La muerte del líder ultraconservador Jörg Haider en un accidente de tráfico este sábado supone la pérdida del dirigente más astuto y camaleónico de la posguerra en Austria y deja una incógnita en el espectro político del país.
En las elecciones generales del 28 de septiembre Haider casi triplicó los votos hasta el 11 por ciento con su tono conciliador y porte de hombre de Estado, que contrastó con los otrora ruidoso y radicales mensajes xenófobos y coqueteos con el nacionalsocialismo.
Pocas horas después de su muerte, que acaeció hacia las 01.30 horas (23.30 GMT del viernes) ya habían comenzado las cábalas sobre una posible reunificación del BZÖ con el FPÖ, encabezado por Heinz-Christian Strache, ex discípulo de Haider y su rival desde 2005, aunque últimamente se había percibido un acercamiento entre ambos.
Los socialdemócratas, encargados por el presidente del país para formar el gobierno, se han negado en rotundo desde hace años a negociar una coalición con el partido de Haider y con el FPÖ por su política contraria cuando no hostil a la inmigración, sus devaneos euroescépticos y su populismo a favor del "hombre de la calle".
Chirac no olvidó esta afrenta y se encargó después de encabezar una campaña entre los países miembros de la Unión Europea que culminó con la imposición de sanciones a la república alpina que duraron ocho meses.
Oportunista, egocéntrico, camaleónico, ultraderechista, neonazi, xenófobo, populista inveterado y antisemita, pero también gran talento, carismático, líder nato, gran personalidad política y dirigente fascinante son algunos rasgos que le han dedicado sus compañeros de viaje y enemigos.
Así se granjeó las simpatías de los sectores más desafectos a los dos grandes partidos, que han dominado la escena política en Austria en la posguerra, los conservadores democristianos y los socialdemócratas, y logró triplicar el apoyo popular hasta casi el 11 por ciento de los votos.
(EFE)