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El ojo de Dios

Génesis, de Sebastião Salgado, es a la vez un ejercicio de la mirada y una declaración visual sobre el sentido de la vida sobre el planeta

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01 de julio de 2018 a las 05:00

Es un difícil arte saber hacer regalos. Tiene el condimento extra de que año a año las chances se van reduciendo, la imaginación recibe un poco más de presión, las ideas se achican, la intención de sorprender se vuelve más complicada. Mi obsesión son los libros y recibir libros de regalo siempre es motivo de placer. En mi último cumpleaños, me regalaron Génesis, un libraco enorme y pesado del famoso fotógrafo brasileño Sebastião Salgado, publicado finamente por la editorial alemana Taschen.

Editado originalmente en 2013, Salgado describe su proyecto fotográfico de 10 años de duración, a lo largo de los cinco continentes, en 32 viajes distintos por el globo: desde las montañas de Alaska hasta los trópicos tórridos, desde la selva africana a sabanas etíopes, las recónditas islas de Oceanía, los desiertos de África y los témpanos antárticos, gigantescos como catedrales de hielo.

La intención del fotógrafo fue mostrar la tierra, los animales y los hombres como si la cámara estuviera enfrentando la naturaleza en su comienzo primigenio. "Descubrí que más o menos la mitad del planeta aún se conserva en un estado prístino", dice Salgado en la introducción. "Llamamos Génesis al libro –agrega– porque imaginamos atrasar el reloj hasta las erupciones volcánicas y los sismos que dieron forma al planeta; hasta el aire, el agua y el fuego que dieron origen a la vida; hasta las más antiguas especies que todavía resisten la domesticación; las tribus aisladas cuyo estilo de vida apenas ha cambiado; y hasta las formas de organización humana primitivas".

Las imágenes, todas en riguroso contrastado blanco y negro que abre una paleta infinita de texturas grises y de opacos, tienen la cualidad de mutar dentro de los elementos fundamentales de la creación: el agua se vuelve metálica en un océano austral vacío, una mineral montaña rocosa presenta elementos etéreos en su propia majestuosidad, las nubes cubren los cielos por donde se cuelan rayos solares que impactan en el suelo de un valle cubierto de hierba, como el primer rayo bíblico: fiat lux. "Son imágenes de lo que nosotros –como especie– debemos preservar", acota Salgado, con dejo ecologista.

Ateo confeso y seguidor de las ideas evolucionistas de Charles Darwin, Salgado demuestra en su obra una espiritualidad particular. Una cola de ballena parece salida del Antiguo Testamento, es la primera ballena, la que fagocitó a Jonás, la que todavía surca las aguas más profundas de los mares, la que nos recuerda la belleza salvaje y la inmensidad de lo incomprensible. Una tortuga contempla la eternidad desde el refugio de su caparazón, testigo de las eras. Hombres y mujeres se arrodillan frente a sus creencias en ritos milenarios frente a la cámara, y Salgado los retrata con el respeto de la distancia y la cercanía plástica de una excelente foto. El cineasta francés Bruno Dumont, que acaba de dirigir una versión musical de la infancia de Juana de Arco, declaró en una entrevista: "La cuestión religiosa es una cuestión puramente estética que ha sido absorbida por instituciones con fines morales y políticos". En ese sentido, Salgado es un iniciado en la liturgia del arte visual, tan decadente, en muchos sentidos, en el inicio del siglo XXI.

La revolución tecnológica de la infinidad de pantallas, registros, texturas y discursos atravesados ha producido un caos creativo y crítico, en el que el concepto se transformó en algo más importante que lo que se ve, la idea predomina sobre la materia, desde la pintura a la escultura, instalaciones, el video arte y también el cine. Desde el otro lado de su lente, como un romántico trasnochado pero vidente, Salgado reivindica lo esencial: el sentido del hombre en la tierra, las circunstancias de la vida de las especies, el equilibrio, la violencia de los volcanes, la racionalidad de un mundo meditado en el tiempo.
Luego de la torta y las velitas, después de que todos se habían ido a dormir, estuve buena parte de la madrugada pasando las hojas del enorme libro, en la experiencia de la poesía visual y fluctuante de las fotos. Salgado consiguió, a su pesar, una sensación tan majestuosa como transgresora: volverse el ojo de Dios.



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