4 de abril de 2014 21:44 hs

El público respaldó el excelente trabajo del Ballet Nacional del Sodre (BNS) en 2013 y la compañía dirigida por Julio Bocca arrancó el año con fuerza con el estreno el jueves de El Corsario, obra que ya se había presentado en 2011 pero que esta vez se realizó con la producción íntegra del Sodre. Con 17.500 entradas adquiridas hasta el día del estreno, la obra se convirtió en la segunda mejor vendida del ballet, después de El Lago de los Cisnes, desde que el argentino asumió la dirección artística.

Como si de una fiesta se tratase, la puesta resultó alegre, colorida y celebratoria del gran trabajo de los bailarines y el equipo técnico de la institución. No obstante, como suele suceder con las fiestas y su espíritu frívolo, El Corsario resultó - debido a la historia, la coreografía y la música- menos emotiva y perenne que otras de las producciones que ha realizado la compañía.

Con coreografía de la canadiense Anna-Marie Holmes, de acuerdo a la versión de Marius Petipa y Jules Perrot de 1868, y música de Adolphe Adam y otros, El Corsario cuenta la historia de un pirata que se enamora de una esclava del harén de un pashá y la rescata. La obra está basada en el poema homónimo de Lord Byron, que tuvo varias adaptaciones, entre ellas una ópera de Giuseppe Verdi, aunque la versión del ballet está bastante alejada del original.

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La puesta del BNS impactó por el vestuario, pero especialmente por la escenografía de Hugo Millán, a cargo de ambas tareas, en su segundo trabajo para el ballet después de El lago de los cisnes. La primera escena en el Gran Bazaar, para la cual Millán tomó inspiración en Gustav Klimt y Antoni Gaudí, parece enmarcada en un espacio de ensueño multicolor, acompañada por el fondo de un paisaje con movimiento, en una apuesta recargada pero efectiva.

El comienzo, no obstante, resultó en la primera función de lo más flojo del espectáculo, con algunas desprolijidades en los solos de las bailarinas que interpretaban a esclavas para ser vendidas al pashá, que encarnaba Alejandro González, siempre gracioso en sus recreaciones. La presencia de María Noel Ricetto, en el rol protagónico de Medora, y de la brasileña Ariele Gomes, como su amiga Gulnara, compensó rápidamente esta situación. Ricetto ya ha demostrado sobradas veces su expresividad, musicalidad y frescura, y Gomes sigue sorprendiendo por su feminidad y delicadeza. El primer acto culminó con una vigorosa coreografía de piratas, en la que se lucieron las faldas coloridas de las mujeres y los juegos de sables de los hombres.

En el segundo acto la acción se trasladó a la caverna de los piratas, con una muy buena iluminación de Claudia Sánchez y una escenografía en tonos violáceos que recordaban a El extraño mundo de Jack. Este fragmento dio lugar a las mayores ovaciones para Ricetto y el español Ciro Tamayo, que protagonizó la obra en el rol de Conrad y dejó afónico a más de uno que celebró la altura, rapidez y virtuosismo de sus saltos y danzas. No obstante, la pareja protagónica no alcanzó la química de otras interpretaciones, pero no a causa de su desempeño, sino de unos personajes livianos que no permiten el nivel de conexión de obras más emotivas como El lago de los cisnes.

Muy aplaudido también fue el trabajo de Acãoa Teóphilo, una nueva incorporación del BNS, quien interpretó el rol de Alí, el esclavo de Conrad. En líneas generales, El Corsario, obra en la que tienen gran protagonismo los hombres, dio muestras claras del buen nivel de los varones de la compañía.

En el tercer acto, la obra languideció un poco con la coreografía del sueño florido del pashá, pero retomó su fuerza cuando el público se quedó boquiabierto por el efecto especial de la tormenta y el naufragio de un barco, ideado por Millán y realizado en los talleres del Sodre.

Se trató, sin duda, de uno de los trucos más espectaculares que se hayan visto en el Auditorio Adela Reta. Utilizando un barco, con un sistema de pivot que divide el piso de la embarcación y permite moverlo, cuatro proyectores y un telón transparente, se generó una sensación 3D, en la que la que el espectador podía casi sentir la tormenta y el naufragio.

Al final, como siempre, lo coronó la ovación de pie de un público a esta altura acostumbrado a la garantía de calidad de la compañía dirigida por Bocca.

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