9 de junio de 2014 10:45 hs

El vidrio estalló en un segundo. O eso pareció. Sentí un ruido sordo pero no supe de dónde venía con precisión hasta que un hombre metió medio cuerpo en la ventana del auto, abalanzándose hacia el lugar del conductor, donde estaba sentada esperando desde hacía tres o cuatro minutos que se descongestionara la “vía de alto tránsito” en la que se ha convertido Ricaldoni.

Vivo en Parque Batlle desde hace cuatro años y cada mes que pasa me cuesta más lograr ingresar en esa avenida para luego llegar a mi casa. A veces lo hago desde avenida Italia, a veces desde Canning, otras desde Lord Ponsonby. En todos los casos, esquinas sin semáforos todas, es un proceso complicado en el que se genera hasta una triple fila de autos en calles angostas y de doble mano.

El día en el que el vidrio explotó tuve la mala suerte de quedar del lado de la vereda, pegado mi auto al Parque Batlle y enfrente mismo de la muy iluminada y vigilada residencia del embajador de Inglaterra. Antes de que me detuviera el atolladero de tránsito había visto una moto estacionada en la vereda con dos personas mirando hacia la calle. Desconfié.

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Nunca me habían robado en el auto (sí en mi apartamento, en mi casa y algunos otros hechos desagradables que ahora no vienen a cuento).

El ladrón se metió una vez y no vio nada. Mi cartera no estaba sobre el asiento del acompañante ni en el piso del auto de ese lado. Estaba casi escondida, a mi lado, enganchada del freno de mano. No atiné a nada. Grité algún disparate, me tiré hacia la otra ventana intentando frenarlo pero ni la cantidad de autos ni la luz intensa lo amilanaron y se metió de vuelta hacia mí, para por fin agarrar la cartera que venía buscando. El celular no se lo llevó, lo tenía entre las piernas.

Fueron 10 segundos, creo. No atiné a nada. Apenas salió corriendo puse primera, me destranqué cómo pude y me fui para mi casa mientras llamaba al 911. Me latía el corazón y estaba enojada. Con el chorro y conmigo misma. Supongo que siempre pasa eso, cada vez que a alguna de cientos de mujeres le rompen un vidrio en una esquina similar. Luego, en las conversaciones con amigos y familia, la pregunta era más o menos así: “¿Pero dónde tenías la cartera?” “Hay que ponerla en la valija”. Al final parece que la culpa es más tuya que del chorro.

Vi su cara, vi cómo estaba vestido, vi su expresión de desconcierto cuando al principio no encontró nada. Y todos esos instantes se me repiten bastantes veces, no tanto matizados por el miedo o la angustia, sino por el asombro.

El jueves volví a mi casa por el mismo camino. De vuelta quedé trancada, pero esta vez evité el lado de la vereda. Me podrían haber roto la ventana de nuevo, sí, pero también lo podrían haber hecho en cualquiera de las otras esquinas que me permiten llegar a casa. Tenía ganas de gritarles a todos los que andaban por ahí “ojo, te pueden romper la ventana”. ¿Serviría de algo? Y en todo caso, ¿de qué podría servir? ¿Instalar un policía en cada una de las esquinas que ya se repite como un mantra incansable en las conversaciones cotidianas? Seguramente los motochorros –o como sea que el ingenio popular quiera llamarlos– buscarían otras esquinas.

El ladrón se quedó con $ 400, seguramente lo único que pudo aprovechar de mi cartera repleta de otras cosas vitales solo para mí: documentos, tarjetas de crédito, fotos de mis hijos de cuando eran bebés que ya no voy a recuperar. Todo eso debe estar ya en un contenedor, o tal vez en una usina de procesamiento de basura.

El costo real de una tarde complicada no solo se mide en pesos contantes y sonantes (ver nota aparte, son unos cuantos), sino en desconfianza, miedo y estrategias de prevención que dudosamente sirvan para prevenir nada. El vidrio explotó y por un tiempo estaré esperando que explote de nuevo.

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