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19 de septiembre de 2011 22:27 hs

El limón de Venancio Ramos, la tierrita de Sacía, la mano de Dios. El fútbol y el deporte todo tienen un enorme repertorio de hechos donde la épica de la hazaña se escribe con fórmulas éticamente reprochables. El triunfo del boxeador Floyd Mayweather el sábado ante Víctor Ortiz, reanimó así la tensa pulsión existente entre el fair play (juego limpio) y los medios utilizados para ganar.

Para el que todavía no la vio, la pelea del sábado fue histórica. Mayweather recibió un cabezazo de su contrincante. El juez detuvo la pelea y lo sancionó con la quita de un punto. Reanudó el combate. Ortiz ofreció sus disculpas al rival y antes de levantar la guardia para volver a boxear, Floyd lo tumbó con dos golpes al rostro. ¿Es Mayweather el vivo que tomó la ventaja que le otorgó el oponente? ¿O es un boxeador sucio capaz de todo con tal de llevarse la victoria?

Roberto Machado, uruguayo, entrenador de boxeo, dijo a El Observador: “Ortiz abusó de confianza al intentar remendar la falta cometida. Se distrajo abrazando al rival y Mayweather actuó amparado por el reglamento porque cuando golpeó a su rival estaba habilitado para hacerlo”. Machado agregó: “Tengo boxeadores que han perdido o ganado en el choque de guantes (después de la campana inicial el árbitro dice “box” y desde entonces se permite golpear). Ahí ya no es tiempo de ser cortés”. De todas formas, mientras era entrevistado en el ring por Larry Merchant (HBO), el público abucheó a Mayweather. Veredicto inequívoco de que el espectador prefiere un triunfo justo a ese en el que el deportista se transforma en depredador de la ventaja ajena.

La viveza criolla
¿Pero cuántas victorias festejó el fútbol uruguayo forzando el reglamento? En la Libertadores de 1965, el delantero de Peñarol José Sacía le tiró tierra a la cara al arquero de Santos, Gilmar, y el aurinegro anotó uno de los goles de la serie semifinal en la que Peñarol eliminó al equipo de Pelé.

En las Eliminatorias para México 1986, en el Centenario, se produjo otro hecho insólito. Chile tenía un formidable pateador: Jorge Aravena. Uruguay ganaba 2-1 pero si los trasandinos empataban se clasificaban a México. Tiro libre cerca del área. Patea Aravena y un escalofrío se pasea por todo el Centenario. Entonces, Venancio Ramos agarra un limón y en el momento en el que el 10 chileno iba a impactar la pelota le lanza el limonazo de la clasificación. No pasó nada con el tiro libre. Venancio se convirtió en ídolo nacional.



¿Qué es el Fair Play?
El primer mandamiento del Fair Play, según la FIFA, se denomina “juega limpio” donde dice que “la victoria pierde su valor si no se conquista de forma honesta y justa. Engañar es fácil, pero no aporta nada. Para jugar limpio se necesita coraje y carácter. El juego limpio tiene su recompensa, incluso si se pierde el partido. Quien juega lealmente gana el respeto de los demás, quien engaña, solo el desprecio”.



Renace el Fair Play
Todo cambió en ese 1986. En los cuartos de final del Mundial de México, Diego Maradona –el hijo bastardo de la FIFA– anotó un gol con la mano. Justo a los ingleses. Desde entonces, la FIFA acuñó el mágico concepto de Fair Play rescatando las olvidadas enseñanzas del barón de Pierre de Coubertin, fundador de los Juegos Olímpicos de la modernidad en 1896.

Con esta nueva prédica de valores, el principio maquiavélico de que el fin justifica los medios cedió espacio en cada competencia deportiva. Así comenzaron a verse gestos memorables como errar un penal mal cobrado en el fútbol o no atacar cuando se producen accidentes en una carrera de ciclismo. Pero para Mayweather impera la máxima estadounidense de “ganar no es todo, es lo único”. El símil de nuestra viveza criolla.

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