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El mundo tiembla ante China

El “milagro chino” es comparable a la primera Revolución Industrial, o a la construcción de los Estados Unidos de América

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27 de marzo de 2019 a las 05:04

“Mañana seiscientos millones de amarillos, miles de millones de amarillos, negros, morenos, desembocarían en tropel en Europa… y en el mejor de los casos, la convertirían. Y todo lo que les enseñaron, todo lo que habían aprendido, desde entonces, los hombres de su raza, todos los valores por los cuales había vivido, morirían de inutilidad”.

La cita pertenece a “El primer hombre”, la novela autobiográfica de Alberto Camus, que hace 60 años condensaba uno de las mayores aprensiones de Europa: masas que se desplazan y la conquistan.

No era nuevo. Ya Napoleón Bonaparte había advertido: Cuando China despierte, el mundo temblará. El concepto fue retomado por el político y escritor francés Alain Peyrefitte, quien en 1974 publicó un exitosísimo reportaje y ensayo titulado “Cuando China despierte”.

China de cabeza en los mercados globales

Pues China ha despertado, y el mundo tiembla. Su economía ya es más grande que las de Alemania y Japón, y está solo unos pasos por detrás de la de Estados Unidos. 

Las industrias de Occidente, desde Estados Unidos a Brasil, y desde automóviles a teléfonos o productos textiles, tienen graves dificultades para competir con los chinos. Y detrás del comercio vienen las finanzas, un apabullante poderío militar y la influencia política. 

El centro de gravedad del mundo se está desplazando con violencia hacia Oriente. En pocas décadas, entre las diez primeras economías del mundo se han colocado cuatro asiáticas: China, Japón, India y Corea del Sur.

Paulo Guedes, ministro de Economía de Brasil, comentó el 18 de marzo en Washington que China provoca malestar en la civilización occidental. “Existe una noción muy clara de que regímenes políticos cerrados están teniendo un desempeño económico extraordinario zambulléndose en los mercados globales”, dijo el ultraliberal ministro de Jair Bolsonaro.

Guedes afirmó que Brasil va a comerciar con todo el mundo, “y todo el mundo entra en Brasil”. Admitió que “tenemos complementariedad con China, es verdad, pero hubo negligencia con los Estados Unidos; un período de hostilidad”.

Brasil y el Mercosur tienen casi todo lo que China necesita: petróleo, mineral de hierro, soja, cereales, carnes, lácteos, celulosa. A cambio, son grandes demandantes de máquinas herramientas, tecnologías, capitales y bienes de consumo chinos. Como consecuencia, la sociedad comercial entre América Latina y China alcanzó cotas estratosféricas en apenas dos décadas.

El hombre nuevo viene de China

Alain Peyrefitte, quien basó su libro en una visita a China que realizó en las postrimerías de la “Revolución Cultural”, creyó que el “gran despertar” iría de la mano de un hombre nuevo, un perfecto socialista. Pero no fue el comunismo lo que provocó el milagro chino, o no sólo él. Ya se sabe en qué terminó el “perfecto socialista”, un producto de ingeniería humana que abandonó el sistema apenas le abrieron una puerta. 

El punto de inflexión de China fue en 1978, cuando los líderes de un Estado que por sí solo reúne el 20% de la población del planeta comenzaron a adoptar una forma económica capitalista bajo conducción autoritaria.

En realidad, los chinos son laboriosos desde el fondo de los tiempos. No hay colonias de chinos por el mundo que no sea próspera, en base a un tesón inigualable.

El régimen comunista liderado por Mao Tse Tung, triunfante en 1949, provocó desastres socioeconómicos sin cuento con experimentos como el “Gran Salto Adelante” o la “Revolución Cultural”. El dogmatismo ideológico, una forma de control social, no es bueno para pacificar y prosperar. Pero Mao obtuvo otros éxitos decisivos: unificó políticamente al país, eternamente dividido, y acabó con las intromisiones y humillaciones propinadas por potencias asiáticas o europeas.

La apertura reformista iniciada en 1978 por Deng Xiaoping y los suyos, después de purgar a los herederos de Mao, entre ellos su viuda, provocó uno de los despertares más significativos de la historia. El fenómeno económico de China es comparable, por su importancia, a la Revolución Industrial que floreció en Gran Bretaña tras el fin de las guerras napoleónicas, o a la construcción de los Estados Unidos de América. Fueron enormes fenómenos socio-económicos que cambiaron a la Humanidad a un ritmo y con una profundidad nunca antes conocidas. 

Capitalismo bajo conducción autoritaria

En buena medida la irrupción económica y comercial de China se inició con tecnología y gerenciamiento occidental, asociadas a la mano de obra y el control político local. 

Los empresarios instalados allí cuentan con una inagotable fuerza de trabajo, a la vez barata, flexible y disciplinada, que responde casi sin chistar al omnipresente Partido Comunista. 

El modelo chino es una variante un poco extrema de la combinación de capitalismo económico con autoritarismo político que gestó el milagro de los “tigres asiáticos”, como Corea del Sur, Singapur o Taiwán (los que, en el proceso, avanzaron luego hacia la democratización). Y detrás del “milagro chino”, para no perder rueda, se largaron Vietnam e India, dos de sus rivales históricos, con similar éxito.

Además de la laboriosidad de sus operarios, lo que hace que la producción china sea fabulosa es su escala inaudita y su bajo coste.

La empresa tecnológica Apple, una de las más valiosas del mundo, diseña sus productos en el Silicon Valley californiano, donde tiene su sede, pero, como tantas otras, produce en China. Su creador, el maniático y genial Steve Jobs, le comentó en 2011 al presidente Barack Obama que 700.000 trabajadores participaban en china en la producción para Apple, dirigidos por 30.000 ingenieros. 

Aunque Jobs aclaró que no eran ingenieros particularmente bien formados, sino solo con capacidades básicas de producción, le aseguró al presidente que era “imposible encontrar a tantos en Estados Unidos para contratarlos”. Obama quedó muy impresionado, según comenta Walter Isaacson en su biografía de Jobs, y le encargó que formara un grupo de asesoramiento para mejorar el sistema de enseñanza estadounidense.

Italia como cabeza de playa

Los líderes de la Unión Europea consideran a China a la vez como socio y “rival sistémico”, que cierra sus mercados mientras estimula sus exportaciones. Representantes europeos y chinos se reunirán el 9 de abril en una cumbre para discutir sus diferencias (y sus miedos).

Los europeos están alarmados por el monto de las inversiones chinas, sus compras de empresas estratégicas y la creciente influencia política. También protestan por el cierre de China (y Estados Unidos) a las empresas europeas en sus sistemas de contratación pública, que siempre favorecen a los locales.

Las violaciones a la propiedad intelectual y las falsificaciones masivas son otra fuente de disgusto con China.

Representantes de los gobiernos de Italia y China, en presencia del presidente chino Xi Jinping, firmaron el sábado 23 de marzo en Roma un principio de acuerdo por el que Italia entrará a formar parte del megaproyecto chino de la “Nueva ruta de la Seda”, lo que tiene en ascuas a Estados Unidos y a la Unión Europea.

Este proyecto faraónico, comercial y de infraestructuras marítimas y terrestres, que involucra a muchos Estados, propone gigantescas inversiones en puertos italianos, contratos para producir turbinas, plantas siderúrgicas, ferrocarriles, aperturas recíprocas de mercados y colaboraciones entre cadenas de televisión.

Italia, ahora gobernada por una extraña coalición de “anti-sistema” y ultraderechistas, lo pasa mal. Su economía está estancada, el Estado sufre el peso de un gran endeudamiento y ha dejado de pagar algunas facturas.

Líderes occidentales como Donald Trump, Angela Merkel o Emmanuel Macron temen que Italia sea para los chinos una cabeza de playa: una base modélica en Europa a partir de la que expandirse. 

Segunda y última nota: El gigante chino también tiene debilidades y acechanzas
 

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