Me hubiese gustado que alguien, cualquier miembro de mi familia que estuviera a mi alrededor en ese momento, captara mi reacción la primera vez que estuve frente al fuego. Evidentemente no tengo idea de cuándo puede haber sido, pero sí sé que desde hace muchos años este me fascina a niveles que todavía no termino de entender. Hay una brutalidad primitiva en las llamas, algo atávico e inasible, que me hace perderme en las formas que se generan en una estufa, en una parrilla, en el encendedor. Supongo que la sensación es compartida, y no hablo de piromanía ni nada parecido. El fuego está metido en la configuración genética de las sociedades, es lo que nos permitió evolucionar, lo que nos civilizó y lo que, además, nos conecta directamente con el pasado. Es un vínculo poderosísimo que no se apaga nunca.
“Prometeo bajó a zancadas el Olimpo, con el bulbo de hinojo entre los dientes, el tuétano ardiendo lentamente. Cada cinco minutos se lo sacaba de la boca y lo soplaba suavemente, cuidando el fulgor. Cuando por fin estuvo a salvo en el suelo del valle, se dirigió hacia el asentamiento humano donde su hermano y él habían puesto su casa.
Cuando les mostró a los hombres aquel demonio saltarín y célere danzarín, de primeras chillaron atemorizados y recularon ante las llamas. Pero la curiosidad pronto superó al miedo y comenzaron a solazarse con aquel nuevo juguete mágico, aquella sustancia, fenómeno. Supieron por Prometeo que el fuego no era su enemigo sino un poderoso aliado que, convenientemente domesticado, tenía diez mil millares de usos.
Prometeo pasó de una aldea a otra enseñándoles técnicas para fabricar herramientas y armas, cocer cacerolas de arcilla, cocinar carne y hornear masas de cereales, lo que enseguida desencadenó una avalancha de ventajas que supuso la prevalencia del hombre sobre la presa animal, que no podía reaccionar a las lanzas y flechas de punta metálica.
No tardó mucho Zeus en bajar la mirada desde el Olimpo y ver puntos de titilante luz naranja salpicando el paisaje a su alrededor. Al instante supo lo que había sucedido. Tampoco hizo falta que le dijesen quién era el responsable. Su ira fue arrebatada y terrible. Jamás se había presenciado una furia tan extrema, tan tumultuosa, tan apocalíptica. Ni siquiera Urano, en su mutilada agonía, había experimentado una rabia tan vengativa. Urano fue vencido por un hijo que le resultaba indiferente, pero Zeus había sido traicionado por el amigo al que más amaba. Ninguna traición podía ser más terrible.”
Prometeo llevando el fuego a los hombres Páginas de fuego
Las cosas que perdimos en el fuego, Los incendiarios, Cómo provocar un incendio y por qué Seré insistente: otra vez voy a recomendar a Mariana Enriquez. En este caso la inclusión de la argentina resulta obvia pero necesaria. ¿Por qué? Porque uno de sus libros más famosos se titula Las cosas que perdimos en el fuego, nombre que además comparte con el último cuento del tomo y que será adaptado al cine por la directora inglesa Prano Bailey-Bond y el guionista también inglés, pero radicado en Uruguay, Anthony Fletcher. Ambos estrenaron en 2021 una película de terror que se puede encontrar “por ahí”, que se llama Censor y que me resultó bastante interesante, así que confío en el proyecto.
El cuento que le da nombre al libro es ideal para comenzar este repaso, y propone una suerte de justicia cruda y encendida contra la violencia de género. En Las cosas que perdimos en el fuego, varias decenas de mujeres toman una decisión radical cuando los femicidios —femicidios que, además, siempre involucran al fuego— escalan a las nubes: empezar a prenderse fuego a sí mismas como forma de protesta, como manera de exponer el dolor de la situación mediante las cicatrices en sus cuerpos. El relato es muy breve, pero es un ejemplo claro de la capacidad de Enriquez para crear imágenes estremecedoras que difícilmente se borren de la cabeza en los días siguientes a su lectura. Hay, además, una especie de espíritu de folk horror rioplatense que, al menos a mí, me seduce.
Otra historia que vincula fuego y portadores que toman la herramienta como vehículo de protesta, por llamarlo de alguna manera, es Los incendiarios, de la irlandesa Jan Carson. Con los restos del conflicto de Irlanda del Norte como fondo y contexto, esta novela vincula a varios personajes que quedan inmersos en una suerte de apocalipsis ígneo que toma las calles de Belfast y que amenaza con hacer revivir los peores años de los Troubles. Pero además, hay lugar para la fantasía, porque en medio de los incendios provocados por un grupo de terroristas que no se sabe bien si están de un lado o del otro de la brecha, empiezan a aparecer los Niños Desdichados, un grupo de infantes que poseen ciertas cualidades fuera de lo común. Los incendiarios es, como dicen en España, una pasada. Hay comedia, hay tensión continua, hay una historia llena de giros rocambolescos y protagonistas insólitos. Hay una autora que narra de forma increíble y deja escenas como esta:
“Cuando se encienden las hogueras, las llamas alcanzan los treinta metros de altura. La ciudad entera queda envuelta en una densa humareda. El calor es un dios enfurecido. Las ventanas de los alrededores se comban. Las antenas parabólicas se inclinan como flores marchitas tras una semana en un jarrón. La gente no puede quedarse en sus casas por miedo a achicharrarse. Los niños gritan, con miedo y con un leve placer, y a veces la estructura entera se viene abajo. El fuego desciende por la calle como si un volcán hubiera entrado en erupción. Es algo glorioso de presenciar, desde los alrededores, con una cerveza fría en la mano. Siempre hay música alta. Si cierras los ojos, parece como si la Navidad hubiese llegado antes de tiempo.”
Otra novela que leí hace muy poco y que también se suma a esta lista de libros/incendios y que además también tiene un título increíble, es Cómo provocar un incendio y por qué, del estadounidense Jesse Ball. La novela se camufla como una suerte de El guardián entre el centeno de nuestra época y con una protagonista adolescente, Lucia Stanton, que bien podría ser el personaje de una de esas historias young adult. Sin embargo, Ball acierta en varios puntos y aleja su novela de ese tópico más trillado.
Para empezar, su tono desenfadado y burlón es brutal, y se desenrolla en una suerte de diario íntimo e insolente de una chica que no se banca a nadie y que tiene muchísimos problemas de autoestima, familiares y más. Por otro lado, la estructura del libro ayuda a que la lectura transcurra sin pausas –ni ganas de pausar–, ya que alterna una suerte de metaficción, con una narración más tradicional, con recortes del mencionado diario y hasta un manifiesto extenso que lleva por nombre el título del libro y que marca un punto de inflexión en la historia de Lucia. Cómo provocar un incendio y por qué es una tragedia escondida entre los pliegues de una comedia y que, además, quema todo lo que toca.
La biblioteca en llamas, Fahrenheit 451, Hiroshima En Epígrafe ya mencioné en algún momento a La biblioteca en llamas, de Susan Orlean, pero omitir ese título en esta enumeración es casi obsceno. Conocida por sus textos de no ficción, la escritora estadounidense se enfoca en acá en el gigantesco incendio que en 1986 consumió la biblioteca pública de Los Ángeles, pero también cuenta la historia del pirómano que lo causó, de los trabajadores de la institución y hasta de la historia de los libros que se han quemado a lo largo de los últimos siglos en las diferentes hogueras de la humanidad.
“En los años que pasó en el departamento, Hamel se enfrentó a miles de incendios, pero me dijo que nunca había experimentado algo tan excepcional como lo que ocurrió en la Biblioteca Central. Por lo general, el fuego es rojo y naranja y amarillo y negro. El fuego en el incendio de la biblioteca no tenía color. Podías mirar directamente y ver lo que ocurría al otro lado, como si se tratase de una pantalla de vidrio. Cuando una llama no tiene color, en realidad es de un azul pálido. Está tan caliente que parece hielo. Hamel me dijo que se sintió como si estuviese en el interior de la forja de un herrero.”
Hablando de fuegos y libros, y libros quemados, hay que al menos mencionar a Fahrenheit 451, la icónica novela de Ray Bradbury. Es probable que gran parte de ustedes, lectores de Epígrafe, la tengan bien presente o al menos la hayan escuchado mencionar. Es un clásico, y como buen clásico, está bien presente en el imaginario colectivo. Por si nadie escuchó jamás algo sobre ella, la novela propone una distopía donde los libros están prohibidos y los bomberos se encargan de quemarlos. Uno de ellos, Guy Montag, se revela y decide empezar a rescatarlos. Fahrenheit tiene una de las mejores aperturas de la historia, al nivel de Moby Dick, Los detectives salvajes y Cien años de soledad: “Era un placer quemar”.
Cómo pasa en la novela de Bradbury, y como pasa en La biblioteca en llamas y tantas otras historias, el fuego es destrucción. Y cuando se lo maneja sin control, puede ser la tierra arrasada, el brazo desplegado de la crueldad. O el símbolo más potente de la aniquilación. El fuego surcó y pautó buena parte de la Segunda Guerra Mundial, una de las mayores tragedias del siglo XX, y es con el fuego, o con una de sus manifestaciones, que ese conflicto terminó. En Hiroshima, un clásico de la crónica, John Hersey elabora el escalofriante relato de las horas posteriores a la explosión de la bomba atómica que arrasó esa ciudad en agosto de 1945. Las imágenes son duras, la destrucción es total y el fuego observa todo como testigo privilegiado del horror.
“El señor Tanimoto vio que todas las casas habían sido aplastadas y muchas estaban en llamas. Los árboles no tenían hojas y sus troncos estaban carbonizados. El señor Tanimoto trató en diversos puntos de penetrar las ruinas, pero las llamas se lo impidieron en todos los casos. Bajo muchas casas la gente pedía auxilio a los gritos, pero nadie ayudaba. (...) Cómo cristiano, se sintió lleno de compasión por los que estaban atrapados, y como japonés se sintió abrumado por la vergüenza de estar ileso, y rezaba mientras corría: ‘Dios los ayude y los salve del fuego’”.
Masa y poder se publicó en 1960 Me voy con otro pilar de la literatura del siglo XX, con el Premio Nobel de Literatura Elías Canetti. En 1960, este pensador búlgaro publicó el ensayo filosófico Masa y poder, un estudio paquidérmico sobre cómo se relacionaron estas dos fuerzas a lo largo de la historia, así como de los elementos que han moldeado su vínculo. El fuego, por supuesto, está presente en numerosos pasajes, ya sea para abordarlo como fuerza de poder, como vehículo para la destrucción o, incluso, como disparador de creencias, rituales y mitologías. Con una de las descripciones que Canetti hace del fuego, esta sección llega a su fin.
“La masa, que antes echaba a correr ante el fuego, ahora se siente atraída intensamente por él. Es conocido el mágico efecto que tienen los incendios sobre hombres de toda especie. Éstos no se conforman con fogones y estufas, que cada grupo establecido mantiene para su uso privado; quieren un fuego visible a gran distancia que puedan rodear, junto al que puedan estar todos reunidos. Una curiosa inversión del viejo temor de masa les ordena precipitarse en el teatro del incendio solo si es lo suficientemente grande, y allí sienten algo del esplendoroso calor que antes los unía. (...)
Pero la atracción que ejerce el fuego puede ir mucho más lejos todavía. Los hombres no se limitan a correr hacia él y rodearlo, persisten viejas costumbres en las que expresan su identificación con el fuego. Uno de los ejemplos más bellos es la célebre danza del fuego de los indios navajo.(...) Danzan en el fuego mismo, se convierten en fuego. Sus movimientos son los de llamas. Lo que sostienen en sus manos e inflaman ha de entenderse como si ellos mismos ardiesen. Al final dispersan las últimas chispas del rescoldo, hasta que se levanta el sol, que recibe el fuego de ellos, aquel sol que habían recibido cuando se ponía.”
Las lecturas de Lucía Campanella
En agosto, el espacio del Qué leen los que leen recibe a Lucía Campanella, que es doctora en Literatura general y comparada, que forma parte de la Udelar, del IPA y del Sistema Nacional de Investigadores, pero que además es una de las integrantes del querido Oír con los ojos, programa cultural que va todos los sábados por Radiomundo. Entre la academia y la radio, Campanella compartió sus lecturas, que se pueden leer a continuación:
Los libros de Lucía Campanella ¿Cuál fue el último libro que te dejó una huella?
Los nombres propios, de Hugo Fontana. Me gustó mucho por la seriedad con la que trata un tema de la historia intelectual reciente del Uruguay, en el marco de un relato policial, y porque vuelve sobre la figura de Emir Rodríguez Monegal y una serie de enfrentamientos históricos y políticos que siguen de alguna manera marcando el campo hoy.
¿Qué estás leyendo ahora?
Muy de a poco, porque no tengo mucho tiempo, Traduction et violence, de Tiphaine Samoyault, una estudiosa francesa que me parece siempre muy justa, inteligente. En este caso, se trata de revisar el cliché que dice que la traducción es un puente y un espacio de encuentro, y reubica la práctica en el marco del conflicto.
¿Qué libros esperan en tu mesa de luz?
Sembrando flores, una novela escrita por el anarquista Federico Urales a principios del siglo XX, como libro de texto para la escuela racionalista de Ferrer i Guardia. Solo los elefantes encuentran mandrágora, de Armonía Somers, es en parte una reescritura de este autor. Es un texto muy olvidado, o quizás olvidable, pero responde a una lógica que me interesa y es indispensable para leer a Somers.
No en la mesita, pero viajando hacia acá, espero La biblioteca perduta de Luigi Fabbri, de Massimo Ortalli, que recupera la historia de los libros que Fabbri tuvo que dejar en Italia cuando se exilió en Uruguay, escapando del régimen fascista. Guardar una biblioteca como esa fue un riesgo que tomaron sus compañeros en Italia, y que permitió que sobreviviera hasta el día de hoy. La historia de las bibliotecas es la historia de sus dueños, y me interesa esa forma de acercarse al pensamiento de alguien a través de sus libros.
Index Epigrafis: la lista completa
Libros en la hoguera Esta newsletter tiene ya 17 ediciones (!!!) y en todos estos meses las recomendaciones han sido muchas. La lista de libros que pasan por estas líneas se engrosa cada vez más y, por eso, decidí hacer algo para nuclear todos los títulos en un solo lugar.
Les presento, entonces, el Index Epigrafis, que básicamente es un documento de Google Drive que pueden guardarse y consultar todas las veces que quieran, y que se irá actualizando mes a mes. Allí están todos los libros que alguna vez se mencionaron en Epígrafe, al alcance de cualquiera con una cuenta de gmail. Para acceder a él no tienen que hacer nada más que entrar a este link.
Hace unos días terminé Llamadas telefónicas, el primer libro de cuentos de Roberto Bolaño. Me gustó muchísimo y me quiero despedir con su epígrafe.
"¿Quién puede comprender mi terror mejor que usted?"
Chéjov