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El triunfo de Netanyahu en Israel, el continuismo y las hostilidades

Aunque ha sido fortalecida una coalición de centro, la justa victoria de sectores de derecha es suficiente para que continúe la actual política exterior 

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14 de abril de 2019 a las 05:00

Fueron las elecciones de Israel que más interés despertaron en todo el mundo desde la creación del Estado judío en 1948. Nunca se había visto tanta cobertura de los medios internacionales, ni tanta gente ávida de conocer los pormenores e infinitos matices de la fragmentada política local israelí; los que normalmente pasan totalmente desapercibidos ante la opinión general. La razón principal de este nuevo giro: todo el mundo quería saber si el primer ministro, Benjamín Netanyahu, continuaría al frente de los destinos del país o no.

El mandatario de derecha es una figura bastante impopular en Occidente, en particular en Europa, donde muchos lo consideran un obstáculo para la resolución del conflicto con los palestinos y otros asuntos calientes del Oriente Medio, como las relaciones con Irán. Pero incluso en Estados Unidos, donde los demócratas le han retirado el favor y tuvo una relación muy áspera con el segundo gobierno de Barack Obama.  

Por otra parte, las excelentes relaciones que Netanyahu ha sabido cultivar últimamente con Donald Trump y con otros líderes hostiles al mainstream occidental, como el ruso Vladimir Putin, el húngaro Viktor Orbán o el propio Jair Bolsonaro, le han traído aun más antipatías a domicilio. Y por si algo faltaba, sus alianzas al interior de Israel con partidos de extrema derecha y  ultraortodoxos terminaron de configurar un perfil de líder de esos que la opinión occidental ansía su prolapso.  

Por eso esta semana, ante la posibilidad de que perdiera después de 10 años el poder frente al general retirado de centro Benny Gantz, el mundo estaba expectante. Por un momento, entre la noche del martes pasado y la madrugada del miércoles, hubo expectativas de que la alianza de centro encabezada por el partido Azul y Blanco de Gantz se alzara con la victoria, ya que habían quedado empatados a 35 bancas en el Knesset con el Likud de Netanyahu.  

Pronto, sin embargo, las alianzas parlamentarias obrarían la victoria para un histórico quinto mandato de “Bibi”, quien a pesar del desgaste de una década en el poder y de las acusaciones de corrupción que pesan en su contra, sigue siendo muy popular entre los israelíes. Sus fuertes con los votantes siguen siendo principalmente dos: el primero, desde luego, su carisma; y el otro, precisamente el que más le critican en Occidente: su política exterior, cuya línea dura en seguridad nacional, en un país enfrentado a múltiples amenazas, es de una importancia vital para la gran mayoría de los israelíes. 

La mayoría parlamentaria se la han otorgado, en efecto, las fuerzas de extrema derecha y ultraortodoxas que votaron muy bien el martes pasado para terminar conformando una bancada conservadora de 65 escaños en el Knesset, frente a los 55 de la coalición centrista que en poco tiempo logró armar Gantz. Pero hechas las sumas y las restas, el resultado parece más que cualquier otra cosa un voto de confianza a Netanyahu y a su criticada política frente a sus vecinos. Los israelíes decidieron que no es momento ahora de cambiarlas, aunque ello signifique apuntalar en el proceso la agenda de los extremistas, que incluye extender la soberanía de Israel a los asentamientos en Cisjordania y evitar la modernización del Estado con un esquema de mayor laicidad, como proponían las fuerzas seculares aglutinadas bajo la coalición de centro. 

De hecho, el propio Netanyahu hizo campaña en primera persona con la polémica promesa de soberanía sobre los asentamientos, negó que el Estado perteneciera también a las minorías árabes de Israel y presentó entre los logros de su gobierno el traslado de la Embajada de Estados Unidos a Jerusalén y el reconocimiento de Trump a su anexión de los Altos del Golán.

Es cierto que por primera vez peligró su otrora gran respaldo electoral en las elecciones más reñidas en la historia de Israel. Es cierto también que vio erosionada su base tradicional de centro-derecha. Y tal vez más importante aun, que un amplio sector del electorado israelí, que ahora estará representado en el parlamento por 55 bancas de 120, votó por un cambio de rumbo que exigen los tiempos que corren en cuanto a una mayor pluralidad social, más laicidad y la búsqueda de un mayor entendimiento con los demás países de la región. Y así, es posible que algunas concesiones deba hacer en algunos de esos puntos de llegada.

Pero el resultado en sí es un triunfo de una amplia coalición de derecha y la continuidad de Netanyahu, de lo que no es dable esperar cambios: continuarán las hostilidades con los regímenes de Teherán y Damasco y el acercamiento con el de Arabia Saudita; continuarán a buen seguro las tensiones con Europa, el alineamiento con Trump y las buenas relaciones con Putin. Y cada vez se ven más lejos las chances de hacer la paz con los palestinos.  

Trump debe ahora presentar finalmente su muy conversado plan de paz, algo que el mandatario estadounidense decía reservarse para después de las elecciones en Israel. Pero sus chances de éxito son cuando menos exiguas. De hecho, las autoridades palestinas ya lo han rechazado sin conocerlo. Tal vez para todo ello haya que esperar a que madure la coalición de centro que acaba de nacer en Israel y a su eventual triunfo en las urnas.

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