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El Estado, el lobo de los pobres

El Estado laico abandonó a los más débiles e instituciones religiosas demuestran que una educación mejor es posible

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29 de octubre de 2012 a las 00:00

Hace mucho tiempo, difícil de medir con exactitud, en que el Estado dejó de ser el protector de los débiles y devino en una organización que sirve básicamente a unos pocos, entre ellos algunas corporaciones (de políticos, de sindicalistas, de funcionarios públicos).

Hace muchos años que el Estado lo que les da a los más débiles son hospitales donde faltan gasas o donde equipos de alta tecnología duermen en un rincón por falta de repuestos o por falta de ganas; mientras los más pudientes pagan por seguridad privada y alarmas, a los pobres el Estado les da una Policía mal paga; y qué decir de lo que el Estado les da a los más pobres en materia de educación.

La más potente de las políticas sociales, la educación, cayó en manos de un grupo ideologizado y conservador que por incapacidad, ignorancia o intereses encontrados, tomó de rehenes a quienes más necesitan de esa herramienta fundamental para mejorar la equidad social. Y no aparece nadie en el horizonte dispuesto a quemar las naves para tomar de una vez el control político de la educación y encaminarla hacia algún lado y sacarla de la deriva en la que se encuentra.

En estos días el Marconi fue noticia por esos asuntos que suelen llevar estos barrios a ser noticia. En la cuenca de Casavalle, donde está el Marconi, hay algunos centros educativos religiosos cuyo funcionamiento debería avergonzar a las autoridades educativas. En esos lugares, a donde asisten muchachos de esas zonas, no hay bancos rotos, ni paredes rayadas ni insultos a los docentes.

Por ejemplo, algunos de los muchachos que reciben apoyo en el instituto Los Pinos sacaron medalla de oro en las Olimpíadas de matemáticas en las que compitieron con alumnos de los colegios más selectos del país. Pero Los Pinos es del Opus Dei entonces, ¡vade retro! Nadie sabrá nunca cuántos cerebros brillantes se perdieron en la pobreza por la incapacidad política para solucionar este asunto.

Estos centros religiosos, por las razones que sea y más allá de las intenciones que se le quieran atribuir, llenaron el lugar que el Estado laico abandonó hace años. Parece que no hay nada para aprender de ellos. Además de capacidad, responsabilidad y coraje, a las autoridades les falta humildad y amplitud de pensamiento para aprender y asumir una cuestión básica y central en el fracaso del sistema educativo y en la fractura social que nos tiene atemorizados: los pobres merecen ser respetados, porque el lugar donde falta el respeto, lo llena el odio y la violencia (@gabrielHpereyra/ gpereyra@observador.com.uy)

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