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Embajador denuncia "persecución política" en la cancillería

El funcionario de carrera, que integró el equipo técnico de Lacalle Pou, dijo que en el ministerio se “premió” a diplomáticos por tener “actitudes afines” al gobierno

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01 de septiembre de 2019 a las 05:00

El embajador Álvaro Moerzinger entró a la cancillería hace 43 años, con la primera generación que dio el concurso de ingreso y ahora está a tres meses del retiro por edad. Luego de pasar por varios destinos, desempeñar cargos de relevancia y de abrazar posiciones de jerarquía en organismos internacionales, Moerzinger enfrenta sus últimos días con el dolor de un final indeseado. Desde que volvió de su último destino en los Países Bajos en abril de 2017 fue ignorado por la administración. Pero su exclusión se volvió definitiva luego de contribuir para el programa de Luis Lacalle Pou en materia de política exterior. Él considera que su caso es uno de “persecución política” y en entrevista con El Observador acusó a las autoridades de cancillería de no actuar de la misma forma con diplomáticos frenteamplistas, a quienes dijo que se los premia por su adhesión al gobierno.

¿Por qué el 8 de abril estuvo sentado entre los técnicos que trabajaron para el programa de Lacalle Pou durante su presentación en kibón?
Fui invitado por el ahora candidato como participante del grupo de integrantes que lo asesoró a él para preparar el programa de campaña. 

¿Usted hoy es asesor de Lacalle Pou en política exterior?
Integré el grupo de trabajo que colaboró en la confección del programa luego que fui cesado de mi cargo en abril de 2018. Antes de esa fecha nunca había colaborado políticamente, aunque legalmente no hay nada que impida hacerlo.

¿Siendo diplomático de carrera usted puede hacer política?
No hay ninguna norma que prohíba ese tipo de actividad, al revés: la doctrina y la práctica ilustra que no hay ninguna limitación para que los diplomáticos hagan actividad política. Incluso hubo diplomáticos que fueron subsecretarios o ministros. La Constitución no prohíbe ni impone limitaciones en este sentido cuando están en Montevideo. Hay algunas restricciones normativa cuando están en el exterior. En ese caso yo estaba ejerciendo el derecho que me dio la Constitución y el propio Estatuto del Servicio Exterior.

Sin embargo, el hecho de que usted integre este grupo asesor generó ruido en la cancillería.
Sorpresivamente fui llamado por el ministro a aclarar la situación. Y creo que le expliqué perfectamente: yo no estoy en funciones en la cancillería por decisión del ministro y ejercí mi derecho constitucional. Hay un artículo muy claro del excatedrático de Derecho Administrativo de la Udelar, el doctor Silva Cencio, donde especifica de forma muy precisa los derechos de los diplomáticos (ver recuadro abajo)

Estaba sin cargo por haber participado meses antes en una reunión con exdiplomáticos y Lacalle Pou que culminó con la elaboración de un documento para el candidato.
Ese fue un episodio muy extraño, muy raro. Yo no le discuto al ministro su potestad de elegir a los funcionarios con los que él desea trabajar. Eso forma parte de sus potestades, me parece muy bien y ha sido siempre así en la cancillería. Lo que sí me duele hasta el día de hoy es el comunicado de la cancillería del 1° de junio de 2018, que me parece que estuvo fuera de tono y que no condice con el respeto que debe dárselos a los funcionarios diplomáticos.

¿Qué decía ese comunicado?
En referencia a mi caso, hablaba de la necesidad de los funcionarios diplomáticos de desarrollar sus tareas con “lealtad institucional y honestidad intelectual” y al servicio del gobierno y no de un partido político. Y cita el artículo 2 del estatuto del Servicio Exterior que está incambiado desde el año 1974. Pero está totalmente equivocada esa citación porque no hay ninguna norma que inhiba a un diplomático a hacer actividad política. Es más en ese momento yo no tenía funciones por decisión del ministro, porque retorné de mi último destino en los Países Bajos en abril de 2017 y esta actividad social en la casa de un excolega se realizó en diciembre de ese año. Y recién fui designado como director de Relaciones Institucionales en febrero de 2018. 

Pero uno podría decir que el canciller le perdió la confianza y que por eso adoptó esa medida.
Sí, puede ser. Eso no lo discuto. Pero el fundamento de por qué dejé de ser de confianza no lo comparto. Porque eso es darle una dimensión política a esa encuentro que no lo tuvo. Yo soy afín al Partido Nacional y estoy orgulloso de serlo, pero esa no era una reunión de blancos. La cancillería debería manejarse con la misma reserva que le pide a sus funcionarios y me parece que fue muy intempestiva esa declaración pública en la forma de un comunicado. Yo nunca lo había visto en mi carrera, ni siquiera en la época de la dura dictadura. 

Durante una visita del ministro al Parlamento, Lacalle Pou dijo que había una persecución política. ¿Cuál es su visión en ese sentido?
Cuando él lo dijo me pareció un poco exagerado, una reacción quizás espontánea de defensa. Pero transcurrido el tiempo comprendí que él se había dado cuenta enseguida de la situación. Por eso me parece una persona muy creíble e inspirada. Se dio cuenta al instante de lo que estaba pasando.

¿Usted cree que su caso es de persecución política dentro de la cancillería?
Hoy sí, creo que hay una persecución política.

¿Por qué?
Primero, porque no tengo funciones desde ese hecho. Y segundo porque hay otros colegas que hacen más –no solo participan de actividades y militan espontáneamente sino que desarrollan actividades políticas incluso cuando están cumpliendo funciones en el exterior– y que como son afines a la administración no son tratados de la misma forma que como fui tratado yo. 

¿Tiene ejemplos?
Ustedes han dado algunos ejemplos. Pero hay más. Uno muy gráfico de ese premio a la militancia se ve en un reciente reportaje al excanciller Luis Almagro en Gatopardo donde él recuerda su pasaje como funcionario diplomático después de su regreso a Alemania. Allí dice muy gráficamente que después de cumplir horario se iba a la sede de su partido político para “rosquear”, para hablar de política. Eso es una confesión de militancia que de alguna forma se ha alentado. 

¿Desde adentro de la cancillería dice?
Me parece que se han premiado esas actitudes afines a la administración.

¿Pero eso no pasó siempre en la cancillería?
No tanto. Pasó sí, hubo favoritismos. Hay dos tipos de diplomáticos: el que actúa políticamente y de esa manera ayuda a su carrera y aquellos que intentan actuar lo más profesionalmente posible. A mí lo que me duele es haber sido acusado de hacer política cuando yo me encuentro en esa segunda categoría. Siempre insistí que era necesario tender a una profesionalización absoluta de la cancillería por el bien de la República. Cuantos más servidores públicos seamos, mejor va a ser para el país. Pero da la impresión que en esta coyuntura el estatuto no se cumple. 

¿Está hablando de estos años de gobierno del FA?
Sí, exactamente. 

¿En qué aspectos no se cumple?
En el sentido que se penaliza a un funcionario que nunca hizo política por haber participado en una reunión privada. Y se alienta la militancia en casos donde hay realmente una demostración de adhesión pública a la administración. Se premia con prórrogas (en destinos), se premia con ascensos, se premia con destinos. 

¿Luego del acto en kibón  le comunicaron que le iban a iniciar un sumario?
Hubo una insinuación pero no se concretó. No quiero hablar porque fue una conversación privada con el ministro. 

¿Encuentra alguna relación entre el desenlace de su situación y su recomendación de no abrir una segunda embajada ante los Países Bajos, tal como se propuso hacer la administración en algún momento?
Me cuesta hablar de eso. Pienso que hay alguna relación. No lo puedo probar. Pero hay hechos objetivos: cuando yo vuelvo en abril de 2017 no se me asigna ningún tipo de función hasta el año siguiente, en un cargo que me parece que no se correspondía con la experiencia acumulada. Creo que hubo un congelamiento de mi situación y hubo una reacción negativa de los directamente involucrados. Pero lo objetivo es que técnicamente no había ninguna razón para abrir una embajada en La Haya. 

¿Qué destaca del programa de Lacalle Pou?
El programa vuelve a las raíces de lo que fue nuestra política exterior: respeto al derecho internacional, apego a la democracia, buen relacionamiento con los vecinos, despersonalizar las relaciones diplomáticas, y recuperar el prestigio de Uruguay en la región y en el mundo. Tratar de salir de cierto aislamiento en el que nos encontramos por haber abandonado la institucionalidad, no haber cuidado la buena imagen del Uruguay a mediano plazo y haber usado la política exterior para solucionar conflictos internos. A nivel internacional nos caracterizaba la previsibilidad y la capacidad de aportar soluciones. Debe volverse a ello. 

¿Cuántos años de servicio tiene en la cancillería?
Soy de la generación que dio el primer concurso. Ingresé en el ‘76.

¿Siempre tuvo un destino tanto dentro como fuera del país?
Sí, nunca tuve sobresaltos. Siempre tuve buenas calificaciones. Siempre intenté ascender por mis méritos y nunca acudí al poder político para ello.  

Vida diplomática
Álvaro Moerzinger recorrió el mundo de mano de la función diplomática. Su primer destino fue en Ginebra. Luego fue cónsul general en Hong Kong, jefe de misión en Tailandia, embajador ante la OEA, Canadá y los Países Bajos. En el Ministerio de Relaciones Exteriores, fue director de Política y del Instituto Artigas (la academia diplomática). 

En su último destino en los Países Bajos, además de su función como embajador  tuvo participación en organismos internacionales, entre ellos la OPAQ. ¿Qué tal le resultó esa experiencia?
Fue una excelente experiencia. La OPAQ es un organismo muy particular. Nace en el ‘95, en la Convención de Armas Químicas con un entendimiento de EEUU y Rusia de desmantelar su arsenal. Y todos entramos al club. Hay una conferencia anual y un consejo. Ese consejo tiene 41 miembros de los cuales hay permanentes y otros que ingresan por dos años y después salen. América Latina tiene tres permanentes: Argentina, Brasil y México. Negocié en La Haya el ingreso de Uruguay y me tocó asumir la presidencia del consejo por indicación de los colegas. Era la primera vez que se aceptaba que el consejo fuera presidido por un integrante no permanente en un momento en la que la OPAQ había sido Premio Nobel de la Paz y que ingresaba a Siria luego de un acuerdo entre EEUU y Rusia para evitar que el presidente Obama cruzara su autoimpuesta línea roja. Me tocó la responsabilidad de administrar el desmantelamiento del arsenal y las bases de producción de armas químicas, y además de cotejar  la veracidad de la declaración de Siria. Fue una de las mayores satisfacciones de mi carrera poder mediar entre Estados Unidos, Siria, Irán, Rusia y los demás miembros del consejo para que se pudieran sacar resoluciones. Luego de la experiencia en la OPAQ los colegas en La Haya me impulsaron para ocupar la vicepresidencia de la Asamblea General de la Corte Penal Internacional, que fue otra experiencia muy interesante. 

Candidato inédito
Moerzinger fue el primer diplomático extranjero en ser candidato a la Corte Permanente de Arbitraje, el organismo internacional más antiguo que existe. “El secretario general siempre ha sido holandés, entonces los colegas en La Haya me impulsaron a dar la disputa electoral que no llegamos a ganar, a pesar de haber obtenido 41 votos”, contó. 

¿Cuánto tiempo de servicio le queda?
Tres meses. Tenía la intención de terminar mi carrera compartiendo experiencias y conocimiento con las nuevas generaciones. Lo que más me duele es que se me privó de eso. Pero son las reglas de juego que no se pueden cambiar. 

Los diplomáticos y la política

En un trabajo titulado “La libertad de expresión del pensamiento de los funcionarios del Servicio Exterior” el profesor Jorge Silva Cencio concluyó que la Constitución de la República no establece “ninguna disposición especial con relación a la actividad política de estos funcionarios (diplomáticos), como en cambio existen para otros funcionarios sometidos a un estatuto especial dentro de la administración central (militares y policiales), para quienes se imponen severas prohibiciones”. “El diplomático fuera del ejercicio de sus funciones puede actuar libremente en actividades sociales o en materia políticas y expresar su opinión sobre todos los temas que considere conveniente abordar. Como aplicación del principio general, cabe admitir que los funcionarios del Servicio Exterior a título personal pueden adherir a los partidos políticos y participar de su vida activa, en todos los niveles, integrando cualquiera de sus órganos. Pueden participar en los actos públicos de las organizaciones sociales y políticas, suscribir sus programas y manifiestos y colaborar en tareas organizativas. Pueden integrar las listas de candidatos a ocupar cargos electivos de carácter nacional o local y participar en las campañas electorales correspondientes", se dice en el texto. Sin embargo se aclara que aquellos funcionarios diplomáticos que prestan tareas en la República “no pueden desarrollar ninguna actividad política durante el ejercicio de sus funciones, en los lugares y horas de trabajo”. Esta situación difiere de quien ejerce la función en el exterior: en esos casos la concepción de “ejercicio de la función” supera “ampliamente al mero trabajo en la sede de la misión y a un horario de trabajo predeterminado”.

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