12 de febrero de 2024 10:43 hs

Cuando empezaron a sonar las alarmas por la caída inminente de misiles, Clara Marman (64) estaba con el camisón puesto. Como mandata el ritual rioplatense, la noche anterior se había quedado tomando mate hasta tarde junto a su familia, en el jardín de su casa en Nir Ytzjak, a escasos tres kilómetros de la Franja de Gaza. Lo que le siguió aquel 7 de octubre de 2023, fecha del mayor ataque terrorista que recibió la población israelí en toda su historia, y, sobre todo, los siguientes 53 días secuestrada en un apartamento del Hamás le vuelven como una pesadilla que no acaba. Su hermano y su pareja seguían cautivos hasta este lunes, cuando fueron rescatados por el ejército israelí.

https://www.elobservador.com.uy/nota/el-ejercito-israeli-rescato-a-dos-argentinos-que-habian-sido-secuestrados-por-hamas-202421285046

¿Qué fue lo más difícil durante el secuestro?

Lo más grave es el haber perdido la libertad de decidir qué hacer cuando uno lo quiere hacer. La dificultad de ir al baño cuando se quiere, y siempre tener que pedir permiso. El comer cuando a otro se le antoja. Y todo en un estado de pérdida de noción del tiempo. Estuve en cautiverio junto al resto de mi familia, éramos cinco de los cuales solo tres (las mujeres) fuimos liberadas. Y nuestra manera de saber la hora era asociando los tiempos de los rezos que los musulmanes repiten cinco veces al día, siendo el primero de ellos al amanecer.

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¿No había ventanas?

Había, pero se abrían cuando ellos (los terroristas del Hamás) lo querían. Como es frecuente en la sociedad palestina, ellos viven en familias extendidas (jamulot). Y a nosotros nos llevaron al apartamento de una de esas familias a las que el propio Hamás echó para tenernos cautivos a nosotros. Porque después de que nos secuestraron en el kibutz del lado israelí, nos llevaron en una camioneta blanca hasta Gaza, a ese apartamento chiquito sin posibilidad de salir. El “dueño” de la casa nos custodiaba todo el tiempo, armado.

¿Fueron agredidos?

A diferencia de lo que les pasó a otros secuestrados, nosotros tuvimos mucha suerte. No tuvimos que estar cautivos en los túneles, no estuvimos atados ni fuimos violados o golpeados. Sí éramos objeto constante del terror psicológico.

¿De qué manera?

Cada vez que escuchábamos bombardeos de las Fuerzas de Defensa de Israel, nos decían que venían a matarnos a nosotros. Nos decían que el gobierno no estaba dispuesto a negociar y que nos matarían. El primer día estaban muy orgullosos de los ataques que perpetraron. Nos decían que habían secuestrado como a 100 sionistas. A los pocos días, festejando, nos gritaban que en realidad capturaron a 240. Nos decían todo eso con algunas palabras en hebreo y otras en árabe. Algo de árabe sabemos porque en el kibutz nuestro, distinto a lo que se piensa, trabajaban palestinos y árabes israelíes.

De ese kibutz, Nir Ytzjak, ustedes fueron la única familia secuestrada, ¿por qué?

Estimo que cada grupo de terroristas tenía sus propias metas. En algunos kibutzim incendiaron las casas con gente dentro, mataron a mansalva y secuestraron. En el nuestro creo que les servía llevarse dinero para sus acciones. Robaron mucho. Mucho.

¿Está dispuesta a volver a vivir en ese kibutz que fue atacado?

Aún no lo sé. Estoy vinculada a esa comunidad, es mi casa, mi familia. Pero necesito la sensación de seguridad para poder volver.

¿Esa “seguridad” significa aniquilar al Hamás como dice el gobierno de Israel?

No creo que el Hamás se pueda eliminar. Tiene que haber diálogo y alcanzarse una paz. Tenemos que darles la posibilidad a los dirigentes palestinos de que sean más autónomos y gobiernen democráticamente a su pueblo. La matanza solo puede llevar a que venga algo todavía peor. Yo era una pacifista antes de esta experiencia trágica y sigo siendo pacifista tras ella.

Clara protesta ante el Parlamento israelí.

Parte de la izquierda latinoamericana, incluyendo la uruguaya y argentina de la que usted fue parte, tilda de genocidio el ataque israelí. ¿Cómo lo toma usted que tiene todavía a su pareja y hermano en cautiverio?

Los extremos son malos siempre. Vengan de donde vengan. Vi el sufrimiento que pasan miles de palestinos allá, como también vivencié en carne propia el terror del Hamás. Padecí su lavado de cerebro. Y confirmé que hay extremistas de aquí y de allá.

Cuando usted fue a hablar al Parlamento israelí, la semana pasada, en Jerusalén hubo un festejo de extremistas de derecha celebrando la posible ocupación de Gaza tras la guerra. Incluso había ministros de Netanyahu. ¿Siente que le faltan el respeto a usted y su familia?

Eso fue terrible. No podía creer que había gente bailando y alentando el asentamiento nuevamente en la Franja de Gaza cuando todavía hay secuestrados que no regresaron a casa. Es muy doloroso que festejen el asentamiento en Gaza cuando mi pareja y hermano están aún secuestrados. Es tan terrible lo que están haciendo algunos palestinos como aquello que están haciendo algunos extremistas de nuestro lado. Duele.

Qatar dijo que está por alcanzar un acuerdo para un nuevo intercambio (secuestrados israelíes por centenares de prisioneros palestinos), ¿cuánto vale un secuestrado?

No tiene precio. Hay que darles todo lo que pidan. Ningún objetivo del gobierno puede estar antes que la liberación de todos y cada uno de los secuestrados. Netanyahu es responsable de que vuelvan los secuestrados.

El perro “impuro” que el Hamás dejó pasar

Una adolescente de 17 años se sube a la camioneta de la Cruz Roja que la devolverá a Israel tras su liberación. En sus brazos lleva una perrita blanca —que después sabremos que se llama Bella— que capta todos los flashes. ¿Una perra en el cautiverio del Hamás?
Para la mayoría del islam los perros son considerados “impuros”, porque son vistos como carroñeros. Por eso la familia de Clara Marman —y sobre todo su sobrina Mía que era la adolescente que llevaba el perro en brazos— no salía de su asombro cuando los terroristas del Hamás dejaron “pasar” a esa tierna compañía.
AFP La sobrina de Clara y su perra Bella.
En la mañana del 7 de octubre, durante los ataques terroristas del Hamás, la familia Marman se refugió en un cuarto de seguridad preparado para evitar los bombardeos de misiles o de gases químicos, pero no pensado para que un humano quisiera abrir la puerta.
Entonces el hermano de Clara, Fernando, hizo gala del espíritu argentino de solucionar las cosas con lo que hay a mano, quitó el palo del ropero donde se cuelgan las perchas, e inventó una tranca artesanal. No tuvo efecto.
Los terroristas empezaron a disparar desde afuera. La familia Marman se acurrucó contra una punta del cuarto de seguridad, una bala llegó a rozar el brazo de Fernando y, curiosamente, la perra Bella no ladró por su estado de shock.
“Estaba en silencio, como petrificada”, recuerda Clara.
Los atacantes ingresaron al cuarto de seguridad, sacaron uno a uno de los integrantes de la familia Marman y los condujeron a una camioneta para llevárselos a la Franja de Gaza.
“Es posible que no se hayan dado cuenta de que iba una perrita, como era algo peludo sin ruido puede que se hayan creído que era un juguete de mi sobrina, un peluche”, dice la tía sin salir de su asombro.
En el trayecto a la zona del cautiverio, uno de los terroristas se percató de que en realidad se trataba de un perro, de ese animal “impuro” para su religión. E intentaron quitarlo.
“Pero mi sobrina pegó un grito tremendo, ¡es mío!”. Y no se lo sacaron.
Convivió con Mía durante el mes y medio de secuestro. Ella la alimentaba. La acariciaba. Y se hacían mutua compañía.
En esta charla con El Observador, su tía recuerda que, durante aquellos días de encierro, la manera de matizar el miedo era contándose anécdotas. Mía las escuchaba atenta, con la perra Bella en su falda.

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