Milongas y Obsesiones > Milongas y Obsesiones / Miguel Arregui

Expectativas y emociones durante la transición a la democracia

Una historia del dinero en Uruguay (XL)

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11 de julio de 2018 a las 05:00

El ingeniero y economista Alejandro Végh Villegas, ideólogo de las reformas económicas liberales iniciadas en 1974, reasumió como ministro de Economía y Finanzas el 13 de diciembre de 1983. Végh convocó para presidir el Banco Central al contador Juan Carlos Protasi, hijo del pianista y director de orquesta del mismo nombre, quien asumió en febrero de 1984.

Era un equipo de emergencia, dispuesto a llevar el timón cuando el gobierno dictatorial se iba a pique: en el plano político, en la faz económica y en el favor popular.

Después de la crisis y crack de la "tablita" del dólar de noviembre de 1982, las cosas andaban decididamente mal: un reguero de quiebras, desempleo cercano al 15%, caída del producto de 21% entre 1982 y 1983, elevada morosidad, bancos en ruinas.

Muchos años después, en noviembre de 1999, Végh Villegas dijo al diario El Observador que dejó su puesto como embajador en Washington y regresó al Ministerio de Economía con el propósito explícito "de evitar la tentación de cambiar de rumbo económico en ese período".

En esa etapa la conducción económica presionó a los bancos Comercial, de Crédito, de Montevideo, UBUR, Real del Uruguay, de Italia y Río de la Plata y Pan de Azúcar para que mejoraran sus cuentas, que estaban maltrechas. También se liquidaron algunas casas bancarias.

El Banco Central tercerizó la cobranza del gran clavo de créditos problemáticos o incobrables que había adquirido en 1982 de los bancos privados a cambio de nuevos préstamos para aumentar reservas y defender una "tablita" ya condenada a muerte (ver el capítulo XXXIX de esta serie).

El vínculo entre emisión de dinero e inflación

La crisis de "la tablita" del dólar había sido provocada por el "atraso" cambiario y el enorme déficit fiscal. Después de eso el país, fuertemente endeudado y con sus finanzas en caos, casi no tenía crédito internacional y la brecha del presupuesto se llenaba con emisión.

Se inició una era de mercado cambiario libre: flotación del peso ante las demás monedas (básicamente "limpia", sin intervención del Banco Central), con alta inflación y una devaluación permanente.

El índice de inflación depende directamente de la cantidad de dinero emitido. "Si la base monetaria (la cantidad de dinero en la plaza) representa el 5% del PIB, el déficit también equivale al 5% del PIB, y todo el déficit se financia con dinero nuevo, la base monetaria se duplica; entonces la inflación será de alrededor de 100%", explicó para esta serie de artículos el contador Juan Carlos Protasi, quien durante muchos años ha asesorado a bancos centrales y ministerios de finanzas de países de América Latina, Europa y Asia.

Básicamente eso ocurrió en los años finales del régimen autoritario y en los inicios de la restauración democrática. El financiamiento con dinero nuevo del déficit en el presupuesto del Estado hizo que en 1984 los precios crecieron 66% y en 1985 otro 83%.

Pasa cierto tiempo entre que se arroja esa enorme masa monetaria a la plaza y los precios se aceleran. Pero en sociedades avisadas, con amplia experiencia inflacionaria, como eran las de Argentina o Uruguay, el plazo en que los precios tardaban en acomodarse a la cantidad de dinero era de sólo unos pocos meses.

Primer gobierno de Sanguinetti: expectativas y emociones

Mientras asumía la Presidencia de la República el 1º de marzo de 1985, en medio de alegrías y esperanzas generalizadas, Julio María Sanguinetti pensó más de una vez en el riesgo inminente de una grave crisis bancaria. "Ricardo Zerbino (nuevo ministro de Economía) y Ricardo Pascale (presidente del Banco Central) me habían informado que el sistema financiero crujía", contó en su libro La reconquista.

Ante la Asamblea General, en su discurso de asunción, Sanguinetti trazó un cuadro sombrío:

"Todos sabemos que América está atravesando la crisis más profunda de este siglo. Hasta hace un tiempo ello podía discutirse, pero hoy sabemos que la crisis del 29 no es comparable a ésta, que ésta es más profunda y que en la particularidad de nuestro país, además, es mucho más profunda aún. La República está atravesando por una situación dramática desde el punto de vista económico, y de ninguna manera se puede endulzar esa realidad. Sabemos que en los tres últimos años, este país ha perdido el 15% de su Producto; que el Estado central paga más por intereses que por sueldos; que si este país pagara hoy los compromisos de vencimiento de su deuda externa y los intereses que tiene que abonar en 1985, gastaría el 90% de lo que percibiría por sus exportaciones. Con el 10% restante no tendría siquiera la posibilidad de adquirir el petróleo que necesita para apenas empezar a andar, y por supuesto, estaría muy lejos la posibilidad de adquirir las materias primas que precisa para su sustento. Todo esto nos marca los límites y las carencias materiales que tenemos por delante. A su vez, nuestro país viene pagando el enorme precio de un ajuste, en los tres últimos años, que tiene tremendas consecuencias. Sabemos que ello tiene una consecuencia social, que se traduce en una reducción de salarios, que unos podrán estimar entre un 35% y un 38% y otros en un 50%, pero que, en todo caso, es una profunda herida en el ingreso nacional. Si sumamos a ello el fenómeno de la desocupación, tenemos que en los tres últimos años la masa global de salarios que paga el país se redujo en un 45%. ¡Cuántos límites, señores! ¡Cuántas acechanzas, entonces, para la democracia! ¡Cuántas carencias! Todo esto lo tendremos que enfrentar juntos".

El equipo económico quedó integrado por Ricardo Zerbino como ministro de Economía y Finanzas, Ariel Davrieux como director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP), Ricardo Pascale al frente del BCU y Federico Slinger en el Banco República.

"Entonces estaba saliéndose de una situación desastrosa, unida a enormes expectativas y grandes emociones", comentó Pascale –quien es contador, economista y artista plástico– en una conferencia realizada en la Universidad ORT el 5 de abril. "La economía, en parte, se supeditó a la necesidad de fortalecer el frágil y renaciente sistema democrático".

El clavo de los "bancos gestionados"

"El gobierno democrático que inició el 1º de marzo de 1985, enfrentó problemas prácticamente en todos los campos, pero los más importantes en el área económica eran el endeudamiento externo, el endeudamiento interno, el nivel de actividad y empleo y la situación el sistema financiero", sintetizaron Julio de Brun, Ariel Banda, Juan Andrés Moraes y Gabriel Oddone en su Historia institucional del Banco Central del Uruguay. "En buena medida son problemas interdependientes, razón por la cual la estrategia que siguió el equipo económico fue considerarlos todos a la vez".

Antes de iniciarse la gestión del nuevo gobierno, el Parlamento democrático, que asumió dos semanas antes, el 15 de febrero de 1985, ya había aprobado una ley de suspensión de ejecuciones, notoriamente inconstitucional, que afectaba a la banca.

Entre 1985 y 1987 el Banco Central intervino para evitar la quiebra de varias instituciones financieras, entre ellas el Banco Comercial (el más antiguo del país y el más grande del sector privado), Banco Pan de Azúcar, Banco La Caja Obrera y Banco de Italia. Se los rescató, en vez de dejarlos caer, como se hacía desde tiempos de Jorge Pacheco Areco, con lo que se ahorraron serios problemas de corto plazo pero se aseguraron otros, tal vez peores, en el largo plazo.

Todos esos bancos habían quedado mal parados desde la crisis de 1982, con muchos créditos ruinosos, o bien dependían de matrices en el exterior que estaban en apuros. El resto del sistema había sobrevivido gracias a haberle traspasado al Estado todas sus "carteras pesadas", un eufemismo para lo incobrable, a cambio de prestarle dinero.

La idea básica, aunque con variaciones, era ceder los bancos intervenidos al Banco de la República para que los saneara y luego los vendiera a bancos extranjeros de primera línea. Los procesos de saneamientos, capitalizaciones, desguaces, ventas y fusiones de bancos continuarían hasta iniciado el siglo XXI a un costo altísimo. Esa línea de acción demandó imaginación y trabajo, provocó escándalos y juicios y dio a luz algunos engendros que, en voz baja, eran llamados bancos Frankenstein, pues estaban formados por partes de diversos cadáveres.

La economía había comenzado a recuperarse ya a fines de 1984, después de tres años de profunda depresión, y sostuvo su empuje por tres años, antes de estancarse en 1988-1989, en parte debido a la catastrófica situación de Argentina y Brasil.

A pesar del endeudamiento de empresas y personas, de la agobiante deuda pública del Estado (US$ 3.919 millones que equivalían al 90% del PIB) y la alta inflación, el rebote de la economía después de tocar el fondo hizo que se recuperaron el empleo, el salario y las pasividades. Ello significó además una drástica reducción de la pobreza y la mortalidad infantil.

En 1986, al finalizar una crisis de más de tres años, se estimaba la pobreza alcanzaba al 38,3% de los hogares. En los años siguientes la pobreza se fue reduciendo, hasta un mínimo de 11,7% en 2001, antes de volver a crecer en forma aguda como consecuencia de una nueva crisis económica.

Próxima nota: la apertura argentina y el gobierno de Raúl Alfonsín
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