Toda política exterior es reflejo de la política nacional, sostiene una vieja máxima de gobierno. La idea es que si se hacen las cosas bien puertas adentro, eso se verá reflejado en las relaciones con los demás países.
Tal vez hayan sido, entonces, algunos reveses a nivel interno lo que provocó ciertas pifias recientes en la política exterior del gobierno. Como la ausencia del presidente Lacalle Pou en la reunión anual de la Asamblea General de Naciones Unidas, o quizás más serio aun, el no haber acudido a la asunción del presidente Gustavo Petro el 7 de agosto en Colombia, cuando sí había viajado a Bogotá apenas un mes antes en una inusual despedida al mandatario saliente Iván Duque.
Ahora, sin embargo, el presidente uruguayo tiene la oportunidad de demostrar que está por encima de filias y fobias ideológicas y que puede conducir la política exterior del país con cierta destreza. Para ello va a necesitar ahora de mucha cintura.
El triunfo de Lula en Brasil ha cambiado considerablemente el equilibrio de relaciones en la región, completando el giro a la izquierda iniciado por la elección de Gabriel Boric en Chile y del propio Petro en Colombia. Hay que adaptarse a esa nueva realidad, sobre todo porque ahora se trata nada menos que del socio más importante del Uruguay.
Es probable, como muchos piensan, que Lula decida priorizar la relación dentro del Mercosur y que quiera reimpulsar la proyección del bloque. O incluso que Brasil se vuelva más proteccionista, lo que con certeza iría en desmedro de la flexibilización que pretende el gobierno uruguayo para firmar acuerdos bilaterales con terceros países; señaladamente, un TLC con China que está en agenda pero del que todavía no conocemos prácticamente nada.
Al respecto, Lacalle Pou ya había enfrentado dificultades para lograr el apoyo del gobierno de Jair Bolsonaro. Solo su ministro de Economía Paulo Guedes estaba de acuerdo; en tanto que otros en Brasilia, incluso el propio Bolsonaro pero, más que nada, la históricamente influyente Cancillería de Itamaraty, se oponían. Como ya contamos en la columna del pasado 7 de octubre (La pregunta por Brasil), el impasse se resolvió tras un trabajo de filigrana de la Cancillería uruguaya. Pero llevó sus buenos siete u ocho meses.
Ahora eso está otra vez en veremos. Aunque dos factores incidirán de un modo relevante en el devenir de los acontecimientos. En primer lugar, la disposición de Itamaraty, que ha recuperado un terreno considerable en la toma de decisiones y tendrá ahora mucho más peso que durante los dos primeros gobiernos de Lula. Y luego, más importante aun, Lula llega al poder no solo acotado por un Congreso controlado por el bolsonarismo, sino también por su propia coalición de gobierno, que además de su vicepresidente, Geraldo Alckmin (antiguo dirigente del PSDB de Fernando Henrique Cardoso), la integran una media docena de partidos de centro y centro derecha.
Esto lo obligará a adoptar políticas más moderadas. Y aunque increíblemente Lula no adelantó nada en campaña sobre lo que será su política económica (son los problemas de tener una campaña tan polarizada y centrada en la descalificación personal), es de esperar que se corra el centro en favor de una mayor apertura comercial. En medios europeos se especula con que eso podría traducirse por fin en la ratificación del acuerdo Mercosur-Unión Europea, atendiendo a que el primer año de su gobierno coincidirá además con España en la presidencia pro tempore de la Unión Europea.
Es relativo. El propio Lula criticó en campaña ese acuerdo, dijo que había que renegociarlo.
Sin embargo, con toda la buena voluntad y el entusiasmo expresos que su triunfo ha despertado en Bruselas, más los deseos de llevar a Brasil al redil occidental encabezado por Washington-Europa contra el eje Moscú-Beijing con quienes Brasil integra el BRICS, es posible que Lula termine cambiando de opinión. En cuyo caso, Uruguay y su TLC supuestamente en ciernes con China quedaría un poco como descolgado. En fin.
Como sea, en concreto, y para quienes se lo preguntan, dudo mucho que Lula adopte una postura abiertamente hostil hacia Uruguay. Por más que hay un regreso de los gobiernos progresistas a nivel regional, el contexto es muy diferente al de la década de los 2000. Y es de esperar que el brasileño también haya aprendido de sus errores del pasado y no vuelva a priorizar afinidades ideológicas por encima de otros aspectos que son realmente relevantes para la agenda regional.
En cualquier caso, no debe descartarse que la intención de Uruguay de flexibilizar el Mercosur pueda verse frustrada. Lo que yo sí descarto totalmente es que Lula vaya a llevar las cosas al plano personal, mucho menos a calentarse con Lacalle Pou, como ha hecho el presidente argentino. Lula tiene otra cintura.
Pero será sí un gran desafío, tanto para el nuevo presidente del Brasil, que deberá corregir esos errores del pasado en su política regional, como para el mandatario uruguayo, que también deberá demostrar que puede conducir su política exterior con independencia de signos ideológicos.