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El trabajo: una discusión fuera de foco

Los uruguayos pagan el costo de no estar preparado para enfrentar las nuevas realidades del mercado de trabajo

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03 de mayo de 2018 a las 05:00

El mercado de trabajo atraviesa un momento complicado. Y no alcanza con mirar los grandes números. Es necesario evaluar las tendencias y entender las oportunidades y amenazas que trae consigo el futuro cercano.

La pérdida de puestos de trabajo de los últimos años resulta difícil de interpretar para aquellos que solo miran los números macro. La actividad se expande, pero lejos de generar puestos de trabajo, la ocupación continúa en caída.

Los datos promedio de los últimos 12 meses a febrero son elocuentes. Se llevan perdidos 38.000 puestos de trabajo desde 2014 y los niveles de ocupación se encuentran en su mínimo de la última década. Si se analizan las dificultades para la inserción laboral en los más jóvenes, el desempleo se encuentra en su mayor nivel desde la salida de la crisis.

Hay un componente coyuntural en este fenómeno de la pérdida de puestos de trabajo, pero no alcanza a explicar por sí mismo lo que sucede hoy en el mercado laboral.

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Es cierto que la economía crece, pero lo hace sostenida en sectores que tienen muy escasa capacidad de generar empleo. Crece el sector de las telecomunicaciones, crecen las papeleras, crece la industria automotriz. Pero son sectores que no necesitan mucho personal para sostener esa expansión.

Por el contrario, cae la construcción, cae la industria alimenticia, caen los textiles. Y esos sí son sectores intensivos en la contratación de trabajadores, que cuando su actividad se deteriora no les queda otra que ajustar salarios o expulsar gente. Y en un esquema en el cual los salarios no solo no pueden ajustarse a la baja sino por el contrario siguen subiendo, no hay alternativa a la reducción de jornadas.

Pero eso no explica por completo la magnitud del problema. Y cada vez, el componente coyuntural pesa y va a pesar menos. Hay cambios en la estructura del trabajo y la relación entre el trabajo y el capital que están afectando las posibilidades que tiene el país de generar empleo, en particular para los sectores de menor formación y especialización.

El efecto de la incorporación de nuevas tecnologías se está empezando a sentir y va a ser cada vez más notorio. La robotización y la inteligencia artificial aplicada están reduciendo personal en el agro y los servicios. Empresas de retail, instituciones financieras y productores agrícolas reducen costos a través de la incorporación de tecnologías que cada vez ofrecen más prestaciones y a un menor costo.

La discusión en Uruguay parece estar desenfocada. No hay acciones concretas que permitan mitigar los efectos de estos cambios. Una población con bajos niveles de formación –el porcentaje de aprobación de secundaria es de los más bajo de la región– no puede aspirar a generar empleos que no sean sustituibles por máquinas o por software en la actualidad o a más tardar, en pocos años.

Las consignas del movimiento sindical buscan afrontar los problemas del mercado de trabajo como si fueran únicamente de corte coyuntural. Desde el gobierno, se anuncian programas de inclusión en el mercado laboral para mitigar situaciones concretas de algunos colectivos, pero no se entiende el tema como un problema transversal, que no pasa solo por los recursos que hay que poner, por la regulación que hay que ajustar o por las acciones que hay que obligar a los empresarios a adoptar, sino por una reforma integral del sistema educativo y del marco regulatorio que le dé nuevas oportunidades a los jóvenes porque las que pocas que les van quedando, se ven amenazadas.

Los cambios culturales introducen algunas complicaciones adicionales que no deben pasarse por alto para entender el comportamiento del mercado. La legislación laboral penaliza algunas modalidades de trabajo más alineadas con los hábitos y preferencias de las nuevas generaciones.

Mientras que el movimiento sindical se alinea detrás de la consigna de reducir la jornada laboral, las nuevas generaciones exigen flexibilidad. Por encima de la carga horaria total, valoran el trabajo en base a proyectos y aprovechar las posibilidades de deslocalización que permiten las nuevas tecnologías.

Conforme el multiempleo y la rotación se hacen más frecuentes, la imagen del trabajador asociado a una empresa de por vida se desdibuja por completo. Al mismo tiempo, las posibilidades de emprender que otorgan las nuevas tecnologías exigen cambios regulatorios que amparen y fomenten modalidades de trabajo que no existían hace una década.

Todo esto está en el debe. Todo esto está fuera de la agenda. Uruguay necesita ponerse al día si no se quiere seguir agrandando la sangría de empleos y limitar las posibilidades de desarrollo que tiene el país.


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