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Entre la guerra, el campo y los hijos

Cada vez son menos, pero sus negocios agrícolas familiares se mantienen bajo el ala de sus hijos

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30 de julio de 2018 a las 13:30

Candido Garrone llegó a Uruguay con 17 años. Nacido en 1938, sus manos ásperas y de piel curtida hablan de una época, pero también de una forma, de un modo de vida. Hay cierta armonía estética, de dos tiempos al menos, que revela el hogar de un productor rural extranjero con muebles de maderas firmes y de valores panegíricos, que fundamentan la percepción de que algo, una cultura, que no necesariamente mejor, pero quizás algo más sólida, precedió.

Con sus casi 80 años que parecen 20 menos, Candido invoca con verborragia tana su pasado europeo, sus recuerdos de la guerra, sus valores nostálgicos y recalca, una y otra vez, que la materia prima es la familia.

En un momento histórico en que Uruguay volvió a ser un país receptor de inmigrantes –llegaron más de 30 mil en los últimos tres años, siendo la mayoría latinoamericanos–, Candido, como tantos otros, pertenece a un movimiento inmigratorio que llegó al país entre el comienzo de la Segunda Guerra Mundial y la pos guerra hasta 1960.

Una generación que, sin embargo, en el caso de él y de otros inmigrantes como Muzio Guidice, Angelo Mazzariello o Thomas Cáchele, pertenecen a una estirpe del medio rural que tiende a desaparecer para dejar como herencia a hijos nacidos en Uruguay.

"Yo viví una guerra. Vi caer bombas y tuve granadas en mi mano. Claro, no podía entender con siete años la gravedad del momento porque nací en ella. Yo era un niño cuando terminó la guerra, pero me acuerdo de todo. Los aviones bombardeando, los alemanes que andaban con los tanques y sus cascos de hierro en la cabeza, los muertos, la miseria, de todo. No había nada de comer porque no se podía producir", recuerda el italiano, que desde los 14 años trabajó en el campo.


Candido llegó a Rincón del Colorado en Canelones (ruta 48 kilometro 8) para labrar en 1956, cuando la mayoría de los vecinos de la zona eran italianos, españoles o portugueses. Al menos, recuerda con nostalgia, eran 15 las familias de inmigrantes en la zona. En el presente, Candido es el único nacido en otro país de los alrededores, aunque la mayoría de sus vecinos tienen descendencia de primera o segunda generación.

Con acento del sur de Italia –que aún conserva más de seis décadas después de haber partido de su tierra natal–, basta un llamado a su celular desde el otro lado del océano para transformar su español en un más intenso italiano. Candido trabajó durante nueve años como medianero hasta que pudo comprar sus primeras tres hectáreas. Después, gracias a una herencia de su abuelo en Italia, pudo adquirir nueve más. La manera de trabajar era muy distinta a la de ahora, cuenta, "todo se hacía más a pulmón" y preponderaban las horas hombre por sobre la gestión o las cuestiones más técnicas.

Dice además que todo el problema a nivel mundial es la familia, "que está bastante en crisis" y su tranquilidad reside en que uno de sus seis hijos (Danilo) continuará con su legado: ser productor familiar de duraznos, manzanas, citrus y viña, entre otras.


Por su parte, Muzio Guidice salió detrás de su hermano mayor en 1958 desde Salerno con tan solo 11 años, después de haber perdido a su padre y a una de sus hermanas.

Al llegar al interior de Uruguay empezaron esquilando, para posteriormente también adquirir un pedazo de tierra endeudándose "como podían". Plantaron de a poco, y con el tiempo Muzio se dedicó al sector frutícola mientras que su hermano se enfocó en el criadero de cerdos, sin tampoco relegar la fruticultura, que era un rubro que los inmigrantes italianos de esa época en general dominaban.

Al igual que en el caso de su compatriota, el negocio familiar de la familia Guidice es ahora llevado adelante por su hijo: Vicente. En contrapartida, mientras Muzio apenas pudo terminar primaria, Vicente es ingeniero de sistemas por "descarte".

Para Vicente, las diferencias generacionales se dan en el carácter y en las concepciones del trabajo: "Cualquier discusión se da a los gritos, es muy novela italiana. Son muy temperamentales y efusivos. Me rechina bastante, pero lo asocio principalmente a sus orígenes porque mi padre no es el único caso. Mientras mi padre concibe al trabajo como esa cultura arraigada de levantarse temprano y meter horas hombres, en mi caso prefiero la gestión. Analizar números y tomar decisiones en base a información y datos".

En tanto, Muzio es algo más enfático en su visión del trabajo. "La gente no quiere trabajar. Antes era más sencillo. Se trabajaba y no se complicaba. Ahora hay mucha gente que no sirve para nada, perniciosa, te trabaja un día o dos y te mete cada lío que no te puedes imaginar. Están muy mal enseñados y muy amparados", apunta.

En la actualidad, Vicente además amplió el negocio familiar con una inversión de US$ 250 mil junto a un socio hijo de alemanes, en un emprendimiento en el que producen 500 litros por semana de jugo puro a base de manzana. Lo define como "otro kiosko" para el alto porcentaje de fruta de descarte que a veces no tiene donde localizar.

La estructura agraria canaria

Tanto Muzio como Candido viven en un departamento como Canelones, que tiene una estructura agraria diferente al resto del país, en donde el promedio de explotación agropecuaria es de 40 hectáreas frente a uno nacional de 400.

Según un estudio de la Agencia de Desarrollo Rural en la Intendencia Municipal de Canelones (IMC), de los 520 mil habitantes que tiene el departamento canario, unas 50 mil personas vive en la zona rural. Esto representa a su vez el 27% de la población rural y el 25% de los productores familiares de todo el país.

"Las cosas han cambiado mucho. El modo de vida no tiene nada que ver. El desarrollo rural llegó, pero también acá vivía un mundo de gente que ya no vive. No solo los medianeros, sino familias. Venían de todos lados del país a hacer la zafra de la caña, de la fruta, de la cosecha de la vendimia. Ahora en la zona productores realmente quedan pocos", asegura Candido, que aunque en principio su meta era viajar a Estados Unidos donde tenía parientes, finalmente decidió quedarse en Uruguay porque "le gustó y todo era totalmente distinto a Italia".

La Agencia de Desarrollo Rural de la Intendencia Municipal de Canelones que fue creada en 2015, se planteó una mirada integral del desarrollo rural incorporando la dimensión productiva, pero también enfocada en lo económico, social, cultural y ambiental. Desde esa perspectiva política y a partir de las particularidades que presenta Canelones, se buscan desarrollar dos grandes programas: Canelones la Soberanía y Derechos y Ciudadanía del Campo Canario.

La preocupación tradicionalista de muchos de los productores de la zona es la misma que tiene el director general de Desarrollo Rural de Canelones, Matías Carámbula, y radica en que los hijos puedan continuar con el negocio familiar para que los productores pequeños no desaparezcan de escena.


Aunque el tema preocupa a las autoridades en general, sigue habiendo casos también como el de Angelo Mazzariello, que llegó en 1955 desde la provincia de Avellino de la Campania de Italia. Hoy que Angelo alcanzó una edad avanzada, las diez hectáreas en la zona de Melilla utilizadas para la producción de manzanas y peras se convirtieron en el negocio familiar, que manejan su esposa, su hija y su hijo.

Padres alemanes antinazis

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Thomas Cáchele entre berenjenas y chauchas con manejo de hidropónica
Thomas Cáchele entre berenjenas y chauchas con manejo de hidropónica

Sobre la ruta 1 en Punta de Valdez pasando Libertad (San José), vive Thomas Cáchele (80), de padres alemanes que llegó a Uruguay cuando tenía solo 14 años. Aunque Cáchele nació en Brasil, sus padres escaparon de Alemania previo a la guerra en 1938 porque "la veían venir".

"Fue por temas políticos. Aunque no eran judíos eran definitivamente antinazis. Era emigrar o perecer", explica. Fue así, que detrás de la carrera profesional de su madre que se desempeñaba como secretaria ejecutiva de una multinacional, en 1953 recaló en Punta del Este.

La vida de Cáchele se dividió entre la imponencia de San Pablo, el cosmopolita balneario y el bucólico estilo de vida que eligió cuando su madre en 1957 partió rumbo a Roma con su hermano.

El norteño de raíces germanas estudió agronomía en la Universidad de la República –hasta 1986 fue grado 5 en Nutrición Animal– y trabajó durante diez años en investigación agrícola en La Estanzuela (estación experimental del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria –INIA–).

Durante muchos años Cáchele se dedicó principalmente a la apicultura: colmenas, producción de miel y polinización de manzanos. Hoy con 80 años, hace dos que comenzó con un proyecto de hidroponia (método de cultivo industrial de plantas que en lugar de tierra utiliza únicamente soluciones acuosas con nutrientes químicos disueltos, o con sustratos estériles) porque "uno no puede estar parado".

"Me quedé en Uruguay por una cuestión de calidad de vida. Después decidí irme a vivir al campo, porque toda la vida quise vivir en el campo y me gusta lo que hago. De acá con 80 años no me mueve nadie", dice. Cáchele tiene una hija y un hijo uruguayos, pero "ningún heredero para el campo".

El fenómeno de los cubanos en El Poyote

Poyote 3
Una nueva ola migratoria más reciente fue la de la llegada de cientos de cubanos a la localidades de Santa Rosa y San Bautista, hace dos años. En esa zona se encuentra la avícola El Poyote, que tiene un universo de alrededor de 400 trabajadores y desde que se comenzó a dar el fenómeno son más de 50 los isleños que trabajan allí. Según comentó el propietario de la empresa, Fredy Balbi, la mayoría de los que llegan cuentan con una licenciatura y usan la oportunidad como primer empleo hasta encontrar algo relacionado a su oficio. Balbi destacó que aunque no llegan con una costumbre arraigada de trabajar, a diferencia de lo que ocurre con los uruguayos muestran una gran disposición a hacer horas extras, incluso pidiendo "changas extras" que puedan surgir los domingos.


3.768

inmigrantes trabajan en el sector de la producción agropecuaria según un reciente informe de Representación de la Trabajadores en el Directorio del Banco de Previsión Social (BPS).

18%

de los extranjeros en Uruguay eran italianos según el censo realizado en el país en 1963. Al día de hoy, hay 120 mil italianos registrados en el consulado, la mayoría descendientes.

10%

de la población de Canelones es rural. El departamento es el principal productor de alimentos para el consumo uruguayo: horticultura, fruticultura, vitivinicultura, citricultura, cerdos, aves, conejos, carne.

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