28 de julio de 2013 23:06 hs

El 12 de abril de 2004, Fiorella Buzeta tuvo que ser asistida de urgencia en el liceo 13 de Maroñas luego de que un compañero le disparara en la espalda con un arma de fuego. El hecho la dejó confinada a una silla de ruedas y marcó aun más la imagen del liceo, que ya se encontraba estigmatizado por los bajos logros en el aprendizaje y por el perfil del alumnado, caracterizado por pertenecer a hogares de escasos recursos.

Aunque las autoridades no informan sobre los resultados educativos, se sabe que “el 13” es de los peores liceos de Montevideo. Sus alumnos no son ajenos a esta realidad. Lo saben y es una causa más para su desmotivación y descreimiento, según coinciden en señalar varios profesores de la institución.

El 13 tiene 1.300 alumnos inscritos, pero a él no concurren los estudiantes de la zona, sino alumnos que provienen de los barrios más pobres de Montevideo, como Casavalle y el Borro.

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Los estudiantes de Maroñas han dejado de asistir por la marginalización que enfrenta el liceo y “por una cuestión social”. “Los padres no quieren que estén con chicos con dificultades de aprendizaje y de contextos críticos y hacen esfuerzos para mandarlos a la educación privada”, dijo a El Observador una fuente allegada a la dirección.

Pero, además, los que van desertan. El 90% de los alumnos que concurren al liceo provienen de hogares extremadamente pobres y repitieron años en Primaria. Cuando llegan al liceo, ya en primer año (grupos de 35 alumnos), el 75% de los alumnos abandona. De los que continúan, casi el 10% repite más adelante.

Un profesor relató que en un turno contaron a los alumnos cuando salían de clase para confirmar la deserción. De 600 que debían haber asistido a clase, lo habían hecho poco más de 100, subrayó.

“Cuando van a ingresar y recibís la historia del chiquilín, te das cuenta que la repetición es algo natural para ellos porque ya repitieron en Primaria. En el liceo llegan a repetir dos o tres veces el mismo año. Lo tienen naturalizado”, explicó otro docente.

El Observador intentó comunicarse con las autoridades de Secundaria para confirmar estas cifras, pero no tuvo respuesta.

Según los datos oficiales, el nivel de repetición en Secundaria creció 10% en los últimos 10 años y alcanza al 30% del alumnado. En los barrios de contexto crítico la cifra trepa a 40%. En cuanto a la deserción, la Encuesta Continua de Hogares de 2011 arrojó que solo el 65% de los jóvenes de 17 y 18 años terminó ciclo básico.

En el 13, aquellos que no desertan ni repiten, logran resultados “mediocres”. El equipo docente del liceo ya tiene instaurada la idea de que el alumno que “se porta bien” y “no tiene faltas”, cuenta con el 90% de chance de pasar de año “con lo que sepa”.

La fuente allegada a la autoridad del centro educativo explicó que “la estigmatización empezó con la reforma de (Germán) Rama (presidente del Codicen durante el segundo gobierno de Julio María Sanguinetti, 1995-2000). El liceo que estaba construido como para albergar grupos de 1º a 6º grado, se dividió en dos liceos: uno para el primer ciclo y otro para bachillerato. Se construyó, entonces, un liceo nuevo y lindo (el Nº 65) para 4º, 5º y 6º años de liceo y el 13, construido en la década de 1950, quedó para el primer ciclo”, dijo.

Esta división acortó el horizonte de los estudiantes y la meta para ellos se convirtió en llegar a tercer año. “Ven al segundo ciclo como otra cosa, no lo tienen como objetivo. Su meta es tercer año y entre eso y bachillerato hay un abismo”, manifestó.

Planes alternativos
Ante esta situación, un grupo de profesores del liceo comenzó a trabajar en un plan diferente con menos materias por semestre y menos carga horaria. Las clases se acortaron de 45 minutos a 40, y los minutos restantes se destinaron a horas de tutorías para tener un trato más personal con los estudiantes.

El plan se lo presentaron a las autoridades de Secundaria y estas lo avalaron. Sin embargo, “la resistencia interna, el cambio de dirección y la falta de políticas” dejó la iniciativa por el camino, afirmó un docente. Y agregó: “En el liceo cada profesor da la batalla en el aula, pero es una batalla esquizofrénica porque no va a cambiar nada. Es como pegarle piñazos al agua porque no ven el sentido de estudiar”.

Este año el liceo obtuvo el permiso de Secundaria para tener grupos de cuarto año. “Esto es un incentivo para que los chicos sigan estudiando y por suerte los alumnos están comprometidos”, señaló una de las fuentes.

Cuando los alumnos faltan, los adscriptos los llaman para ver por qué dejaron de concurrir, y, la mayoría de las veces, la respuesta que reciben es que tienen que cuidar la casa para que no los roben.

“El problema de estos chicos es que además de vivir en la pobreza, vienen a este liceo, entonces siempre están en lo mismo. La falta de aspiración y la pobreza son parte del mismo círculo”, señaló.

El tema fue planteado al director general de Secundaria, Juan Pedro Tinetto, a quien le propusieron “heterogeneizar” el alumnado, mezclando chicos de otros barrios. Tinetto respondió que era imposible porque los primeros en resistirse iban a ser los padres. “Entonces el tiempo pasa, las autoridades cambian, pero para los gurises todo sigue igual”, remató un profesor. l

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