Milongas y Obsesiones > Milongas y Obsesiones - Miguel Arregui

Gallego, duro compañero

El Camino de Santiago (XII)

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23 de enero de 2019 a las 05:01

A partir de Astorga hacia el oeste, el Camino de Santiago recupera su belleza rústica, aunque ya con subidas y bajadas cada vez más exigentes. Mi bicicleta se cuela entre las estribaciones de la cordillera Cantábrica, en la antesala de Galicia. El sendero se parece cada vez más a un desfiladero.

Después de Rabanal del Camino, un precioso pueblo de piedra, subí hasta Cruz de Ferro, a casi 1.500 metros de altura, como la tortuga Manuelita: un poquito caminando y otro poquitito a pie, empujando mi bicicleta cargada. Fueron 28 kilómetros y 380 metros, a partir del albergue de Astorga, que me demandaron cinco horas de sufrida resignación. A mi lado pasaban camionetas y taxis que llevaban peregrinos con sus cargas. Algunos ciclistas, tal vez profesionales, pasaban veloces mientras yo me arrastraba con mi cruz, subiendo en espiral. 

¿Qué sentido tiene? En realidad, ninguno, salvo la satisfacción de comprobar que el físico aún responde, pero que más responde la voluntad. Pero hay formas menos agobiantes de hacer esa prueba. Mejor evitar la Cruz de Ferro, que no es otra cosa que una cruz sobre un largo mástil de madera rústica, situada en un lugar particularmente incómodo, donde muchos peregrinos arrojan una piedra que traen de cualquier parte. 

Lo mejor de Cruz de Ferro fue el almuerzo de pan, embutidos y frutas —seguido de 25 kilómetros de carretera en bajada, como tiro hasta Ponferrada.

La ciudad de Ponferrada (ponte ferrato) está en la zona del Bierzo, en el oeste de León, no lejos de Galicia. Se gestó en torno a un puente medieval para peregrinos y el comercio, hecho en piedra y reforzado con hierro, que a su vez motivó la construcción de un castillo de los Templarios para protegerlo. 

En el albergue Alea participé de una cena multinacional con mujeres de Holanda, Dinamarca, Nueva Zelanda y Estados Unidos. De noche compartí una habitación con un sacerdote budista: Anka Rick Spencer, un canadiense de 71 años, y con dos de sus seguidoras mexicanas. 

“¡Qué noche!”, me escribió un amigo uruguayo, muy maldito, al que comenté la situación.

El duro ingreso a Galicia

El monte O Cebreiro, de casi 1.400 metros de altura, es la severa puerta de entrada a Galicia. Demoré cuatro horas en subir la cuesta de nueve kilómetros, desde Las Herrerías. No fue agotador, pero casi. Mientras luchaba con mi bicicleta, que, con dos alforjas y una mochila, pesaba como una vaca, veía pasar taxis, camionetas y un furgón de Correos llevando peregrinos y su carga por la angosta carretera.

Vencí la enorme cuesta, en la que desertan muchos caminantes; pero de nuevo, como antes en Cruz de Ferro, me pregunté qué sentido tuvo hacerlo cargándolo todo.

El este de Galicia es verde, quebrado, rural y fresco. Las planicies de Castilla y León, resecas y calientes, quedaron definitivamente atrás.

La aldea O Cebreiro hervía de gente. Llegué un domingo, cuando muchas familias de la provincia de Lugo concurren a misa en su iglesia o a almorzar en sus rústicas tabernas. Pero había aún más peregrinos, que ocupaban cada rincón de cada casa. Casi todos los pobladores de O Cebreiro hospedan, venden y sirven. Una cucheta en una pieza compartida ya cuesta 15 euros, en tanto una habitación privada y con baño, como la que tomé encima de un mesón, trepa a 45 euros o más.

El Camino de Santiago, que en los Pirineos parecía un leve goteo, ya en los bordes gallegos, 600 kilómetros después, amenaza convertirse en torrente. Demasiados peregrinos para mi gusto.

Al día siguiente me adentré en Galicia, que en esa zona es abrupta, boscosa y húmeda. Sus montes son surcados por una cantidad casi infinita de caminos, que llegan hasta las granjas y pasan por sus costados rozándolas. 

Si en Navarra predominan las industrias y el vino, en La Rioja los viñedos y las bodegas, en Castilla y León las grandes extensiones agrícolas, las montañas de Galicia están pobladas de tambos y ganado lechero. Muchas pequeñas parcelas se destinan al forraje. Cada caserío es cubierto por el inconfundible olor rancio y dulzón del heno fermentado y de la bosta.
Casi la mitad de la producción lechera de España se concentra en Galicia.

Estas regiones del interior gallego, en la frontera con León, son las más primitivas y deshabitadas. La población y la economía más compleja se acomodan sobre la costa del Atlántico, desde La Coruña a Vigo.

Las viviendas rurales suelen ser de gruesos muros de piedra, con líneas y formas caprichosas, ventanucos y escaleras. Los terrenos también pueden ser delimitados por cercos de piedras y espinos; y hasta los techos más viejos son de pizarra negro-azulada, cortada en lajas irregulares. 

Los predios de pastoreo o de cultivo son pequeños, de menos de una hectárea, y semejan balcones colgados de las laderas. 

Grupos de pastores y granjeros, hombres de pequeña estatura y anchos, cada uno aferrado a su bastón rústico, conversan en las puertas de los galpones o en los cruces de caminos, a la vera de los densos bosques.

Subí las montañas con gran esfuerzo, sin poder montar la bicicleta, sólo empujándola. Y luego las bajadas fueron de vértigo, con los frenos hirviendo.

Después de Palas de Rei, cuando faltan menos de 60 kilómetros para llegar a Santiago, otros caminos de peregrinos que parten de España y Portugal, como el Primitivo, el del Norte o el Portugués, empalman con el Camino Francés. Ya había muchos viajeros en ruta, como excursionistas domingueros.

Llegué a destino 23 días después de la partida: 18 de marcha y cinco de descanso y escritura. No esperaba nada o casi nada de Santiago de Compostela. Las expectativas provocan desencanto. Le presté un poco de atención a la gran catedral, obtuve mi certificado de peregrino tras una fila de media hora y la revisión de mis sellos, desarmé mi bicicleta y la despaché por correo a Madrid, y me tomé un par de días para recorrer una ciudad antigua y muy bonita, repleta de boliches.

Recordé las copas de Alfredo Zitarrosa:

Gallego, duro compañero
no hay bolichero que cante mejor.
Las rías que amó Rosalía
cantan folías y son para vos.

Próxima y última nota: El Camino de Santiago y las trompetas del Apocalipsis 

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