4 de octubre de 2013 21:11 hs

La primera sensación al ingresar al espectáculo de Fuerza Bruta en el Centro Cultural Recoleta en Buenos Aires es la de estar asistiendo a un recital o a una fiesta electrónica. De pie en el recinto tipo galpón de la sala Villa Villa, cinco hombres y mujeres salen a escena con sus tambores. Al grito de “Wayra que sigue soplando” invocan, con energía y fiereza en sus voces y movimientos, el inicio de un ritual en el que el viento (wayra en quechua) es el motor de un espectáculo que apela a lo sensorial como impulso primitivo.

Una madeja de cuerpos se desliza con arneses por encima de las cabezas de los espectadores (el mirar para arriba es gran parte de la dinámica del espectáculo, por lo que hay que prepararse para tener un poco de dolor de cuello al final) y el frío de una ráfaga de aire despierta al público del mantra iniciático. A continuación, se coloca una gran cinta de correr en la mitad de la sala, por la que se desliza un hombre de traje blanco, en una de las imágenes más potentes del show.

La cinta va adquiriendo cada vez más velocidad y el paso del hombre se acelera hasta convertirse en una lucha desesperada contra el viento y la lluvia. Un sonido estruendoso simula un balazo en su torso, pero el hombre se desprende de su camisa manchada de rojo (debajo de la cual tiene otra impecable) y continúa su devenir a través de paredes de cartón. Por momentos, muebles y personas lo estorban o acompañan y caen indefectiblemente de esa cinta en movimiento en la que se ha convertido su existencia.

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Hay algo en la imagen de ese hombre que habla sobre la supervivencia, la imprevisibilidad, el sufrimiento, la evolución y la libertad. Pero el espectáculo de Fuerza Bruta no apela a la reflexión sino a la sensorialidad. Esto es posibilitado por una teatralidad basada en lo físico y en la comunicación más primitiva (gritos, miradas) junto con el despliegue de tecnología y efectos, y una música que oscila entre lo tecno, lo dance y lo tribal.

Después de dos años en los que Fuerza Bruta, originada en 2003 como proyecto independiente de De La Guarda, estuvo de gira mundial con Wayra, la compañía acrobático-teatral argentina regresó en mayo de este año a la sala que la vio nacer para volver a convertirse en uno de los espectáculos más exitosos que se exhiben en el país vecino. La compañía, que es reconocida por haber estado a cargo del desfile de los festejos por el Bicentenario de la Revolución de Mayo en Buenos Aires en 2010, se presenta de miércoles a domingo.

Capacidad de asombro

Fuerza Bruta es muy efectiva en crear imágenes. Una que destaca es la que se genera cuando se extiende una cortina platinada gigante alrededor de los espectadores, por la que encima de sus cabezas corren y realizan piruetas dos mujeres en vestidos vaporosos, en una nueva metáfora corporal de la supervivencia. Otros buenos momentos del show son cuando un hombre y una mujer luchan, cada uno de un lado de una superficie giratoria por llegar al otro extremo, o la escena en la que una piscina transparente cuelga sobre las cabezas de los asistentes.

Cuatro mujeres jóvenes y ligeras de ropa se zambullen en el agua, juguetonas, sensuales y poéticas, como sirenas en su hábitat. Luego sus contorsiones van subiendo en intensidad y se apodera de ellas una agresividad primitiva.

El techo baja hasta el punto de rozar a los espectadores, quienes son invitados a tocar la superficie donde del otro lado se encuentran las bellas figuras de aquellas ninfas que clavan sus miradas extrañadas en las decenas de ojos que las observan. Pronto hacen chocar sus cuerpos contra la piscina, que parece que va a romperse, y la golpean con rabia como si quisieran escapar de su encierro y mezclarse con la multitud.

No obstante, Wayra, que tiene una duración de una hora y cuarto, no logra mantener el asombro sensorial de forma constante y alterna unos muy buenos números con un final que palidece en comparación. Acaso lo más cuestionable sea el rol del público, que si bien es apelado por Fuerza Bruta como partícipe, no deja de ser estrictamente espectador. La acción de los técnicos moviendo a la gente de un lado para el otro para que se puedan desplegar las distintas escenografías, hacen del show un espacio resguardado, y hay algo del caos y de la visceralidad que se quiere transmitir que queda en el camino, algo del choque artístico que queda anestesiado. La interacción se reserva para dos o tres personas que suben colgadas de arneses y para otros que bailan con los actores.

Hacia el final, la combinación de un dj de aspecto napoleónico y de lluvia que comienza a caer sobre un segmento de la sala al que acuden los que se animan a empaparse, hace mutar el espectáculo a una suerte de fiesta rave que deja en el aire la cuestión sobre si ese viento que todo lo empuja no habrá arrastrado demasiadas cosas.

Pero, en definitiva, en lo que sí tiene injerencia el público es en el nivel de disfrute de Wayra, ya que este dependerá en gran medida de su disposición al asombro y de la experiencia y afinidad que tenga con este tipo de espectáculos.

EO Clips

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