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5 de febrero 2023 - 5:02hs

Los católicos en Etiopía son 30 veces menos que los de Uruguay, pero el cura salesiano uruguayo Ignacio Laventure encuentra allí una vivencia de fe mucho más fuerte que la de su tierra natal a más de 10 mil kilómetros de distancia. 

"En 22 años que estuve allá, solo me encontré con un joven que no creía. Dios es parte de la vida en Etiopía, la trascendencia es parte de la vida. Acá (en Uruguay) es lo contrario, lo raro es que la gente viva su fe", dice Laventure desde su corta visita a Maldonado, donde está con su familia, y a dos días de partir de nuevo hacia la capital Adís Abeba.  

Allí está hoy como vicario inspectorial –primer colaborador del inspector en Etiopía, referente de la "inspectoría" en que se organiza la congregación salesiana en ese país– y delegado para la formación de todos los salesianos en Etiopía y de 25 jóvenes locales –algunos de origen musulmán y ortodoxos de la iglesia oriental– que se están preparando para la vida religiosa. 

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Sus pares en Etiopía se sorprenden por el hecho de que levante el teléfono y hable con tanta facilidad con el embajador de su país. 

"Soy casi el único uruguayo. Si no me atiende...", contesta él entre risas. 

Alejandro Garofali narró cinco años atrás a El Observador sus peripecias mientras montaba de cero la primera misión uruguaya en Etiopía. El diplomático hablaba de la "alta volatilidad", de estar convencido de que la línea telefónica estaba intervenida y de la desaparición repentina del azúcar de las góndolas de los supermercados durante cuatro meses. 

El salesiano Laventure se queda con los tiempos del África, con las ceremonias de las casas para tomar el café, la espiritualidad interreligiosa, con la diversidad de un país en el que caben 200 dialectos y Francia, Alemania y Polonia juntas en toda su extensión, aunque también las carencias, las tensiones étnicas y una guerra civil de dos años que asoló el norte hasta noviembre y que en su caso lo llevó a estar detenido ocho horas en una comisaría. 

A poco de su arribo, allá por agosto del 2001, le dijeron: "Ustedes (occidentales) tienen el reloj, nosotros tenemos el tiempo". 

—La puntualidad no existe allá. Alguien te decía que iba a las 2 de la tarde, y de repente llegaba a las 5, sin ningún problema. Tienen otra concepción del tiempo. Acá corremos de un lugar al otro, a veces ni disfrutamos. Tienen otra forma de disfrutar y compartir más la vida. Dios nos regala este presente, también para 'perder el tiempo' con la gente.

Gentileza de Ignacio Laventure Ignacio Laventure en Etiopía, año 2011

Misionero

Al repasar su historia Laventure vuelve a su primera misión con 13 años como alumno del colegio Maturana, en el barrio El Fogón, Melo. El cura Félix Irureta plantó la "semillita" y "nunca más insistió". "¿Nunca pensaste ser salesiano?", preguntó. Su madre era salesiana cooperadora (laicos que desde su lugar se comprometen al proyecto de Don Bosco) y no tiene "otra memoria que una casa salesiana", pero Laventure se sentía lejos de esa vida. 

La inquietud le volvió en una misa a los 16, con novia y ya como alumno del liceo Juan XXIII. "En mi casa ponía dos papelitos de "sí" y "no". '¿Voy al aspirantado?' Si salía el 'sí', lo ponía de vuelta para que saliera el 'no'", recuerda. Pero terminó entrando como aspirante a cura en Villa Colón en junio, apurado por la pregunta de un salesiano una vez que visitó a esa casa: "¿Entrás mañana?". 

Se ordenó a los 28, ya expresando su disposición para partir como misionero al África y adelantándose al estudio del portugués con la expectativa de caer en Angola, aunque terminó desempacando casi en el otro extremo del continente, en lo que se conoce como el Cuerno de África. 

—Teniendo la posibilidad de trabajar en Uruguay, ¿por qué optó por salir del país?

—Primero es una cuestión de fe: Jesús nos invita a anunciar el Evangelio en todo el mundo, católico significa "universal". Y siendo muy concreto, pienso: todo lo que tengo lo recibí por mi educación (salesiana). Unos jóvenes salesianos en los tiempos de Don Bosco también dejaron su tierra y vinieron al Río de la Plata, sin conocer la lengua ni la cultura. Gracias a la generosidad de otros yo soy quien soy. Me dije: "¿por qué no hacer lo mismo?". No es una cuestión de trabajo, que en África haya más pobres que en Uruguay, pobres hay en todos lados.

Gentileza de Ignacio Laventure Patio del "oratorio" salesiano en Etiopía

En una Etiopía que transita hoy por su año 2015, con un calendario distinto al gregoriano de occidente, el único país africano en no llegar a ser colonizado por Europa –pese a los intentos italianos a través de Abissinia–, de prolongados conflictos internos y guerras civiles –la última hace pocos meses entre el gobierno central y la región de Tigray–, Laventure reconoce la "falta en las estructuras básicas". 

—Poco a poco se va haciendo, es muy grande y con muchas dificultades. Pero en esa pobreza se ve un sentido de familia africano muy fuerte. En los lugares carenciados en los que he estado se ve una solidaridad muy grande. Las carencias en lo fundamental: el agua potable y la electricidad en muchos lugares. Enfermedades como el SIDA y la malaria afectan mucho. Lamentablemente con este conflicto de dos años retrocedimos 20, mucha gente desplazada, huérfanos de la guerra, traumas psicológicos.

Para él sigue siendo un "conflicto difícil de entender": "Es como si el departamento de Artigas quedara enfrentado con el gobierno".

—Nos tocó de cerca porque tenemos cuatro comunidades (salesianas) en esa región y no sabíamos al principio si estaban vivos o tenían qué comer. Era una sensación rara, sabíamos que a mil kilómetros se estaban peleando, pero en el resto de las comunidades la vida seguía igual. 

El estado de emergencia decretado tocó las puertas de la inspectoría salesiana en Adís Abeba –donde conviven diez nacionalidades distintas de todos los continentes– cuando la policía etíope se llevó detenidos a los salesianos locales bajo sospecha de ser de la etnia del Tigray, y luego trasladó también a los curas extranjeros como procedimiento de control. 

Gentileza de Ignacio Laventure Patio del "oratorio" salesiano en Etiopía

—Era para identificarnos, pero el tiempo pasaba y nos preparábamos para pasar la noche. Pero intervino una embajada y nos soltaron. No me quejo, porque vi cómo pasaron mis hermanos. Al gobierno se le fue de la mano la situación y era difícil una investigación que comprobara la vinculación. Estuvieron dos meses hasta que terminó el estado de emergencia, en un galpón grande como un gimnasio, 2 mil personas, un baño solo, había que llevarles comida. Fue muy complejo.

Los tiempos

Contrario a un Uruguay que se contrae, la población etíope se ha duplicado desde los años 80'. Para los curas que celebran la misa todos los días es el país de los dos ritos: el latino, al que puede estar habituado un misionero uruguayo, y el etíope, entre inciensos, canturreo y movimientos del cura alrededor del altar. "La primera vez que lo hice fue en Navidad, y fue un acto de fe. Dije: 'Señor, creo que celebramos lo mismo'", bromea. 

Allí a los sacerdotes los ven "más como trabajadores sociales que como curas", plantea. "La iglesia ortodoxa (fuerte en Etiopía) tiene la vida religiosa pero solo monástica, de monjes en un monasterio. Estamos intentando trabajar más en ese aspecto, somos hombres de Dios", asegura. 

—Los salesianos son conocidos por su trabajo en recreación. ¿Cómo se gana a los jóvenes de Etiopía?

—Cuanto más uno estudia a Don Bosco, descubre y redescubre que era un capo. Aprendí que la presencia física entre los jóvenes es la clave de nuestra pedagogía. Estudié amárico por mi cuenta, entiendo de qué hablan y siento la barrera del lenguaje, pero sabés que el estar... me maravillo porque a veces agradecen, y yo lo único que hice fue estar, ni siquiera me pude comunicar. No hacemos cosas extraordinarias. 

—¿Con qué tiene que sintonizar?

—Con toda esa diversidad. El joven etíope es muy afectivo. Como en todo, la globalización está entrando. Lamentablemente están tratando de copiar lo que ven en Europa y Estados Unidos, y a veces reniegan un poco de su cultura. Compartir ese "perder tiempo" que tienen, estar, disfrutar de la familia, el café de una hora. 

En la tierra del café, tomarlo es toda una ceremonia, entre el tostado de las semillas, la molienda, la preparación y rondas distintas –cada una con un nombre– para tomarlo. 

—Vas a una casa y podés estar una hora y media. Allá me gusta mucho la ceremonia. Cuando vengo a Uruguay, no tomo café.

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