Hace dos años fue Tatyana –la obra inspirada en Eugenio Oneguin, del poeta ruso Aleksandr Pushkin–, que narra la historia de una mujer rechazada por el hombre al que ama tras declarársele. Esta semana la compañía de la artista brasileña Deborah Colker regresó por cuarta vez al país, para presentar otra historia de una mujer que desafía las convenciones sociales de su tiempo y redefine su lugar frente a los hombres. Se trata de Belle, inspirada en Belle de Jour, que retrata a una dama de la alta sociedad quien, ante la imposibilidad de satisfacer sus deseos masoquistas con su marido, comienza a trabajar en un prostíbulo durante las tardes.
La última creación de la compañía de danza contemporánea brasileña, que se presenta hasta hoy en el auditorio del Sodre, se basa en el libro del escritor franco-argentino Joseph Kessel de 1928 y en la cinta inmortalizada en 1967 por Luis Buñuel.
Esta actualidad se deja ver en la escenografía y dirección de arte de Gringo Cardia, de líneas modernas y minimalistas, con sillas, sillones y lámparas que se alargan cual mobiliarios fálicos durante el primer acto, en el que la protagonista, Séverine, ve su existencia burguesa inundada por sus fantasías.
El segundo acto, que transcurre en el burdel, deja paso a una estética de cabaret y baile del caño, pero muy lejana a la vulgaridad que suele estar asociada a esta práctica. El vestuario, a cargo del diseñador Samuel Cirnansck, remarca la atemporalidad, con indumentarias en colores pastel y zapatillas de punta en el primer acto, y una segunda parte plagada de botas de taco, cuero y ropa interior.
El primer acto, el mejor de los dos, retrata a Séverine, una joven rubia, junto a un grupo de mujeres que se mueven con un esquematismo propio de muñecas gigantes, y que ven acompañados sus movimientos bellos, pero cortos y automáticos, por una banda sonora que mezcla un sonido moderno y casi industrial con el propio de las cajitas musicales.
Todo cambia cuando llega un hombre inquietante con una máscara y una mujer de pelo moreno, envuelta en una tela fantasmal que luego deja ver su semidesnudez, convierte su baile en un desgarro de sexualidad difícil de olvidar para el espectador. La interpretación de la bailarina es francamente impresionante.
Así como Catherine Deneuve hizo confluir en el filme de Buñuel los dos costados de Sevérine, en la puesta de Colker la dualidad entre el deber ser y la pulsión sexual está encarnada por dos bailarinas muy diferentes.
Una de las escenas más destacables de la obra es sin duda la que está centrada en una gran tela blanca que atraviesa el escenario, que se siente como una especie de paredón permeable por donde se filtra el universo pulsional y errático del subconsciente, y que recuerda a las caras que intentaban atravesar la pared en The Wall, de Pink Floyd. Al otro lado está Sevérine, siendo atrapada por sus fantasías. La escena es de extrema belleza.
La segunda parte, transcurre en el burdel, mientras la frontera entre las dos Sevérine se va desdibujando. La banda sonora se tiñe de sonidos de cabaret e incluye el tema de Velvet Underground Venus in furs, que habla del sadomasoquismo.
Este acto pierde un poco la intensidad del primero y quizás le falte al final cierta contundecia. No obstante, es notable el trabajo general de los bailarines, que deleitan por su plasticidad y técnica, en coreografías cargadas de contacto y erotismo, y de una sexualidad que no se olvida de ser arte. Trayectoria
Deborah Colker ha dirigido numerosos espectáculos, entre ellos Velox, Dínamo, Cruel y Mix, por el que recibió un premio Lawrence Olivier en 2001. Por otro lado, en 2009 escribió, coreografió y dirigió el espectáculo Ovo del Cirque du Soleil, convirtiéndose en la primera mujer en dirigir un show de esta compañía.