Mundo > El poder ruso

El hombre fuerte

La transformación de Rusia y el poder acumulado en Medio Oriente convirtieron a Putin en un líder influyente

Tiempo de lectura: -'

13 de enero de 2018 a las 05:00

Internacionalistas, expertos en geoestrategia y, en general, observadores de la política internacional coinciden en que 2017 fue el año de Vladímir Putin.

El líder ruso fue capaz de ponerle freno –al menos por el momento– a la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en Europa Oriental, consiguió bajarle el tono a la hostilidad de los gobiernos occidentales y además logró posicionar a su país como un actor central en el concierto internacional.

En una visión un poco más extendida, podría advertirse incluso que durante sus casi 19 años de liderazgo ininterrumpido (ya que los cinco de la presidencia de su protegido Dmitri Medvédev no pueden considerarse un corte de su poder, sino una extensión), Putin transformó a Rusia de un país con un peso geoestratégico menor, al que nadi1e tomaba en cuenta tras la caída de la Unión Soviética, en la única potencia aparte de China que hoy por hoy puede disputarle influencia global a Estados Unidos.

Pero el mayor éxito de Putin durante 2017 lo tuvo sin duda en Medio Oriente, y eso empezó en la convulsionada Siria.

Tres hechos puntuales dan cuenta de su victoria geopolítica en esa parte del mundo que no admite regateos: la derrota del Estado Islámico –algo impensado desde fines de 2014–; la consolidación en Damasco del régimen de su aliado Bachar al Asad y el consecuente crecimiento de la influencia del eje Moscú-Damasco-Teherán sobre la región.

Al mismo tiempo decayó el poder de Washington, embrollado entre la desastrosa agenda de los neoconservadores que Barack Obama dejó como legado en la región y el desconcierto tuitero de Donald Trump.

Por esos agujeros se fue colando poco a poco el poder de Putin, que coronó 2017 al sumar más aliados, antes insospechados, en Medio Oriente: por un lado, el gobierno de Recep Tayyip Erdoğan en Turquía, molesto con Washington por la presunta participación de la CIA en el golpe fallido que en 2016 trató de derrocarlo; y por el otro, el régimen egipcio de Abdelfatah Al-Sisi, también distanciado de EEUU desde la administración Obama.

Y hasta el premier israelí, Benjamín Netanyahu, se reunió varias veces con Putin –con quien además habla a menudo por teléfono–, en el entendido de que la preocupación de Israel por la expansión de Irán, la situación en Siria y otras dinámicas de conflicto en la región debe tratarlas en este momento más con Rusia que con Estados Unidos.

Para Netanyahu, el más firme aliado de Washington en Medio Oriente, se trata de un tema de realpolitik: la realidad de la región indica hoy que el teléfono rojo está en Moscú, y actúa en consecuencia.

Incluso, lo único que Netanyahu hasta ahora pudo obtener de Trump (con quien ha estrechado, como esperaba, una relación que se había deteriorado durante el gobierno de Obama), que fue el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel, le generó el repudio en toda la región y el rechazo abrumador de 128 países en la Asamblea General de las Naciones Unidas.

De ese modo, Washington ha visto flaquear su lista de amigos en Medio Oriente –apenas Arabia Saudita e Israel se mantienen firmes– mientras crecen los socios y ocasionales compañeros de ruta de Putin.

Primero el líder ruso le ganó la pulseada en Siria a un Obama mal asesorado, que no supo sacudirse la influencia de los neoconservadores y de la comunidad de inteligencia, quienes durante todo su mandato le marcaron el compás de unas políticas hacia Oriente Medio claramente descaminadas.

Y luego Putin remató la faena ante el desinterés de Trump, amén de su desconocimiento de la región y de su propio rechazo a esas mismas políticas delineadas por el establishment de Washington.

Hasta el bombardeo aéreo que el mandatario estadounidense ordenó contra Siria en abril pasado pareció más una concesión al lobby político–en momentos en que Trump más agobiado y cercado se encontraba por los escándalos que afectaban a funcionarios de su gobierno, justamente vinculados con la denominada trama rusa– que una decisión tomada por convicción propia.

En cambio, el hombre fuerte del Kremlin parece hacer todo por convicción propia.

Taimado, autoritario y personalista, ávido de acumular poder y protagonismo mundial, Putin encarna en buena medida los sueños de grandeza del imaginario ruso. Lo que lo hace enormemente popular en su país.

El líder ruso no es solo un excoronel de la KGB –como a menudo se le menciona– obsesionado con la derrota de la Unión Soviética a manos de Estados Unidos en la guerra fría.

Putin es ante todo un nacionalista ruso; algo que se revela constantemente en sus discursos, en sus conocidas lecturas y alusiones a los filósofos del cosmismo ruso de fines del siglo XIX (que enfocaban sus postulados en la ortodoxia religiosa y en el destino de grandeza de la Madre Rusia), en su orgullo eslavo y en su sentido histórico del papel que le toca jugar como líder de la posguerra fría.

No es un nostálgico del poder de la URSS, como se pudo apreciar en su incomodidad durante las recientes celebraciones por el centenario de la Revolución rusa, de las que se mantuvo ostensiblemente alejado.

La inspiración de Putin está en el imperio ruso, es decir, en la Rusia zarista, precisamente el régimen que derrocó la revolución y que, desde 1721 hasta 1917, conoció la mayor expansión de ese país de la historia.

El gobernante mostró esa vocación imperialista desde que asumió la Presidencia en 1999. Y en lo que más se reveló esa faceta fue en sus esfuerzos por recuperar lo que los nacionalistas consideran "tierras rusas" en los países vecinos.

Tras la guerra de Georgia, se hizo de las repúblicas de Osetia del Sur y Abjasia, para convertirlas en virtuales protectorados de Moscú. Más tarde se anexó Crimea; y no ceja en sus denuedos por dividir a Ucrania y arrebatarle las regiones orientales de Donetsk y Lugansk, de mayoría rusa.

Al mismo tiempo contiene los esfuerzos de las potencias occidentales por ensanchar las fronteras a la OTAN hacia su área de influencia.

En ese ajedrez, Siria, y Medio Oriente en general, ocupan un lugar de capital importancia.

En 2011, tras el éxito de la intervención de la OTAN en Libia, a Washington se le hizo el gatillo fácil y pretendió aplicar la misma fórmula en Siria, bajo el impugnado mandato de su "responsabilidad de proteger a la población civil". Pero Siria no es Libia. Y Putin siempre había visto en Damasco a un aliado estratégico clave.

Ubicada en el corazón de Medio Oriente, apretada entre Turquía e Irak, y limitando al sur con Israel y Jordania, y al oeste con el Líbano, en Siria siempre habían chocado los intereses de la OTAN con los de Rusia.

Y esta vez no iba a ser la excepción. Desde antes de asumir por tercera vez la Presidencia en 2012, aun fungiendo como primer ministro, Putin dejó claro que no iba permitir que sucediera en Siria lo mismo que en Libia.

Seis años, miles de muertos y millones de desplazados después, lo logró.

Ahora tiene que lidiar con su poder de influencia en una región extremadamente volátil y violenta, donde sus aliados de hoy podrían ser sus enemigos de mañana, donde los tentáculos de su mayor socio, Irán, se extienden hoy por toda la región ante la resistencia de poderosos enemigos, como Arabia Saudita, Estados Unidos e Israel; donde existe una guerra librada en varios países por facciones protegidas de ambas potencias islámicas; donde los equilibrios con Turquía y el propio Israel –con quienes de momento mantiene buenas relaciones– podrían desbaratarse en un pispás.

Si logra caminar ese campo minado sorteando todos los explosivos y salir ileso, si logra en marzo –como todo parece presagiar– ganar por cuarta vez las elecciones presidenciales, pasará a la historia de Rusia como el líder que recuperó el orgullo, las tierras, el poder y el alma rusas tras la debacle de la Unión Soviética.

De momento, solo se puede decir que 2017 fue el año de Vladímir Putin.

1999

Fue el año en que Vladímir Putin obtuvo la Presidencia de la Federación Rusa por primera vez; desde entonces ejerció el poder durante tres mandatos, incluido el actual ejercicio.

25

Aviones de combate había desplegado Rusia en junio del año pasado solo para bombardear posiciones del Estado Islámico en la convulsionada Siria.

69.000

Millones de dólares es el gasto militar de Rusia a 2016, según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo. Así, se ubica detrás de EEUU y China entre los que más invierten en ese rubro.

Comentarios