compasión y la compresión entre musulmanes y otras religiones”, dijo.
Neda se opone a la construcción de una mezquita cerca de la Zona Cero, un proyecto pendiente desde 2010, como también de cualquier otro edificio religioso en el lugar que debe ser preservado como un sitio de homenaje a las víctimas. “Los constructores nunca contactaron a las familias del 11S, ciertamente no a la mía o a cualquier otra familia musulmana, si la hubiera. Nunca los he oído condenar esos actos. Hubiera sido más productivo que hubiesen creado una agenda para la construcción de la paz, en vez de construir otra mezquita”, afirmó.
Es la paz, todavía muy lejana a los ojos de Neda, y a pesar de 10 años de guerra contra el terrorismo, el único verdadero honor que se le podría otorgar a los que murieron ese día. Pero la paz es aún una utopía, quizás tan “triste” como Neda calificó al “delirio” de que el paraíso espera a los mártires y por esa meta no sienten compasión por nadie más en la Tierra, y el único honor que puede hacerle a su madre es dejarle flores amarillas sobre una roca y “ser como ella”.
El salvador Misterioso
Jason Thomas
Rescatista de últimos sobrevivientes de la Torre Sur
Las sirenas todavía resuenan en la mente de Jason Thomas, aunque de a poco se han ido las pesadillas. Solo pensar en aquel día hace que lo invada una mezcla de recuerdos que todavía no se ha animado a relatárselos a sus hijos y que hasta hace poco ni siquiera se los había dicho a su esposa. “Recuerdo que no era capaz de ver mis manos frente a mi cara por las cenizas que había en el aire. Recuerdo el olor a carne quemada y los metales calientes que derretían las suelas de mis zapatos mientras luchaba a través de los escombros en busca de sobrevivientes. Lo que más recuerdo es el caos, la destrucción y la devastación de mi ciudad”, dijo a El Observador. Lo primero que vio cuando llegó al WTC aquella mañana fue el desmoronamiento de la torre norte. Eran las 10:03.
Thomas se había retirado de la Marina un año antes para estudiar en la Escuela de Justicia Criminal en la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Tenía 26 años y vivía en Long Island, a cinco minutos de la casa de su madre. Había ido hasta ahí como todas las mañanas para dejar a su pequeña hija. El reloj recién había marcado las 8:46 cuando el vuelo 11 de American Airlines se había incrustado entre los pisos 93 y 99 de la torre Norte. Lo primero que pensó fue que su país estaba bajo ataque. Volvió a su casa, se calzó el uniforme, tomó una identificación y manejó hasta Manhattan.
“Hice lo que haría cualquier marine y lo que hubiese querido que alguien hiciera por mí”, contó. Solo con una linterna y una pala, contraviniendo órdenes de los bomberos, se abrió paso entre las toneladas de hierro retorcido y material de oficina carbonizado. “Marines de los Estados Unidos, ¿hay alguien ahí?”, gritaba, esperando una respuesta. Hasta que un débil llanto rompió ese silencio de muerte. Seis metros más abajo yacían los policías Will Jimeno y John McLoughlin. Su rescate llevó más de trece horas. “Consolamos a esos hombres durante ese tiempo”, dijo Thomas, quien estaba acompañado por el sargento Dave Karnes.
Solo se identificó como el sargento Thomas por lo que nadie supo quién había rescatado a los últimos sobrevivientes de la Torre Sur, futuros personajes de la película WTC de Oliver Stone, de la que Thomas solo vio el trailer. Thomas regresó por dos semanas a esa tumba de la Gran Manzana y luego desapareció sin decirle ni a su esposa lo que hizo, puesto que, en su opinión, no había hecho más que aquello que se espera de un soldado. Atrás solo quedó una foto sin nombre publicada en la prensa. “Definitivamente me sentí culpable por no haber podido ayudar a más personas. Se perdieron tantas vidas y solo pude ayudar a dos”, confesó esta semana. Thomas calló el secreto durante años y, en contra de lo que le podrían haber recomendado los psicólogos, eso le sirvió como terapia. “No tuve intención en convertirme en el salvador misterioso. No me veía como héroe y no me di cuenta que alguien me estaría buscando”, afirmó.
Al poco tiempo Thomas y su familia abandonaron Nueva York. Viven ahora en Columbus, Ohio, donde él trabaja como oficial de la Corte Suprema. Cuando pudo superar esa tonta culpa, fundó la organización sin fines de lucro Héroes en ayuda de la Humanidad. “Quería hacer más y quería dar. Quería ayudar a nuestros militares”, comentó. Cada 11 de setiembre organiza una maratón en recuerdo de las víctimas de los atentados.
Diez años, más de la mitad de estos en el anonimato, le sirvieron a Thomas para responder con una plegaria a la muerte de Osama Bin Laden el pasado 2 de mayo. “Me llené de tristeza al recordar los ataques que arrebataron prematuramente 3.000 vidas”, manifestó. Sin embargo, Thomas cree que la máxima venganza contra la mente siniestra detrás del atentado terrorista fue que los estadounidenses están “más unidos que nunca”.
El último hombre en salir
William Rodríguez
Sobreviviente de la Torre Norte
William Rodríguez -Bill, para sus allegados- es un héroe nacional. Aunque de muy poco le sirvió, dice, ya que lo que de verdad necesitaba era un trabajo. Él vio cómo dos décadas de su vida laboral y personal se incineraron al desplomarse las Torres Gemelas.
Diez años han pasado desde que una nube negra cargada de toneladas de tóxicos y escombros casi acaba con su vida. Él lo celebra como la oportunidad que le dio la vida de renacer. Y lo grita a los cuatro vientos. Literalmente, porque hoy, en el 10° aniversario de los ataques terroristas, su testimonio figura en decenas de medios de comunicación del mundo.
¿A qué se debe tanta demanda informativa? Bill Rodríguez es un portorriqueño de 50 años y lidera una organización que ha luchado por las víctimas del 11S, especialmente por quienes, de un día para otro, se vieron excluidos de cualquier beneficio laboral o social por carecer de estatus migratorio regular.
Pero, además, Bill posee uno de los símbolos materiales de la sobrevivencia: la llave maestra del WTC. No solo pudo abrir decenas de puertas procurando por su propia vida. Ahora es quizá el sobreviviente hispano más conocido en el mundo.
Su página en Facebook tiene casi 5.000 seguidores, muchos de ellos ex colegas de trabajo en el WTC y familiares de víctimas. Ha compartido varios álbumes de fotos de su vida como encargado de mantenimiento de las Torres Gemelas; las imágenes equivalen a viajar al pasado, y puede identificarse con rostro, nombre y apellido a quienes no sobrevivieron... a quienes fueron incinerados por la locura de unos cuantos. “Perdí a 200 amigos”, dijo Bill a El Observador.
Su testimonio de coraje y sobrevivencia se ha transformado en un apostolado de la automotivación y manejo de crisis, para lo cual ha sido llamado para impartir conferencias desde Paraguay hasta diversos países asiáticos.
Bill luce radiante y sonriente en las fotos junto a artistas como Enrique Iglesias y Charlie Sheeni, o el mismísimo ex presidente de Estados Unidos, George W. Bush. Muchos de ellos sostienen la llave maestra.
Bill está un poco cansado de repetir la misma historia, pero lo hace con la convicción de que eso sensibilizará a las personas en otros países y continentes sobre los males de las guerras y a evitar que la memoria se borre. No obstante, reclama que el recuerdo de las víctimas ha sido utilizado con fines políticos por los gobiernos de turno.
Está vivo porque ese martes despertó tarde. No llegó a su puesto de trabajo a las 8:30 de la mañana como era su obligación. Cuando el avión de American Airlines se estrelló en la Torre Norte, Rodríguez estaba en el sótano. “A las 8:46 escuchamos un ‘¡boom!’, una explosión fuerte que nos empujó hacia arriba”, relató.
Abrió puertas y salvó a cientos de personas. En su polémica declaración oficial ante las comisiones que investigaron el suceso, Rodríguez insistió en que hubo explosiones previas a la colisión del avión, que ocurrió entre los pisos 93 y 98 de la Torre Norte. “No me importa lo que dice el gobierno, o los científicos. Yo vi un hombre terriblemente quemado por un fuego causado por una explosión ocurrida abajo”, declaró.
“Yo sé que había explosivos colocados debajo del WTC”, añadió en su testimonio. Ahora, Bill resiente que no ha recibido la invitación para asistir a la ceremonia oficial de la conmemoración del 10° aniversario de la tragedia. Es extraño, dice, ya que por siete años consecutivos él formó parte del comité organizador, función que hoy fue retomada por el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg.
La extraordinaria peripecia del uruguayo Alberto Domínguez
La hija del único compatriota muerto el 11S volvió a revivir aquel doloroso día
Era una mañana de sol en la victoriana y apacible ciudad de Boston. El uruguayo Alberto Domínguez se levantó temprano para tomar el vuelo que lo llevaría de regreso a Sydney, Australia, donde residía desde 1973. Normalmente viajaba a Boston con su esposa, Marta, a visitar a su cuñada Milka Barboza, quien había emigrado a Estados Unidos también en los 70.
Pero esta vez no era, como acostumbraba, un viaje de placer. Milka había sido intervenida de un tumor cerebral, y los Domínguez estaban allí para acompañarla en el trance. Originalmente Alberto tenía su boleto de avión para regresar solo a Sydney el 9 de setiembre y reintegrarse a su trabajo en la aerolínea Qantas, para la que trabajaba en cargo, mientras su esposa permanecería en Boston cuidando a la hermana.
Pero el sábado 8 de setiembre ésta desmejoró, y Domínguez decidió aplazar su vuelo. “Como empleado de Qantas viajaba en stand by, pero le dieron pasaje para el 11 de setiembre, con una conexión primero a Los Angeles por American Airlines”, recuerda Virginia Domínguez, hija de Alberto, en entrevista con El Observador.
El nuevo boleto decía: “Vuelo 11 AA, asiento 11-J, Boston-Los Angeles, 11 de setiembre de 2001”; era del primer avión que se estrellaría contra las Torres Gemelas aquel fatídico 11 de setiembre.
Su cuñado Freddy fue el encargado de llevarlo al Logan International Airport esa mañana. El vuelo debía partir a las 7.45, y Domínguez fue uno de los últimos en abordar. Detrás de él lo hizo el secuestrador Mohamed Atta, quien minutos después pilotearía el avión contra la Torre Norte del World Trade Center. Atta fue el último en abordar, con el tiempo justo, ya que había sido demorado en el chequeo de seguridad.
Según el Reporte de la Comisión del 11 de setiembre, el avión despegó de la pista del aeropuerto de Boston a las 7.59, con 81 pasajeros a bordo y 38 mil litros de combustible. Domínguez viajaba en clase business (donde también iban los secuestradores), en el asiento 11-J, apenas tres filas detrás de Mohamed Atta, quien iba sentado en el 8D, e inmediatamente detrás de Satam al-Suqami, quien tenía el asiento 10B.
Los otros tres secuestradores tampoco estaban muy lejos de él: Abdulaziz al-Omari en el asiento 8G, y Walled al-Shehri y Wail al-Shehri iban en primera clase, en los asientos 2B y 2A.
Quince minutos después de despegar, a las 8.14, Domínguez pudo ver cómo los secuestradores iniciaban el atentado, apuñalaban a dos azafatas y degollaban al pasajero Daniel Lewin, quien trató de detenerlos. Todo esto ocurrió a pasos de donde estaba Domínguez: Lewin venía sentado en el asiento 9B, y de acuerdo con el Reporte de la Comisión del 11S, fue al-Suqami, quien venía sentado en la fila de adelante del uruguayo, quien asesinó al pasajero que se interpuso.
En cuestión de minutos, Atta y al-Omari entraron a la cabina, redujeron al piloto y al primer oficial de abordo y tomaron control del avión. Los demás secuestradores se quedaron afuera de la cabina para controlar a los pasajeros. A las 8.33 Domínguez escuchó, junto al resto de los pasajeros, la voz de Atta por los altoparlantes: “Nadie se mueva, por favor. Estamos regresando al aeropuerto; no traten de cometer una estupidez”.
Ciclismo y radio
Alberto Domínguez había nacido en Montevideo el 12 de julio de 1934. Vivió en el Buceo y se recibió de técnico-electricista. Desde los 16 años trabajó como electricista para la Intendencia de Montevideo, hasta que emigró a Australia en 1973. En 1955 casó con Marta Barboza, con quien tuvo cuatro hijos: Alberto (hoy 55), Álvaro (53), Virginia (51) y Diego (43).
Domínguez fue un ciclista destacado en Uruguay. Corrió por el Club Ciclista América, y luego pasó al Club Unión Ciclista, con el que se consagró Campeón Nacional de Velocidad en 1953. Representó a Uruguay en competencias internacionales y en 1959 vistió la celeste en los Juegos Panamericanos de Chicago “Como deportista era un fenómeno –recuerda Walter Cabral con quien integró una dupla imbatible-. Y como persona, un tipo muy alegre y un excelente compañero, siempre dispuesto a darle una mano a todo el mundo”.
Domínguez emigró a Australia con su esposa y sus hijos, en noviembre de 1973, con 40 años, y se radicó en Sydney, donde trabajó para la compañía de ferrocarriles estatales, y luego pasó a la aerolínea Qantas. Pronto se convirtió en líder de la comunidad uruguaya en ese país, siempre ayudando a los uruguayos que llegaban, conduciendo programas de radio en español y fundando la asociación Uruguayos Unidos, que recaudaba fondos para hospitales, policlínicas y escuelas del Uruguay.
En Australia tuvo exitosos programas de radio en español desde los que conectaba a los uruguayos o los juntaba a ver partidos de fútbol. “Imaginate, cientos de uruguayos llegando todos a medianoche a mi casa. Para ellos (los australianos) era inconcebible una cosa así”, dice Virginia entre risas. “A veces pienso que ese era su destino: Él era un hombre extraordinario y se fue de este mundo de una manera extraordinaria”, concluye su hija.
Los momentos finales
Posiblemente luego de escuchar a Atta por los parlantes del avión aquel 11 de septiembre, Domínguez haya advertido que su vida comenzaba recorrer un camino más allá de lo ordinario.
Mientras Atta pedía calma, los secuestradores que habían quedado afuera de la cabina corrieron a todos los pasajeros hacia la parte de atrás del avión, mientras Atta desviaba el curso de la nave en dirección sur.
“Es horrible saber que tu padre estaba exactamente ahí, en medio de los terroristas, y que sufrió todos esos momentos de angustia antes de morir”, dice Virginia, quien después del atentado sufrió un tiempo de ataques de pánico, por los que debió ser tratada, y por muchos años no podía tomarse un tren expreso (sin paradas) ni subirse a un ascensor.
A las 8:43 Mohamed Atta completó el giro hacia Manhattan y tres minutos después, a las 8.46, estrelló el Boeing 767 contra la Torre Norte, a una velocidad de 466 millas por hora (750 km/h), entre los pisos 93 y 99.
Un duelo inverosímil
Aquel día la hija de Domínguez estaba en Sydney, donde ya era de noche, con una diferencia de 14 horas con Nueva York.
“Yo llegué del cine a las 11 menos cuarto de la noche –recuerda Virginia–. Prendí la tele y empecé a ver todas las imágenes (del atentado). Y al principio, como todo el mundo, pensé que se trataba de una película”.
Minutos después recibió una llamada de su hermano Álvaro, quien le mencionó la posibilidad de que el padre fuera en uno de los aviones del múltiple atentado. Pero ella no lo creyó posible en ese momento.
“Igual empecé a llamar a mi tía Milka a Boston, pero nadie contestaba. Llamaba a la hot line de American Airlines y las líneas estaban colapsadas. Llamaba a todas partes y nada. Hasta que finalmente Álvaro me volvió a llamar para decirme que Freddy lo había llamado de Boston y le había confirmado que papá iba en ese vuelo”, recuerda.
Minutos después, su tía Reina Domínguez (hermana de Alberto) la llamó llorando desde Montevideo para decirle que la televisión uruguaya ya había anunciado la muerte de su padre.
“Me extrañó mucho, porque en Australia y en la mayoría de los países, en casos de accidente, llaman primero a los familiares antes de difundir la noticia con nombre y apellido”, dice Virginia.
Para la familia fue un duelo muy complicado: “Era rarísimo ver todas aquellas imágenes y saber que ahí terminó su vida. Por un lado querés ver y saber, y al mismo tiempo es un dolor indescriptible. No podías vivir el duelo normalmente por todo lo que estaba pasando. Todas las noticias de aquella tragedia inimaginable por un lado, y por el otro la irrealidad de perder a tu padre… Toda la prensa, la televisión y todos los medios acampando afuera de tu casa, los teléfonos sonando sin parar y el dolor… Fueron tres días surrealistas”, recuerda.
Y luego, cada año, con cada aniversario de la tragedia, para la familia era pasar por lo mismo una y otra vez. “Lo tenés que separar, porque recordar la muerte de tu padre, algo tan íntimo, con todo este circo alrededor es horrible”, dice Virginia.
Noellia Scarone, la hija de Virginia, fue criada en gran parte por su abuelo, ya que Virginia se divorció de su esposo cuando la niña era pequeña, y el padre se mudó a España. El abuelo se convirtió así en una figura paterna muy fuerte para la niña.
“Cada año, el 11 de setiembre, me veo desbordada y aplastada por todas estas imágenes de mi abuelo muriendo”, dice Noelia. “Es ver a la persona que significa todo para mí, morir una y otra vez, una y otra vez…”.
Alberto Domínguez era a la vez un padre sobreprotector y el que mantenía a la familia unida, con las reuniones y asados frecuentes que organizaba en su casa de Sydney. “Era el cemento de la familia. Nosotros pasamos cinco años para volver a la normalidad”, explica Virginia. “Dejó un hueco enorme y no sabés a quién culpar. Y a la vez no te podés ayudar entre unos y otros porque cada uno tiene su propio dolor. Entonces, lleva un tiempo; es un proceso”.
Cuando se le pregunta por los terroristas, Virginia dice no guardarles rencor, pero sintió alivio cuando mataron a Osama bin Laden: “Me sorprendía a mí misma de sentir ese alivio por la muerte de alguien; pero yo hubiera preferido que lo hubieran capturado y lo hubieran procesado en corte, sobre todo para tener respuestas a muchas de las preguntas que nos hacemos sobre ese día”.
Virginia prefiere no hablar de la compensación que el gobierno de Estados Unidos pagó a su familia por la pérdida sufrida, pero recuerda una discusión que tuvo con Kenneth Feinberg, el funcionario designado poco después de los atentados, por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos, para manejar el Fondo de Compensación a las Víctimas del 11 de Septiembre. “Él ponía precio a cada vida de acuerdo a la edad de las víctimas, el salario que percibían en vida, su estado de salud y otras consideraciones de carácter económico. Y yo le decía que no, que todas las vidas debían valer lo mismo, fuera joven, viejo o como fuera”.
Con todo, la familia dice haberse sentido muy apoyada por el gobierno norteamericano, lo mismo que por el australiano. El que nunca los contactó ni se hizo presente en todos estos años, ni siquiera inmediatamente después de la tragedia, fue el gobierno uruguayo.
La familia entera participará hoy en los actos por el décimo aniversario de los atentados en Nueva York, y luego llevará los restos de Domínguez a Australia. Los restos fueron encontrados recién en 2007 en el techo de un edificio en Liberty Street, al sur de Manhattan, muy cerca de donde se encontraban las Torres Gemelas. “Espero que esto sea como una clausura para mi familia, una forma de cerrar un capítulo muy doloroso en nuestras vidas y que ha durado 10 largos años”, dice Virginia.