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El testimonio de dos sobrevivientes de Auschwitz que viven en Uruguay

A 70 años del cierre del campo, dos judíos radicados en Uruguay contaron sus vivencias. Vea el video

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27 de enero de 2015 a las 21:19

Cuando ayer en el Parlamento de Uruguay se hizo un minuto de silencio por las víctimas del holocausto, Miriam Bek, que estaba en las gradas, recordó lo peor. “Lo que más me dolió es que mataron a 26 de mi familia y mi madre también murió. Esto es lo que más me duele, no puedo olvidarlo. Eso me duele más que lo que sufrí yo”, cuenta a El Observador en una entrevista a raíz del 70º aniversario del cierre de Auschwitz, el campo de concentración más emblemático, donde ella estuvo cinco días antes de pasar por otros 10 centros.

Tenía 17 años cuando el terror asoló en Clúj, la ciudad rumana donde vivía. Era judía y la obligaron a llevar la estrella de 10 cm por 10 cm en su pecho. Al comienzo de la persecución, se refugió en un hospital donde trabajaba su madre. Luego ella y algunos familiares fueron trasladados al gueto, donde estuvieron apenas una semana. Veían trenes que iban y venían y los judíos que llegaban les contaban lo que estaba sucediendo. Pero no lo querían creer y, por el contrario, solo deseaban irse en alguno de esos vagones.

“No sabíamos a dónde nos llevaban, solo nos dijeron que iríamos al sur de Hungría, donde algunos iban a trabajar y los viejos iban a cuidar a los niños. Pero nos pusieron en vagones cerrados con candado desde afuera y con una ventana chica. En cada vagón éramos más de 80 personas. Había un balde de agua y otro para las necesidades de todos. Cuando llovía sacábamos las manos por la ventana para lamer un poquito de agua. Así estuvimos cinco días, con todo cerrado, sin comida ni nada. Llegamos al norte, cerca de la frontera con Checoslovaquia. Ahí nos entregaron a los alemanes”.

Lo mismo vivía por esas fechas Silvio Packer, también rumano y hoy con casi 90 años. “Abrieron las compuertas del vagón y estábamos en un campo. Era el famoso Auschwitz. Nos gritaban para que nos apuráramos, íbamos rápido, como ganado. Vimos que de las chimeneas salía humo, pensamos que era una fábrica, pero, ¿qué fábrica? Ahí gasificaban los cuerpos. Después de ahí no vi más a mi mamá ni a mi hermana”, contó a El Observador.

La llegada de Miriam al campo fue de cierta inocencia. Al ver que los separaban en filas, comentó con simpatía a su madre que se sentía en clase de gimnasia. De repente se vio sola y luego se encontró con dos primas suyas. “Y dije: ‘Ya que estamos juntos, vamos a seguir juntas’, y así nos quedamos hasta el final”, evoca con una sonrisa.

Los separaron y algunos prisioneros casi moribundos les aconsejaban que mintieran sobre la edad, porque a los niños y a los ancianos los llevaban directo a la cámara de gas.

Recuerda Packer, que tenía 18 años: “Nos hicieron sacar la ropa, entramos a los baños y nos duchamos. Los que iban a la izquierda, cuando abrían los grifos les salía gas, que los eliminaba en segundos. Nos dieron ropa rayada, nos cortaron el pelo y nos hicieron una franjita de afeitado de unos tres centímetros, por si acaso escapábamos, aunque era imposible”. Esa noche les dieron un café que en realidad era cebada, una rodaja de pan de unos 12 centímetros de largo para repartir entre 10 y unos gramos de margarina.

La suerte de trabajar

Estos dos sobrevivientes, radicados en Uruguay, tuvieron “la suerte” de ser elegidos para el trabajo. Era 1944 y Auschwitz funcionaba como un centro de distribución de prisioneros, por lo que Miriam estuvo allí unos días y Silvio cerca de 20.

“Y donde se trabajaba era más humano”, recordó ayer Miriam, autora junto a su hijo del libro Una voz para la memoria. En total, pasó por 11 campos distintos antes de la liberación. Silvio estuvo en cuatro, y en uno de ellos pasó algunos meses trabajando en una fábrica de aviones de guerra alemanes. La jornada era de 6 a 12 y de 13 hasta la tarde, apenas comían y, con tanto trabajo, morían “como moscas”. Recuerda que un oficial lo martilló en la nuca con un cincel, ni sabe cuántos golpes recibió.

El hombre atribuye su supervivencia a su oficio de sastre. Con un conocido de su pueblo, que era mayor que él y tenía la misma profesión, lograron que les dieran aguja e hilo y usaban la tela de los forros de bolsos de antiguos prisioneros que encontraban. Con ellas cosían shorts, luego de arrastrarse para escapar a los reflectores. Se los daban a los de la cocina, que pasaban mucho calor y, a cambio, les daban algo de comer. “Cosíamos de noche y por eso de día estaba tan cansado. Sobreviví por esos dos o tres meses que tuve refuerzo. Si no, era imposible. Los demás morían a mi lado. En mi pueblo había unos 500 judíos y sobrevivimos solo cuatro”, relata.

El final de la guerra estaba cerca y cuando esta acabó, a Silvio le costó creerlo. “Estábamos tan shockeados que nadie pensó que llegaría a liberarse algún día. Estábamos aislados del mundo, nuestra vida era trabajar y volver, todo era lo mismo”. Con esfuerzo consiguió ir a la que era su casa, ya ocupada por su antiguo vecino, que le devolvió el lugar. Apenas encontró una foto de su hermana y una de su padre, donde aparecía con el traje que él le había hecho. Resistió poco y, con la idea de ir a Israel, llegó a Italia y luego a Francia, hasta terminar en Uruguay en 1952. Luego de años de silencio, “hace poco” comenzó a hablar de lo vivido.

Al día de hoy Miriam no usa polleras de lanilla marrón, pues con una de esas estuvo vestida durante un año al término de la guerra, luego de haber regresado a su país escondida en la cabina de un tren. Nunca volvió a pasar por el lugar donde vivía ni por el sanatorio donde se escondió. En 1947 llegó a Uruguay. En Jerusalén, en un memorial donde están los nombres de todos los desaparecidos en el holocausto, descubrió los de sus familiares. Veintiséis.

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