Foto del papa con el expresidente cubano Fidel Castro difundida hoy por el portal Cubadebate.cu AFP/Cubadebate/Alex Castro
Las referencias del papa Francisco en Cuba a los derechos de las personas y a la libertad reflejan, aunque en forma elíptica, el tema principal pero menos publicitado de su visita a la dictatorial isla castrista. El alivio del embargo económico de Estados Unidos como parte de su exitosa gestión mediadora entre ambos países, la promoción de la fe religiosa evidenciada en las multitudes en las calles y en las misas que ofició y el magnetismo de su personalidad fueron los aspectos mediáticos más enfatizados de su gira. Pero nada ha trascendido sobre posibles gestiones ante el presidente Raúl Castro para atenuar las rígidas restricciones, vigentes desde hace más de medio siglo, en campos como el respeto a los derechos humanos, la libertad de expresión y de educación y la estructura política.
El acercamiento con Estados Unidos, con el restablecimiento de relaciones diplomáticas y reapertura de vínculos comerciales que circunvalan parcialmente el embargo, conlleva indicaciones de la disposición del gobierno cubano a cambiar su imagen. Lo ayuda hacia esta tarea la buena disposición del presidente Barack Obama, que incluso presiona a su Congreso para el levantamiento formal del embargo que rige desde 1962. Pero sigue faltando un ingrediente esencial. Mientras no haya indicaciones claras de ablandamiento de la actual estructura dictatorial, Cuba seguirá siendo un país paria, un negro borrón en la página latinoamericana.
Contrariamente a lo hecho por Juan Pablo II en 1998, cara a cara con Fidel Castro, el papa Francisco se abstuvo de reclamar sin ambages una apertura más o menos democrática y la vigencia de las libertades individuales. Tal vez haya preferido reservar el tema para las conversaciones que sostuvo privadamente con Raúl Castro, declarado admirador del pontífice romano y presente en todas las ceremonias religiosas que realizó en La Habana, Olguín y Santiago. La religión católica ha atravesado un curso azaroso desde que Fidel Castro tomó el poder, pese al mayoritario sentido religioso imperante en la población. Hubo una aguda hostilidad desde el primer momento, profundizada por la ira castrista con el refugio que muchas iglesias dieron a combatientes cubanos que habían quedado en la isla luego del fracaso de la invasión a Playa Girón en 1961. Se oficializó el ateísmo como política de Estado, actitud que solo se suavizó en la década de 1970 y que disminuyó luego de la histórica visita de Juan Pablo II. La de Francisco coincidió con la significativa autorización a construir nuevas iglesias, algo prohibido desde 1959.
Pero la educación, utilizada oficialmente desde entonces como centro de adoctrinamiento comunista bajo el manto de un programa de alfabetización, sigue siendo monopolio del Estado. Y las libertades públicas permanecen restringidas. Como gesto hacia la visita papal, el gobierno cubano liberó a más de 3.500 presos. Siguen en prisión, sin embargo, los opositores encarcelados por razones políticas y hasta fue detenido un pequeño grupo de disidentes que asistía en La Habana a la primera misa del papa Francisco en Cuba. El futuro inmediato dará respuesta a la incógnita de hasta dónde la declarada admiración de Raúl Castro por el jefe de la Iglesia católica y la influencia de Francisco sobre el régimen castrista se traducen en menos dictadura y algo más de libertad para un pueblo que no la ha conocido durante tres generaciones.