Opinión > Opinión

El sueño tardío del oro negro

Ninguna empresa razonablemente seria estaría interesada en explotar petróleo a menos que haya volúmenes y reservas significativos

Tiempo de lectura: -'

31 de octubre de 2017 a las 05:00

Épocas hubo en que se llamaba así al petróleo. La denominación era adecuada. Su mera posesión transformaba a los dueños de tierras o a quienes descubrían los yacimientos en millonarios, cambiaba la suerte de una zona, de un país, y hasta de un continente.

Los indios americanos pasaron a ser magnates, los jeques árabes acumularon inmensas fortunas y amantes gracias a él, decenas de dictaduras consiguieron tolerancia mundial merced a sus pozos –algunas hasta la actualidad– y tener muchas reservas del fluido fue considerado una cuestión estratégica durante buena parte del siglo XX.

El negocio en torno a esta commodity fue siempre una aventura, financiera y de las otras. En Estados Unidos se construyó sobre muertes, luchas, guerras, quiebras y fraudes. En el mundo árabe o la URSS la cuestión fue más simple, porque las satrapías evitaban los molestos problemas contables y las quejas de la población por la apropiación de semejante riqueza.

Medio Oriente se transformó en una pira permanente donde el mundo occidental conseguía participar en el negocio vía la intriga, el espionaje, la creación o destitución de tiranías y otros recursos similares. Las centrales de espías fueron en esa etapa el mejor mecanismo de radicación de inversiones del primer mundo.

En la segunda mitad del siglo pasado, con la creación de la OPEP, el negocio petrolero dejó definitivamente de ser regido por reglas de mercado libre para pasar a ser un cartel, directa o indirectamente. En la región, Argentina fue teóricamente bendecida con un subsuelo rico en oro negro, encontrado en 1907. El presidente Yrigoyen, precursor de Perón en el estatismo y en el concepto de que lo estratégico debía ser manejado por las fuerzas armadas, crea Yacimientos Petrolíferos Fiscales en 1922, y desde entonces la mal llamada empresa ha sido una colosal fuente de pérdidas para la sociedad argentina, en todos sus formatos, a la par que una gran fuente de ganancias para todas las empresas privadas que han contratado con ella, algunas de gran protagonismo en la actualidad, con contratos siempre secretos e inauditables, por supuesto.

Brasil, que entró tarde a la industria, luego de largos y complicados procesos de exploración que costaron fortunas, logró finalmente su autoabastecimiento con Petrobras, a un costo permanente altísimo para ese país y su gente, que nunca fue evaluado debidamente ni revelado, como tampoco han sido evaluados ni revelados los montos totales del robo y las estafas de y a esa seudoempresa, en cualquiera de sus formatos, más allá de la parte de escándalos conocida. Curiosamente, los dos entes, YPF y Petrobras cotizan en Wall Street, demostrando que la actividad petrolera se rige por estándares económicos y éticos propios y diferentes a los del resto de los negocios. O no.

Las cifras de una sola vez que acaba de recaudar el vecino país por las concesiones de exploración en la capa presal son bajísimas frente a los volúmenes de las reservas estimadas, y se producen recién 10 años después de su descubrimiento, por caso. Tampoco son extrapolables a cifras de reservas menores –una cuestión de escala– y contienen el auto engaño de una fuerte participación de la propia Petrobras.

Paralelamente, en los aspectos técnicos, la explotación requiere complejísimas tecnologías, que se vuelven obsoletas en poco tiempo, conocimiento, experiencia, mano de obra altamente especializada y elevadísimas y continuas inversiones de largo plazo. Nada eso se consigue en pocos años ni se improvisa ni está al alcance de cualquiera que decida participar. Por eso ninguna empresa razonablemente seria estaría interesada en emprender un desarrollo a menos que los volúmenes involucrados fueran muy significativos y las reservas muy importantes.

Pese a estas realidades, cuando el negocio petrolero ya no es ni siquiera un mercado maduro ni tampoco estratégico, sino una actividad en lento camino a la desaparición, Uruguay continúa insistiendo en la búsqueda del hidrocarburo, con la misma ilusión que los aventureros americanos de Pensilvania hace 160 años.

Los basamentos para esta búsqueda son los ruinosos argumentos que han contribuido al empobrecimiento o el estancamiento de muchas naciones: la sustitución de importaciones, la creación de puestos de trabajo, el autoabastecimiento y las ventajas estratégicas. Todas falacias. Al punto que habría que rogar que este quinto anuncio del hallazgo de yacimientos fuera nuevamente una falsa alarma, para evitar un nuevo peso económico sobre la sociedad oriental, en momentos en que ciertamente no necesita más gasto, con cualquiera de los nombres con que se lo disfrace: inversión estatal, PPP y aún inversión privada directa, que de todos modos no existirá.

La creación de puestos de trabajo vía la sustitución de importaciones, ya fuere por el estado, la subcontratación o adjudicación de zonas a privados o algún otro artilugio, siempre han resultado carísimos en cualquier país. Esto se agrava cuando se mezcla con la idea de controlar los precios de venta en uno y otro sentido y empeora en un mercado donde los costos laborales no son competitivos. Los desastres petroleros de Brasil y Argentina no se deben a que esos países tienen mayor cantidad de corruptos que Uruguay, sino a que ese rubro ofrece muchas más oportunidades y excusas para el florecimiento de la corrupción, máxime cuando el estado participa de algún modo.

A esto se debe agregar las grandes ventajas comparativas y competitivas que tienen los mercados desarrollados de esta energía, como Estados Unidos o Arabia Saudita. Las inversiones que se puedan conseguir en esas condiciones serán nulas o de piratas. Con lo que deberán ser hechas por el estado, con cualquiera de los formatos conocidos, garantía de catástrofe. Basta imaginar a ANCAP o al estado oriental contratando con los jugadores argentinos o brasileños, estatales o privados, para temblar. Y ese miedo no cesaría si las alianzas fueran con cualquier otro protagonista mundial disponible.

Tampoco se debe soñar con entregar el negocio a privados, sólo con el contralor del estado. Por un lado, porque la corrupción será inevitable, por otro, porque las demandas de los privados en la forma de subsidios, exoneraciones y prebendas harían empalidecer la claudicación ante UPM, con un costo que también soportaría la economía uruguaya.
.
Tratar de participar en este negocio desde la incertidumbre de las prospecciones en las actuales características del mercado mundial - de excedentes y en retirada - cargando con las fragilidades propias inherentes a una economía con escaso desarrollo, con rigideces laborales y con escasa logística y poder financiero no llevará a la riqueza legendaria y ya melancólica del oro negro, sino más bien a un seguro futuro negro
REPORTAR ERROR

Comentarios

Contenido exclusivo de

Sé parte, pasá de informarte a formar tu opinión.

Cargando...