Desde el llamado “Match del siglo”, Fischer contra Spassky en 1972, que el mundo del ajedrez no reflejaba tanto lo que pasa en el mundo real, el de la política de las grandes potencias.
Aquello había sido un gran símil de la Guerra Fría entonces en curso, cuando el estadounidense Bobby Fischer se impuso al ruso Boris Spassky, y a toda la maquinaria del ajedrez soviético, en el célebre duelo de Helsinki. Era el triunfo del individualismo y la libertad sobre el colectivismo socialista. Y el ajedrez estallaba en el mayor boom de su historia: se jugaba en las calles, en los parques, en las plazas...
Hoy, en este segundo auge que vive el juego-ciencia (a un tiempo “arte, deporte y ciencia”, como lo definió alguna vez Anatoly Karpov), por primera vez en la historia, se corona campeón del mundo un chino, Ding Liren, tras derrotar en el desempate rápido al ruso Ian Nepomniachtchi.
Batalla de las mentes, lucha de egos y la competencia más despiadada por el alma propia en la búsqueda de su misterio insondable, el ajedrez siempre ha sido considerado la guerra del intelecto por excelencia. En el acierto o en el error (y yo tiendo a creer que en el error), la única manera posible de medir una mente contra otra en la igualdad de condiciones que solo pueden otorgar las 32 piezas sobre 64 escaques de colores cambiados.
Y así, siempre ha sido el deseo de las grandes potencias ocupar un sitial importante en el ajedrez de alta competición, idealmente ostentar el título mundial.
Rusia siempre ha sido una gran potencia, el país donde más se desarrolló el juego en el siglo XX, donde se estudió de manera científica con la Escuela Soviética y donde se perfeccionó el llamado ajedrez hipermoderno que sucedió al reinado del genio cubano José Raúl Capablanca –único campeón del mundo latinoamericano en la historia del ajedrez– y sus archirrivales Emmanuel Lasker, alemán; Frank Marshall, estadounidense; y el ruso disidente Alexander Alekhine.
Como en un juego de espejos con la realidad geopolítica y la economía global, en los últimos 20 años, China ha crecido a pasos agigantados en el mundo del ajedrez: ha tenido varias campeonas del mundo en ajedrez femenino, ha ganado más de una olimpíada, ha logrado colocar a numerosos grandes maestros en la élite de la competencia, y ahora conquista el título del mundo con Ding.
Las metáforas con la geopolítica siempre han sido un tópico recurrente entre los expertos: Zbigniew Brzezinski tituló su obra capital The Grand Chessboard (literalmente, el gran tablero de ajedrez), e innumerables títulos y tapas de libros, revistas y portales dedicados a la política internacional han aludido una y otra vez al ajedrez como símbolo de alta estrategia y juegos de gran poder. Yo mismo lo hago bastante a menudo en este espacio.
La actual rivalidad global entre China y Estados Unidos puntualmente no se dio en este mundial de ajedrez; aunque podría perfectamente haberse dado, después de que el noruego Magnus Carlsen (acaso el más grande de todos los tiempos) renunciara al título el año pasado y este debió entonces disputarse entre los dos primeros clasificados del Torneo de Candidatos.
Es cierto que sería engañoso decir que es de ese modo maniqueo (Oriente vs. Occidente) que se ven las cosas en el mundo del ajedrez, donde los aficionados se guían más bien por el talento, la personalidad y, sobre todo, por el estilo y el temple de cada jugador. Pero exactamente lo mismo sucedía en 1972 y, para el gran público, el match Fischer-Spassky se volvió una representación viviente y a escala planetaria de la Guerra Fría.
Por lo demás, es muy posible que el próximo rival de Ding sea el varias veces aspirante al título Fabiano Caruana, ítalo-americano de Miami que ha de ser junto con Carlsen y Ding uno de los ajedrecistas más brillantes que ha dado el juego en toda su historia. De modo que puede ser que veamos en 2025, en lo más álgido de esta Guerra Fría II entre EEUU y China, un match por el codiciado título mundial de ajedrez que enfrente a un chino y un estadounidense.
En los setenta, sirvió para alargar la Guerra Fría, darle un aire, descomprimir un poco las tensiones y pensar que las rivalidades se pueden resolver de otra forma que a bombazos y misilazos.
Pero no es menos cierto que el triunfo de Ding fue también una muestra de lo que el tan mentado “East meets West” puede lograr, el verdadero potencial de ese encuentro entre Oriente y Occidente, ya que el “segundo” del gran maestro chino (su analista de cabecera y sparring) durante el mundial fue el húngaro Richard Rapport, uno de los jugadores más creativos de la élite ajedrecística.
La colaboración con el magiar –que hoy juega bajo bandera rumana– despertó al Ding artista del tablero, el jugador dinámico y táctico deslumbrantemente que todos conocemos y al que la afición más admira desde que era un niño prodigio. Con ello, lograron abrir un pequeño boquete en el muro de la impresionante preparación científica que traía el ruso Nepo, tal vez tan creativo y dinámico como el chino, aunque menos preciso, pero en esta instancia mucho mejor preparado.
Algunas jugadas de este match por el título, como en la belleza de la sexta partida, con unos temas de mate que Ding tejió, fueron de un arte superior, excelso, no visto en un mundial de ajedrez desde la Partida 6 de Fischer en el 72, o desde la 20 del match de 1990 entre Garry Kasparov y Karpov. Y luego, la última partida del desempate, la que le dio el título al chino: una mezcla de temple, arrojo y precisión, “autoclavando” su torre contra el rey en g6 (esto es, inmovilizando una de las piezas más importantes en su arsenal) para negarle al ruso el empate por triple repetición, ganarle el duelo psicológico y luego rematarlo con maestría. Todo ejecutado con nervios de acero y segundos en el reloj.
Estas genialidades tan inspiradoras difícilmente puedan verse alguna vez reflejadas en el tablero de la geopolítica. Pero esta también tiene su arte.
El nuevo orden mundial que Xi Jinping aspira a construir, Ding lo empieza a lograr en el otro tablero, el de las 64 casillas. Habrá que ver si, como en el 72, el resultado es un espejo de lo que suceda luego en la pugna de las potencias. Y más importante aun, si como entonces, un match por el título mundial sirve para dirimir algo por fuera de la guerra real. ¡Ojalá!