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El uruguayo que, sin planearlo, atravesó África en una moto de 1988

Gustavo Falero recorrió 16 países en 18 meses con su Yamaha de 1988 

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23 de octubre de 2020 a las 13:58

¿Alguna vez deseaste dejarlo todo y emprender un viaje sin planes? Gustavo Falero agarró su moto, una Yamaha del 88, y fue a conocer Marruecos impulsado por la curiosidad, para mandarle una postal a su madre desde “un continente distinto”. Pero el destino y las personas que fue encontrando en el camino lo llevaron a atravesar África por su costa occidental.

Canillita, abogado y agente de ventas, "en ese orden". Falero terminó la universidad y le pidió a su madre que le cuidara el quiosco en Montevideo durante tres meses mientras se iba a visitar a unos amigos en España pero se enamoró en Barcelona y decidió quedarse a vivir en Europa. Esta vez, le pasó algo similar, se enamoró del viaje y, lo que en principio serían dos meses, terminó siendo una aventura de un año y medio por 16 países.

 

La Yamaha inmortal 

"Imaginate que un día saliste a dar una vuelta por la rambla de Montevideo en una Graziella Jazz de mocasines y terminás subiendo el Cerro de las Ánimas”, esta es la comparación que hace Falero con su travesía en una moto diseñada para circular en asfalto, que terminó recorriendo los caminos más escabrosos del oeste africano. El viaje se fue haciendo al andar, sin preparación y sin demasiada información sobre lo que podría encontrar. En Gambia quiso cambiar el vehículo y comprarle una moto de enduro a un cántabro, quien lo terminó convenciendo de que seguir en su Yamaha era parte de la “epopeya”. Falero aceptó el desafío.

En el camino la moto fue mutando. Amortiguación, neumáticos, protección para el motor, luces, cárter y guardabarros. Todo se fue reemplazando con piezas creadas por mecánicos africanos, porque no había repuestos para esta motocicleta. Falero también fue mutando. “Cada vez dormía más sencillo, comía más sencillo y me adaptaba más fácil a todo”, dice.

Mate, picadito y la extraña conexión de un angoleño con el carnaval montevideano

Falero reconoce que hay dos cosas que llevó al viaje sin darse cuenta: el mate y la camiseta de Diego Forlán. Dos objetos que serían claves durante la travesía.

“El mate en ese momento me ayudó a abrir puertas y romper hielos, que no se daba fácilmente por el idioma, pero sacar el mate y empezar a armarlo llamaba la atención. Que empezaran a preguntar, aflojaba tensiones”, dice Falero y asegura que lo compartió con tanta gente en el camino, como reacciones recibió luego de probar la infusión. Durante el viaje el teléfono de su padre sonó dos veces y la conversación fue más o menos así:

- Tenés que comprar un kit de mate y mandarlo a Angola.
- ¡¿A dónde?!
- A Angola, te paso la dirección.

Bombilla, mate y medio kilo de yerba viajaron desde Montevideo a Namibia y Angola, donde vivió una de las experiencias más movilizadoras del viaje.

En un mercado de artesanos sintió que alguien lo abordaba: “¿Onde fica o chimarrão, uruguaio?". Era un hombre que escapó de la guerra en Angola a bordo de un barco pesquero y pasó cuatro días en el puerto de Montevideo. Y que, con esa frase, le estaba pidiendo un mate. De acuerdo a lo que le contó, Falero le explicó que había llegado a tiempo para uno de los principales eventos culturales de la capital: el desfile inaugural del Carnaval. “En el momento en que me lo estaba contando estaba revolviendo toda mi base cultural y yo me estaba olvidando de eso porque me estaba metiendo en la cultura de otros”, comenta el uruguayo.

El artesano, como forma de agradecimiento por el mate compartido, le hizo un collar de protección, que todavía cuelga de su cuello. “¿Vos sabés dónde queda Uruguay?”, le preguntó Falero en la costanera. El hombre extendió el brazo y apuntó directamente al suroeste. “Me estaba señalando mi patria, mi país. Hacía 12 años que yo me había ido de Uruguay”, recuerda emocionado.

En Ghana recordó aquel encuentro de la Copa del Mundo, cuando Suárez puso la mano que habilitó a los uruguayos a avanzar a semifinales y los ghaneses quedaron con la ñata contra el vidrio. “Me mandé para el picado de fútbol con la camiseta de Uruguay, la de Forlán. Pensé ‘acá vamos a ver si me terminan tirando a los tiburones’”, cuenta Falero, pero admite que la resolución fue más amistosa de lo que esperaba. “Creo que el tema lo tenían con Suárez”, concluye entre risas.

“Un viaje por África sin malaria no es un viaje por África”

En Gambia se cruzó con la primera persona que había tenido malaria. Hasta Camerún pasó por siete países donde la enfermedad no le tocaba pero fue allí donde pasó las 10 horas más largas del viaje, en el piso de un apartamento sin poder moverse hasta que lo llevaron a un hospital. “Me agarró con la ventaja de que me tocó en una ciudad grande porque lo jodido de la malaria es cuando agarra a la gente en los poblados”, cuenta, y recuerda que al tercer día pudo volver a moverse y el miedo ya se había ido. Pensó que ese era el límite, sin embargo siguió en viaje.

“Tuve muchos momentos de angustia, hubo una parte del viaje en la que me cansé pero no podía volver porque el aeropuerto más cercano que pudiera conectar con Europa me quedaba como a dos mil kilómetros”, reconoce el viajero.

Un abrazo desde Uruguay a Benín

En un control fronterizo de Benín a Nigeria, después de sellar el pasaporte, un oficial lo para antes de cruzar la barrera. “Amigo, ¿qué me trajiste de regalo desde Alemania?", le dijo el hombre uniformado con una ametralladora colgando sobre el pecho. “Me quedé inmovilizado. No sé cómo me inspiré y le dije: 'Un abrazo de amigo uruguayo para el pueblo africano’. Y lo abracé. Los demás que estaban al lado se entraron a reír y el loco no tuvo más remedio que dejarme pasar. Se dio cuenta de que no tenía un mango”, recuerda Falero y señala que es usual que en los pasos fronterizos pidieran sobornos. Así se las ingenió para evitarlo.

“Aprendés a confiar en que no te va a pasar nada malo y que la gente es más buena de lo que parece”, asegura Falero y recuerda una noche que estaba a la deriva en una ruta de Camerún. Quería llegar a un "paraíso" en un volcán inactivo, pero se fue el sol y estaba buscando un lugar para armar la carpa. Vio una decena de linternas en la oscuridad y lo invadió el temor. “Cuando me quiero acordar me agarraron la moto y mis bolsos. A los 20 minutos estaba adentro de una choza y me estaban dando la cena. Todas mis cosas estaban adentro de otra choza con un catre donde pasé la noche y al otro día me dejaron un balde con agua tibia para bañarme y me dieron el desayuno”, recuerda y agrega: “Pasé de pensar que estaba en el horno, a darme cuenta de que me terminaron salvando”.

Un año y medio después, con 35 mil kilómetros recorridos, llegó al cabo de Buena Esperanza. Dejó la moto en el garage de unos viajeros y asegura que no va a volver a Europa en un avión sino que va a volver algún día haciendo la parte este de África.

Una historia separada por una frontera
 
Cuando terminó la aventura africana volvió a visitar Uruguay y de regreso a Europa trabajó como guía de turistas en moto. Recorrió Reino Unido, Escandinavia y Europa del este. Un día se cruzó en la curva de una montaña con una mujer en bicicleta. “Nos pusimos a hablar, tuvimos buena onda, quedamos con los teléfonos, nos conocimos y nos flechamos”, recuerda Falero. Desde entonces, la historia siguió entre Alemania y República Checa, con encuentros esporádicos hasta que “picó el bicho” y la relación se intensificó. De un día al otro la pandemia obligó a cerrar la frontera.
“Para mi no fue tan malo porque yo estaba en una cabaña en el monte, la movilidad no me cambió para nada. A la ciudad iba una vez por semana para hacer la compra de alimentos y viví todo eso desde ahí; no como conocidos que lo vivieron en ciudades más jodidas y se tiraban de los pelos”, dice. Pero la relación quedó dividida por una frontera cerrada. Él en Bavaria y ella, algunos kilómetros más allá. ¿Cuál fue la solución? Cruzaron tres veces la frontera por pasos de a pie. “Es lo que en Uruguay sería el camino de los quileros, son pasos de contrabando”, explica Falero y agrega: “Tenemos tres cruces ilegales, porque estás infringiendo una norma de Estado, pero no nos aguantábamos más”.

“Volví del viaje con las cosas que me pude traer en la maleta y con todo lo que venía en la cabeza, que era mucho más de lo que entraba en la valija”, dice y hace un recuento de los cambios que le despertó la aventura: “Valoro la simplicidad de la vida, no proyectarse y vivir el hoy”. 

“Ahora disfruto de cada ducha, de cada desayuno en el que puedo tener más de cuatro opciones para comer y de una cama. Lo disfruto más porque sé que hay lugares donde esas cosas no existen. También valoro los afectos y las relaciones sociales. Aprendí a confiar en la gente, a pensar que el otro es bueno”.

Cuando decidió conocer Marruecos esperaba que el viaje durara dos meses, y se extendió por un año y medio. ¿Qué va a pasar ahora? "El plan es que no hay plan", concluye el uruguayo.

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