2 de marzo de 2015 20:18 hs

Creo que nunca antes en un viaje que planifiqué tuve tantas recomendaciones para visitar una ciudad como las que recibí para ir a Estambul. “Tenés que ir”, “te va a encantar”, “es una hermosa ciudad”. El gobierno de Turquía bien podría delegar su promoción como lugar turístico al boca a boca de los uruguayos, porque los elogios llegaron a mis oídos por decenas. Una de las pocas ciudades en el mundo situada entre dos continentes, que conecta historia y visiones del mundo completamente diferentes: Occidente y Oriente.

El mediodía que llegué, Estambul no me recibió con su mejor cara. Un cielo gris, neblina, y en las afueras del aeropuerto aún quedaban rastros de una lluvia mañanera. Me habían advertido del frío. Llegaría a Estambul en diciembre, y en pleno invierno, pero para mi sorpresa resultó más agradable que Uruguay en julio.

Un ómnibus traslada a los viajeros desde el aeropuerto al centro “europeo” de la ciudad, hasta la plaza Taksim, una inmensa explanada de concreto desde donde antiguamente se distribuía el agua para toda la ciudad, y que hoy es utilizada para grandes eventos y paseos. El viaje –que puede llevar una hora y media o 20 minutos dependiendo el tráfico– hace que lentamente se vaya descubriendo, con solo mirar las decenas de minaretes de las mezquitas que sobresalen en la arquitectura de la ciudad, ese mundo musulmán que nos resulta tan ajeno a los ojos en este lado del mundo. Con la existencia de más de 2.500 mezquitas, el paisaje se vuelve ensordecedor cuando por altoparlantes instalados en las calles se llama a la oración, cinco veces al día, a distintas horas dependiendo de la estación del año. Un cántico en árabe al mediodía es pintoresco para el visitante; a las cinco de la mañana –y de improvisto– resulta desgarrador.

Turquía es uno de los países de mayor consumo de té en el mundo. De acuerdo a datos de la FAO en 2009, se consumen 7,5 kilos de té per cápita al año

Estambul es una ciudad para disfrutar con los cinco sentidos. Y qué mejor que degustar comida local cuando se está de viaje, así también se conoce un lugar. Un pequeño restaurante sobre la peatonal Istiklal, paseo obligado para el turista que llega a Estambul, con una bandeja de inmensos mejillones a la vista de los transeúntes despertó mi curiosidad. Mejillones abiertos, con una mezcla de arroz en su interior, se ofrecen en plena calle. Mydye dolma, así se llama este plato típico de la gastronomía turca que, por unas pocas liras, lo llevan a uno a tener a Estambul en la boca. Se comen en restaurantes, pero también hay pequeños puestitos en las calles donde los vendedores los ofrecen sobre una mesa de madera.

En la peatonal Istiklal se consiguen mejillones, como se consiguen remeras Mango. Y es que esta avenida principal de la ciudad, con sus dos kilómetros de extensión y un tranvía histórico de color rojo que la recorre desde la plaza Taksim hasta la Torre Gálata, concentra las firmas de ropa más extendidas a nivel mundial visitadas a diario por turcos y extranjeros que aprovechan los buenos precios. Pero también hay pastelerías que exhiben la repostería local en todo su esplendor, y puestos callejeros que ofrecen dátiles tostados; tiendas de jabones que desprenden concentradas fragancias y músicos callejeros –solitarios o en grupo– que regalan melodías a cambio de que el visitante colabore con alguna lira. Esta calle tiene vida, desde las nueve de la mañana hasta la medianoche, momento en que abandona su costado más comercial y se convierte en zona de bares y pubs.

Un puente que une

Si me pidieran que eligiese una foto, solo una de Estambul, esa sería la del puente Gálata, con sus pescadores, uno al lado del otro, de caras y manos curtidas por el frío y el sol. Hombres que tiran uno o dos anzuelos a diario para subsistir, vendiendo pescado en el estuario del Cuerno de Oro a los puestos de la zona. Intenté hablar al menos con media docena de ellos, con afán de averiguar cuántas horas pasaban entre cañas y carnadas, cuánto sacaban por día, qué hacían si el día no dejaba ganancia… Pero nada. No pude sacarles una palabra, porque ninguno de ellos sabía inglés. Con la decepción a cuestas, me limité a disfrutar el paisaje que regalan las aguas del Bósforo a todas horas del día, con los ferris cargados de turistas yendo y viniendo.

Al otro lado del puente Gálata –en la “ciudad vieja” de Estambul– me esperaba el Gran Bazar, antiguo centro económico del Imperio Otomano, hoy transformado en la principal área comercial de la ciudad y uno de los bazares más grandes del mundo. Otro de los puntos que me habían advertido como un must en mi itinerario de viaje. Ingresé por una de sus 22 puertas, y me perdí entre las artesanías, las alfombras, los grandes puestos de especias y dulces, y las tiendas con imitaciones chinas de carteras Louis Vuitton y Michael Kors. La palabra paciencia adquiere otro significado después que se pasan cuatro o cinco horas recorriendo el lugar, tratando de sortear a cada vendedor que se desvive para que el turista se lleve su mercadería. “¿Where are you from?”, repiten una y otra vez. Y al pronunciar Uruguay, la respuesta era: “Luganoooo, Musleraaaa” (los dos jugadores uruguayos estrellas en la liga turca). El regateo es aceptado en Estambul, y con tal de no perder la venta se le ofrece al turista que él ponga el precio a lo que se quiere llevar; y el visitante puede sentirse victorioso por unos instantes si consigue bajar algunas liras… pero, llega un punto, en el que esa minilucha resulta agotadora.

En tranvía a la Divina sabiduría

La basílica de Santa Sofía, la “Divina Sabiduría” o Ayasofya Müzesi como la llaman los turcos, era mi próxima parada. Y para una montevideana cansada de andar en ómnibus, no hay nada mejor que disfrutar un viaje en metro o tranvía: rápido, limpio y barato. El tramo que me llevaría a la catedral cristiana de la antigua Constantinopla lo hice en tranvía, a cambio de un jetón (una ficha de color rojo que expende una máquina instalada en cada estación, a cambio de cuatro liras). La basílica es el símbolo de Estambul y quizá por eso para visitarla es necesario ir con tiempo porque los turistas en su entrada se cuentan por centenas.

Esta obra arquitectónica que se construyó en el siglo VI para ser la catedral más grande del mundo, que se convirtió en mezquita por 500 años y que hoy es un museo declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, consigue deslumbrar a quien la visite con su inmensa cúpula, sus candelabros colgantes y mosaicos exquisitos. Recorriéndola entre los turistas y los flashes de las cámaras, algo llamó mi atención: una mujer de burka color negro, a la que solo se le veían unos grandes ojos negros, que caminaba pegada a un hombre bajito y regordete. El islam es la religión mayoritaria en Turquía, con casi el 99% de su población declarada musulmana, lo cual salta a la vista al ver a la gran mayoría de las mujeres en la calle con su cabellera tapada por un pañuelo, que enmarcan rostros maquillados y que van en consonancia con el resto de la vestimenta.

El trono de la belleza arquitectónica de la ciudad se lo pelea a Santa Sofía su rival de enfrente, la Mezquita Azul, construida en el siglo XVII. En la plaza que separa una de la otra, esperé a que terminara la hora del rezo. Mientras este se lleva a cabo, los turistas no pueden ingresar. Y ahí, sentada en un banco de concreto, observé la cantidad de litros de té que los turcos consumen al día. Un grupo de hombres jóvenes recorren sin parar los asientos de la plaza, ofreciendo la bebida más consumida en el país, que llega a las manos de quien lo pide en pequeños vasitos de vidrio.

La basílica de Santa Sofía, la “Divina sabiduría” o Ayasofya Müzesi es el símbolo de Estambul y quizá por eso para visitarla es necesario ir con tiempo porque los turistas en su entrada se cuentan por centenas

De la Mezquita Azul solo alcancé a ver el gran patio; la fila de tres cuadras para entrar y la espera de horas antes del ingreso me hicieron desistir de la idea de conocerla. Pero no quise perder la oportunidad de conocer una mezquita por dentro, así que opté por ir a la Mezquita Nueva. Sin zapatos, y con una pashmina en la cabeza, pisé la inmensa alfombra azul donde tienen lugar los rezos, y me encontré con algo que estaba buscando después de varias horas de recorrida… Silencio.

El Hamam de Çemberlitaş es el baño turco más conocido de Estambul. Se encuentra en el centro histórico de la ciudad, junto al Gran Bazar. Fue construido por Sinan en 1584 durante el mandato de la “Sultana” Nurbanu. En su interior, el visitante es invitado a transpirar sentado o acostado sobre una gran piedra de ombligo. Posteriormente, se puede contratar los servicios de masajistas para conseguir una relajación total

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