19 de mayo 2014 - 18:50hs

Es un libro intenso, con un ritmo muy ágil, en una prosa enfática, gesticulada, como quien cuenta una anécdota cuya moraleja debería ser evidente. Es el estilo coloquial que eligió Nano Folle para contar sus experiencias como cronista de la vida de las cárceles, en distintos programas emitidos por Canal 10.

El autor dice que escribió el libro en tres meses, durante las mañanas. Y esa velocidad con la que acometió el trabajo se traslada a la lectura: las 200 páginas pasan entre las anécdotas, los testimonios de los compañeros de trabajo de Folle –cada uno con un estilo propio y un compromiso muy profundo– las declaraciones de un abogado de oficio, las de los presos y las presas, las del que está por salir, la descripción de la conducta del que acaba de entrar, los olores y colores y ruidos de un determinado módulo del penal. Y las reflexiones del autor, que también parece que le pegara a los barrotes de la celda para que le presten atención, para que el lector entienda que esta realidad que describe es la sociedad en la que vive él mismo y que estas salas del infierno son las que incuban un futuro lleno de próximas víctimas.

El estilo es siempre coloquial, claro, directo. A veces hay una entrevista tal como la que se podría publicar en un semanario, a veces está el cuento de la entrevista: “Yo estaba envuelto en sobretodo y con bufanda y aún así tenía frío. Él, torso desnudo. Entonces le hice la pregunta: ´¿No tenés frío?´ Dijo seriamente: Aquí no hay frío´”.

No es un libro de memorias ni un ensayo periodístico, aunque tiene de ambos. No es tampoco un manifiesto ideológico ni político (no se habla de sistemas ni de partidos) aunque se habla de la sociedad, se plantean problemas y se sugieren caminos e incluso alguna respuesta específica.

Si hay algo que une, que traspasa todos los capítulos, es la evidente sinceridad del autor, la intención de que sirva para algo.

En la cafetería del Canal 10, luego de llegar de una nota y con gente que lo está esperando para seguir trabajando, Folle vuelve a contar esas cosas que pasaron y que él vio, o esos rostros inolvidables que lo miraron a los ojos y le contaron cosas terribles o dichas con una intensidad nueva, nunca antes escuchada. Es como el libro en vivo, esa mezcla de énfasis, veteranía y reflexión humanista.

Dice que la experiencia de una década larga ligado profesionalmente a las cárceles, su vida y su muerte, no lo ha mejorado como persona: “No me siento mejor; me siento más veterano, como me dijeron el otro día en una cárcel. Iba caminando por Punta de Rieles y desde una celda escucho: ´cómo se te vinieron los años, Folle, eh?´, dicho por un preso. En todo caso me siento con una mirada más serena. Y no tengo miedo”.

Al tratar de entender un tema tan oscuro –en que las salidas más fáciles tienen que ver con la mano dura, el odio, el rechazo, el desprecio o la indiferencia– Folle siente la necesidad de aclarar, en el libro, que no está “a favor de los presos” sino que está a favor de prevenir toda la violencia que se viene y que se podría evitar.

“No los estoy justificando. Lo que quiero es que comprendamos todos que el camino por el que vamos no apunta a ninguna solución”, dice.

¿Se siente, de alguna manera, dentro de alguno de esos códigos carcelarios, de los que hay tantos? ¿Esa proximidad lo ha comprometido de alguna forma? Explica que no: “Si yo llego a ir a una cárcel hoy, me están esperando con un trajecito de mucama, ¿me entendés? Soy boleta. Tendré que garpar. Como cualquiera que no esté en el ambiente. O sos del ambiente o no sos. Ahí hay una barrera que hay que romper”.

El último capítulo del libro se titula Final y hay una propuesta: la de formar una milicia de presos que trabajen para el estado construyendo viviendas para los pobres. “Si hay 10 mil tipos, de los cuales, –dicen los que saben– siete mil están en condiciones de hacer algo, eso es un ejército. Yo hablo de una milicia. Es una quimera, lo digo en el libro, pero tal vez, por una cuestión de escala, lo podemos hacer. En Brasil y Argentina, no se puede, pero ¿en Uruguay?”.

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