25 de marzo de 2022 15:17 hs

Por unas horas Uruguay se olvidó de la gris, amarga y divisiva campaña electoral del referéndum del domingo, y se alegró sin dobleces por la clasificación de la selección de fútbol al Mundial de Catar 2022. Al menos durante la noche del jueves, y el día del viernes, lo que primó fue la genuina alegría por otro hito histórico, el del cuarto mundial consecutivo.

Fue un triunfo muy consciente de las propias circunstancias. Con Luis Suárez sacándose una foto con su familia en pleno campo de juego antes de empezar el partido, sabiendo que era el último oficial frente a su gente, porque después del Mundial seguramente llegue el retiro del fútbol, o al menos de la selección. Antes, como para mostrar que, aunque unos minutos después sería el Suárez insoportable de siempre, el que se enceguece por ganar, a esta altura de su vida tiene claro cuáles son las cosas más importantes de la vida.

O también las fotos del final, con casi todos los jugadores disfrutando de la clasificación con sus familias en plena cancha. Con el hijo de Valverde correteando por la cancha, y el Pajarito, al que vimos en ese mismo césped como un adolescente al que apenas se le escuchaba la voz, disfrutando de jugar a la pelota con su pequeño.

Es que la relación de la gente con la selección ha cambiado con el tiempo. La pasión extrema no se irá, y seguirán ahí los amargos debates como los que vivimos hace un par de meses cuando el panorama pintaba cuesta arriba. Pero instancias como las del jueves por la noche permiten ver un poco más el árbol y el bosque, y disfrutar estos meses que quedan, los de la despedida definitiva de Suárez, Cavani, Godín o Muslera, esos que durante más de una década fueron embajadores mundiales de Uruguay. Luego no estarán, y habrá que atravesar el desierto de la incertidumbre de saber si algunos de las grandes figuras jóvenes que tiene hoy el equipo, como Valverde, Bentancur o Darwin Nuñez, terminan transformándose en cracks de talla mundial, en top ten planetarios, como fueron Suárez o Cavani, y quizás Godín.

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La cuarta clasificación seguida al Mundial debería dejar saldados también algunos debates típicos del fútbol uruguayo. 

No voy a ser tan iluso de pensar que de un día para otro los hinchas se darán cuenta de que no todo es blanco y negro, y que los discursos simplificadores no llevan a buenos destinos. Pero quizás sirva para que algunos vean que el proceso Tabárez no es la única manera de hacer bien las cosas, y que era válido cambiar si había luces de alarma en el tablero. Los dirigentes de la AUF no fueron unos desmemoriados traidores por tomar esa decisión. Los resultados le dieron la razón, y en estas tres fechas Alonso mostró trabajo, planificación y liderazgo. La decisión de sacar al entrenador fue pensada y fundamentada, más allá de los resultados, en un trabajo que tenía deficiencias en el día a día. 

Para otros puede servir para razonar que la era Tabárez dejó asentados algunos conceptos clave que de ahora en más deberían quedar: como la prioridad de la selección como nave madre del fútbol uruguayo, que es la que consigue los mayores recursos, y que arrastra al resto del fútbol a una mayor profesionalización.

La organización del fútbol uruguayo no es la misma que la de hace 15 años, y ya no es viable que cuatro o cinco clubes decidan sacarle a la selección recursos que ella misma genera para cubrir deudas propias para estirar una  subsistencia a base de dádivas, sin un modelo de negocio claro. Ese concepto será particularmente importante después de Catar, cuando los máximos ídolos dejen de estar y la celeste pase a ser un poco más terrenal. 

Con la ampliación de los Mundiales a 48 equipos, que llevarán a Sudamérica a tener 6,5 plazas entre 10 participantes, no es descabellado pensar que Uruguay no volverá a faltar a un Mundial, y que las eliminatorias serán un poco menos sufridas. La esperanza será entonces que se fortalezca ese concepto de los planes a largo plazo.

Claro que no todo es color de rosas. Al igual que con la LUC, el debate futbolístico también puede ser desagradable por momentos, sobre todo cuando el fanatismo le cierra el paso al razonamiento. Pero al menos en esta instancia fue una brisa refrescante respecto al que se dio alrededor del referéndum sobre la ley de urgente consideración. 

El lunes, mientras la selección viaje a Chile a jugar una extraña última fecha de eliminatorias sin presiones, Uruguay dejará atrás la campaña electoral. Ojalá el país aprenda a mirar el bosque como enseñó esta selección.

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