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16 de junio de 2012 21:19 hs

Cómo tardó el tiempo para poner las cosas en su lugar…

Cuánto sufrimiento... Partir luego de obtener la mitad de un torneo y enterarse a la distancia que no se pudo.

Volver para defender a la selección y cargar siempre con la cruz de la desgracia. Cada tiro de esquina, cada tiro libre, cada frustración se las llevó como ingrato recuerdo de un público que no le perdonaba una.

Aquella clasificación al Mundial obtenida desde su mágica calidad. Hay hechos que parecen quedar de lado, pero héroe es el que hace la jugada y mete la pelota ahí para que otro la empuje. Pero son detalles de un juego muy particular que cada uno lo interpreta como quiere.

Los mil y un rumores en Japón y Corea. Que no se hablaban, que no la pasó cuando debió. Otra vez los años de oscuridad.

La aparición de un pasaporte falso en Italia. La sanción que lo marginó de la actividad. El nuevo ciclo en la selección de Tabárez, la renuncia y volver a empezar. Desde lejos.

El regreso. La vuelta al primer amor dejando desairados a los grandes. Otra vez en casa. Danubio. Pero no hubo forma de sonreír. El club en proceso de recambio, lesiones e inestabilidad hicieron que la historia no terminara bien.

Y Nacional significaba la última puerta para un talento castigado, siempre puesto en duda, pocas veces ponderado.

Era el último tren con destino a la estación Revancha. Se lo tomó.

No fue sencillo el camino. Claro que hubo golpes, dudas, miradas de reojo. Las de siempre.

El clásico del Apertura midió la temperatura. Última pelota, Peñarol mal parado Nacional de contra. Penal. Era gloria o muerte. No habría término medio para su carrera deportiva. Asumió el riesgo. Y el gol significó un poco de paz.

La felicidad la encontró una fecha después. Quedaban 10 minutos para terminar el duelo con Liverpool y el gol no se veía por ningún lado.
Y otra vez la aparición para terminar de rubricar un campeonato. Era el final soñado.

Pero íntimamente asumía aquella vieja deuda. La que lo marcaba como uno de los tantos que no ganó el Uruguayo.

Peleó el Clausura hasta el final, volvió a definir el clásico pero el torneo se lo llevó Defensor Sporting. Claro que la confirmación de la tabla Anual le devolvió el alma al cuerpo. Es que la historia quedaba a merced de Nacional.

Noventa minutos para terminar de sellar una temporada soñada.

Y otra vez el destino lo encontró en el momento y en el lugar indicado. Una definición propia de su inconfundible sello, ese que marca que primero se amaga y luego se toca con suavidad. Propia de una forma de sentir y vivir el fútbol. Sin tirar a romperle el pecho al golero, sin la más mínima cuota de nerviosiosmo. Ahí, donde el arco queda chiquito, ahí se hizo gigante.

Recoba, el de la cruz de la desgracia, el que no sabía ejecutar tiros libres y córners en la selección, el que no la pasó en el Mundial. El de las acusaciones y al que miraban de reojo.

Recoba, el del pasaporte falso en Italia, el niño mimado del imperio Moratti en Inter, el que se alejó contrariado de la selección, el que jugó gran parte de su carrera en deuda.

Recoba, el que doblegó en la hora a Peñarol en el Apertura, el que brindó el título ante Liverpool, el que ganó el clásico del Clausura y el que marcó el gol del campeonato.

Justicia, Chino. El tiempo tarda pero pone las cosas en su lugar.

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