Las noticias sobre la salud del planeta son esporádicas y tienen la mayoría de la veces un tono más político que ajustado a la estricta realidad ecológica. El planeta agoniza, pero la noticia raras veces es portada.
Solo muy de vez en cuando recibe la merecida atención, aunque más esporádica es aún la reflexión respecto a las posibles formas de crear una resistencia global y tratar de detener un proceso de violento deterioro en el
clima y en la naturaleza, el cual a esta altura parece irreversible.
Esta semana fue ideal para las malas noticias relativas a la deplorable condición del lugar donde vivimos. Una, de acechante magnitud, que dejo para la próxima semana pues el
espacio hoy a disposición resulta insuficiente; y la otra, con contenido igualmente alarmante por lo que implica a corto y mediano plazo.
El planeta agoniza y ninguna frase resulta extrema a la hora de insistir sobre el tema. Un informe dado a conocer esta semana presenta
datos escalofriantes. Según investigación realizada por científicos de los departamentos de geología y geofísica de las universidades de Yale y Southampton, la pérdida de hielo en el océano Ártico a raíz del recalentamiento global podría tener efectos dramáticos y potencialmente catastróficos en el clima, sobre todo en gran parte del hemisferio norte.
El reporte informa de manera detallada que el aumento del deshielo implicará tener muy pronto inviernos más crudos, con mayor cantidad de tormentas de viento y nieve, como asimismo veranos más secos, principalmente en países europeos.
Lo mismo que varios otros proyectos de investigación iniciados años atrás y que ahora están presentando los resultados, la reciente publicada en la edición del lunes de la revista Nature Climate Change aporta datos contundentes que amplían el conocimiento del tema, aunque en verdad, su efectividad es nula.
Con mayor cantidad de información científica que nunca antes referida a la actividad de la naturaleza en condiciones adversas, observamos al planeta desmoronarse, mientras triunfan la impotencia y la apatía, a un lado y otro del espectro colectivo, tal vez resultado de lo mismo: de haber aceptado que la guerra contra el fin definitivo está perdida.