Muchos son los que han de recordar con detallada precisión lo que estaban haciendo el 22 de noviembre de 1963, la tarde cuando asesinaron a John Fitzgerald Kennedy mientras su auto descapotable circulaba por un bulevar de Dallas. Yo recuerdo incluso las palabras que dijo el chofer de la camioneta que me llevaba a la escuela. Detuvo el auto, y quedó como con la mente en blanco. Puedo también oír todavía las palabras de mi finada madre cuando me abrió la puerta esa misma tarde: “¿Viste lo que pasó? Mataron a Kennedy”. Incluso hoy, cuando pocas cosas van quedando grabadas con nitidez en el disco duro de la memoria, me acuerdo de ese momento de conmoción global. También unos cuantos, bastantes más pues ya para entonces la noticia llegó en trasmisión televisiva en vivo y en directo, deben recordar con detalles lo que estaban haciendo la mañana del martes 11 de setiembre de 2001, día en que se vinieron abajo dos torres gemelas y parte del Pentágono, y una cantidad de certezas que creíamos tener sobre las seguridades de la vida moderna se derrumbaron con ellas. Yo pensé que la caída de la segunda torre era el replay de la anterior, pero ese día todo fue nuevo por primera vez, hasta el asombro del mundo al unísono. El cine se quedó corto en las formas de representar la destrucción masiva que había utilizado hasta entonces. La realidad dijo: yo lo puedo hacer mejor y sin necesidad de recurrir a efectos especiales.
Gran parte de la población uruguaya también recuerda, y ese recuerdo nada ni nadie se lo borrará jamás, la tarde del jueves 21 de diciembre de 1973, cuando el país se enteró de que “habría” sobrevivientes en el accidente aéreo ocurrido en la cordillera de Andes, más de dos meses antes, el 13 de octubre. Recuerdo haber oído la información la mañana siguiente en radio Carve (nada mejor que la radio para oír noticias importantes por primera vez, pues la imaginación se dispara). En el ómnibus de Cutcsa camino al preparatorio había un silencio sepulcral porque todos escuchaban la voz del informativista comunicando algunos de los pocos detalles que para ese entonces se conocían sobre el rescate en desarrollo que estaba teniendo lugar en la alta montaña. Comentarios con signo de admiración: “¡increíble!”, “¡de no creer!”, “¡un milagro!”, y preguntas en tono atónito, “¿se sabe cuántos se salvaron?”, recorrieron al país apenas la información proveniente de Chile quedó confirmada. Fue el segundo Maracanazo emocional que conoció la historia moderna de este país. Un hecho inaudito unía a un país en fase de desintegración, pocas horas antes de la llegada de la Navidad.
De pronto, cuando todos los medios informativos del mundo tenían ya preparado su balance de las noticias de mayor importancia del año 1972, se coló una con dimensión cinematográfica, la más inesperada de todas, que tuvo un impacto global inmediato, como si se tratara del anuncio de la paz en Vietnam. Por primera vez no sé desde hacía cuánto, el nombre Uruguay estuvo en las primeras planas de diarios y revistas del mundo, y con una noticia que no tenía que ver con el fútbol. La vida de regreso a la vida, y los muertos que no pudieron regresar y se habían quedado como secreto enterrado en la nieve, ocupaban ocho columnas con letras grandes. Sí, ¿cómo podía ser? Hubo tiempo adicional y relatos de los sobrevivientes para saber el resto de la historia en torno a lo ocurrido al avión Fairchild F-227 de la Fuerza Aérea uruguaya. Tan increíble y fuerte había sido el golpe de autoridad de la realidad, que la ficción cinematográfica y literaria que vino a continuación tuvo problemas para replicarla con similar intensidad y aproximada credibilidad. No hubo forma de hacer de la representación del monumental hecho un acto de convencimiento absoluto. La imaginación creativa, y hasta la documental, se quedó corta.
Sobre el llamado milagro de los Andes (porque lo fue, gran milagro) hay una bibliografía de casi 20 libros, y no es improbable que puedan ser más. Hay uno clásico, ¡Viven!, del autor inglés Piers Paul Read, publicado en abril de 1974. Destaco la fecha pues no solo fue el tercer libro en escribirse sobre el tema, sino que el autor venido desde lejos lo escribió a contratiempo, para aprovechar la conversación mundial generada en torno al hecho. Es un buen libro. De esa manera lo recuerdo, aunque lo leí 44 años atrás, sin llegar a releerlo más acá en el tiempo. El estilo de Read oscila entre lo periodístico y lo testimonial, dejando que la historia se cuente a sí misma, sin nunca alcanzar vuelo literario y menos poético. Por eso fue un libro extraordinariamente popular en infinidad de idiomas, pero nunca se transformó en clásico literario. Le falta la respiración profunda de la gran literatura, aquella que cuenta como aliada principal a las cláusulas venidas de una mente poética, esas que con su vuelo lírico dejan noqueadas a la imaginación del lector exigente. Aquí no las hay. Read escribió el libro para relatar y hacer que la verdad empírica tenida en cuenta estuviera lo más cerca posible de lo ocurrido. Si ese era el objetivo, lo logró.
Si mal no recuerdo, los dos primeros libros publicados sobre los rugbistas sobrevivientes son Vengo de un avión que cayó en las montañas y Vivir o morir. El drama de los resucitados de las nieves, ambos de Alfonso Alcalde, los dos publicados en 1973. Poeta antes que nada (uno de sus libros está incluso prologado por Pablo Neruda), el escritor chileno fue por el lado opuesto a Read, confiando más en su talento que en el rico referente a disposición. El resultado es inconsistente, sin demasiadas alturas ni tampoco caídas, como si se tratara de un producto ocasional escrito por un escritor talentoso que quiso sacar jugo a las circunstancias, y lo logró: los dos libros tuvieron muy buenas ventas. Cualquier cosa escrita sobre lo sucedido en Los Andes tenía éxito en ese entonces, cuando el tema era “el tema”. La ceguera y la depresión llevaron a Alcalde al suicidio, en el exilio. Tenía 71 años. Olvidado por muchos años, regresó a la buena consideración tras la publicación en forma póstuma, en 2015, de su largo poema El arado de cinco dedos y otros textos. Hoy unos cuantos jóvenes poetas chilenos hablan de su obra en tono elogioso. Visto a la distancia, el milagro de los Andes no fue un milagro para su prolífica carrera literaria.
Si larga es la bibliografía sobre el accidente del vuelo 571 de la Fuerza Aérea uruguaya mientras cruzaba la cordillera, la filmografía, en cambio, es corta. Apenas dos largometrajes se han hecho. El primero fue La tragedia de los Andes (1976), del cubano-mexicano René Cardona, impresentable (malísima es poco), con guion del historiador y periodista estadounidense Clair Blair Jr, basado en su libro Survive! Debo reconocer que no he leído el libro, por lo tanto no sé si es mejor que la película, aunque no se necesita mucho para ser un poco mejor. El productor del filme fue Robert Stigwood, quien al año siguiente produjo Saturday Night Fever. El segundo filme que se hizo sobre el hecho es ¡Viven!, basado en el libro de Read y dirigido por Frank Marshall (Aracnofobia, Congo, Rescate en la Antártida). Si uno no le busca cinco patas al gato, es una buena película. Lo vi la noche misma del estreno, en diciembre de 1993. Fue uno de los días más fríos en la historia de St Louis, Missouri. Al salir del cine, sintiendo que el cuerpo se me congelaba mientras caminaba las tres cortas cuadras hacia el auto, pensé en la imposibilidad que habían logrado vencer los 16 sobrevivientes que resistieron 72 días en el hielo y la nieve eternos. Dice la canción de la Misa criolla: “Gloria a Dios en las alturas”. En las gélidas alturas cordilleranas, Dios estuvo a la altura de las circunstancias.
Está en preparación un tercer filme sobre lo ocurrido en los Andes, con dirección de Juan Antonio Bayona, español radicado en Hollywood, que había hecho Un monstruo viene a verme (2016) y que este año dirigió Jurassic World: El reino caído. Veremos cómo le sale el paso de los dinosaurios a los sobrevivientes andinos. En julio pasado, Bayona pasó 10 días en Uruguay, donde grabó 14 entrevistas con varios de los que sobrevivieron el helado infierno montañés. Bayona mantiene el proyecto en secreto casi absoluto. Habrá que ver qué novedades presenta respecto a todo lo ya conocido, que nunca parece ser bastante. Así pues, el milagro andino regresará a Hollywood como asunto prioritario, esto es, habrá millones de dólares invertidos para que todo parezca tan real como la propia realidad después de haber pasado por la imaginación.