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4 de febrero 2023 - 5:00hs

Día 3

La escena es conocida: cinco personas tiradas en sillones y sillas, bajo el techito del patio, mirando la piscina, el pasto, los muros altos. Haciendo nada. Conversando. Hasta el lugar es conocido: es la misma casa, salvo por algunos mínimos retoques, que se usó en la versión argentina del reality show.

Rodolfo –montevideano, 62 años, siempre bronceado, tuvo una parrillada en España pero se fundió con la crisis de 2008 y volvió, todavía habla con un poco de acento y dice “vale”, dos hijos– sorbe bien fuerte el mate y se lo pasa a Emilio –25 años, de Maldonado, si gana prometió comprarle una casa a sus padres– que ceba otro y se lo toma él.

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Rodolfo se acomoda su ropa extravagante para el criterio uruguayo y le pregunta por su procedencia y sus estudios. Emilio le cuenta que estudió ingeniería en Montevideo pero que abandonó. Y ahí, Rosina –tiene 30, es de Paysandú, escribana– le pregunta si conoce a su prima.

Resulta que sí, que Emilio conoce a la prima de Rosina. Compartieron un par de materias en facultad y él llegó a salir con su mejor amiga. Todos se ríen. Que loco y que chico Uruguay. Emilio le pasa un mate a Rosina. Se quedan mirando la piscina. Rosina se va a hacerle la espontánea a Facundo –23 años, influencer, dice que quiere ser famoso—. Esa semana se va él.

En Twitter, @mincho1899 dice “nos queremos hacer los argentinos y no nos sale”. Otro tuitero, @juan_cho, cuyo nombre de usuario tiene los emojis de la bandera argentina y tres estrellas, escribe “en Uruguay están haciendo un GH y están preocupados porque la mitad de la población del país está adentro de la casa”. Otro le contesta que le falta una estrella para alcanzar a papá. El argentino responde con un meme de un dinosaurio y la leyenda “Uruguay, yo te vi campeón del mundo”.

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Con su regreso a la pantalla después de una década, la nueva versión argentina de Gran Hermano ha sido un fenómeno que no ha decaído en su interés. Desde su estreno, tanto quienes lo siguen por televisión como por streaming o por redes sociales se han entusiasmado con las aventuras de una nueva camada de participantes que con sus delirios, polémicas, peleas y jugadas maestras han conseguido enganchar a miles de espectadores tanto en Argentina como en Uruguay.

Y con el regreso del ciclo se reactivó una pregunta que ronda desde que en 2001 Soledad Silveira dijo por primera vez “¡adelante, mis valientes!”: ¿se puede hacer un Gran Hermano uruguayo?

Darío Turovelzky, director general de Paramount en Latinoamérica, dijo en noviembre de 2022 al diario El País que la posibilidad de tener una versión uruguaya de Gran Hermano se “está explorando”. La intención era la de hacer el casting y reclutar a los participantes aquí, y grabar en la casa argentina en la que actualmente se está llevando a cabo la décima edición de la historia de ese país.

Si se concretara, implicaría un despliegue inédito para la televisión nacional, que tendría que establecer un equipo y un régimen de transmisión de 24 horas fuera de fronteras durante varios meses. Pero también sería un desafío interesante para un país que hasta hace poco tiempo compraba latas y ahora tiene su MasterChef, su ¿Quién es la máscara?, su Bake Off, su Got Talent.

Pero así como lo técnico o lo económico son obstáculos que eventualmente se pueden saltar, hay otra duda más acuciante, vinculada a lo cultural.  Una duda que se plantea si el carácter uruguayo, tan propenso a tomarse las cosas con calma y a evitar el conflicto para no llamar la atención, puede embarcarse en el viaje de crear su versión de un reality que al menos en la versión más consumida aquí, se sustenta en los escándalos de sus protagonistas, y en la búsqueda más o menos abierta de los competidores de ser conocidos una vez que concluya su paso por el programa.

Richard Danta, magíster en Comunicación, docente de semiótica y profesor del Departamento de Humanidades y Comunicación de la Universidad Católica del Uruguay, cree que el formato funcionaría, porque en los últimos años se ha producido un cambio cultural motivado por distintos factores.

“Si me consultabas hace 4 años te decía que no, que en un país chico y con la cultura mesocrática que tiene Uruguay, era inviable. Pero si se miran las producciones locales de reality o de programas de concursos que se están haciendo acá, en los que hay gente anónima que se presenta, y donde se hace una construcción de personajes y narrativa de cada participante, vemos que hay gente que se presta a esa lógica”, consideró Danta. Ahora hay en la pantalla local precedentes que han acostumbrado a los uruguayos a este tipo de exposición.

El otro elemento de la ecuación son las redes sociales. “Instagram o TikTok nos han familiarizado con la exposición de nuestras vidas. Las redes son exhibitivas. Y además, la pandemia cambió nuestra relación con lo público y con la exhibición, barajó y dio de nuevo el cómo nos mostramos”, agregó el académico.

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Día 20

Llueve. Las gotas caen pesadas del techito del jardín. Rodolfo mira la lluvia caer y de repente se voltea hacia la casa. “Chiquillos, ¿se quema algo?”. Las cámaras cortan a la cocina. Santiago –35 años, nació en Montevideo pero vive en Valizas, no usa pantalones largos, tiene un emprendimiento de comida vegana—  está delante de una ollita humeante. Demasiado humeante.

Lucas –27 años, de Florida, empleado de una estancia, vestido de boina y bombacha– lo critica por la humareda. Santiago le dice que se quede tranqui, que está todo bajo control. Lucas le pregunta por qué no usó grasa y Santiago le dice que son tortas fritas veganas. La discusión empieza a subir de intensidad, se acusan de “bárbaro carnívoro” y de “hippie mugriento”.

Misleidis –dominicana, 24 años, vive en Uruguay con su familia desde hace seis años, tiene una historia de superación que hace agua la boca de los guionistas del programa— prueba la torta frita y dice que está bastante rica. Lucas y Santiago se nominan mutuamente esa semana. Rosina le hace la espontánea a Rodolfo. Esa semana se va ella. En Instagram la aplauden por jugar bien, pero la votan para sacarla por “mala”.

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El comunicador y conductor de los programas satélite de la edición actual de Gran Hermano en Canal 10, Agustín Gil, se imagina que lo primero que va a pasar si se hace en Uruguay, es que todos van a conocer directa o indirectamente a uno de los participantes. O, como imaginan los segmentos de ficción de esta nota, que los propios jugadores estarán a pocos grados de separación.

Pero Gil da por hecho que se puede hacer el reality show en estas tierras. O, bueno, en tierras argentinas pero con concursantes de este lado del río. “Hay 62 versiones del programa en todo el mundo. El formato se adapta a todo tipo de país, de idiosincrasia y de televisión. Es un poco el reality madre y con un buen casting aguanta todo. Y hay buenos personajes en todos lados”.  

Si bien considera que los espectadores uruguayos están acostumbrados a la televisión argentina por lo que genera y ofrece, para Gil también disfrutamos la distancia que hay, el hacer patente las diferencias. Pero cree que en Uruguay hay también personajes suficientes e interesantes como para ocupar la casa.

“Puede que al principio los concursantes tengan un comportamiento similar a los argentinos porque es la referencia inmediata”, opinó el comunicador. “Se genera una identificación, o una imitación para jugar con lo conocido. Pero no creo que solo estén pasándose el mate todo el día”, agregó.

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Día 58

Fiesta en la casa. Los jugadores bailan Comadre, compadre de Los Fatales. En Twitter uno se queja de que la versión uruguaya es “berreta”. Alguien le responde que no critique, que es mejor que se haga acá a seguir consumiendo argentino. Otro dice que se ríe mucho y que le cae bien Rodolfo. Otro internauta dice que acá nunca se tendría que haber hecho, que es un embole, que nunca hay quilombo. El programa es trending topic en Uruguay, como cada semana.

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Para Richard Danta, el éxito de Gran Hermano Uruguay dependería de la lógica del programa y de la impronta que se le logre dar. “Una ronda de mate donde nunca pasa nada la veo un día, después me aburro”, explicó. “Para eso el programa va a tener que construir narrativas, que seguramente no sean tan extremas como las de la actual versión argentina, pero sí con un choque de estilos y personalidades”. Eso también lo señala como un elemento que haría posible una adaptación criolla.

“Si Gran Hermano se hace acá, va a tener que ofrecer más de lo que imaginamos, va a tener que trascender el mate”, agregó el docente.

Danta señala que la pantalla actual tiene otros precedentes de esa línea y de cómo lograrían captar al público ofreciendo algo dinámico: los programas de debate al estilo de Polémica en el bar o Esta boca es mía, donde sus protagonistas son figuras que “escapan a lo que uno asocia con el uruguayo tradicional, son personalidad exhibitivas de por sí”.

Captura de pantalla de Telefé Una escena del actual Gran Hermano argentino

Si los guionistas, editores, productores y demás responsables logran dinamizar las relaciones e instigar conflictos, habrá un programa llamativo y exitoso, que hasta puede llevar a que los uruguayos confronten con cómo se ven a sí mismos. El formato impide la mesocracia nacional, que hasta hoy en día puede ser más un mito que los uruguayos nos contamos a nosotros mismos, o una autopercepción que puede ser –o no– válida.

Gil agrega: “el público uruguayo apoyaría los extremos. Iría mucho por el simpático o el jugador. En Argentina ahora están castigando a los jugadores, y el público acá es muy similar en esta edición, quiere y rechaza a los mismos. No sé qué pasaría en una edición local, pero lo seguro es que no se apoyaría al que se queda en el medio”.

Pero después del final, ¿qué? En Argentina es bastante patente que muchos se meten a la casa para ser famosos, o al menos para tener algunos canjes. Gil apunta que el circuito mediático que existe en el país vecino no se replica aquí, por lo que puede haber duda sobre si los uruguayos irían al reality con la misma intención.

El conductor dice que programas como MasterChef son buenos antecedentes para lo que sería un GH local, por los personajes surgidos, y por el hecho de que ganadores y participantes lograron permanecer en los medios locales. Aunque a diferencia de esos ciclos, donde el éxito puede depender de cocinar, bailar o cantar bien. “Acá depende del talento para la comunicación o mediático. Pero en Argentina también es difícil, en Argentina también quedan uno o dos nomás por edición en los medios”.

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Día 76

“El Pipi” –43 años, tiene una pizzería en Paso Molino, extraña a los hijos— es el eliminado de esta semana. Agarra su bandera y se va de la casa gritando “¡Peñarol Peñarol!”. En el estudio está el colorado de Omar Gutiérrez agitando en la tribuna.

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Agustín Gil señala que la versión uruguaya del certamen sería “más cuidado” en su contenido que su par argentino. “Pero en Gran Hermano lo básico es la convivencia, que de por si genera conflictos de forma natural, y tanto el programa como los participantes lo buscan. Así que imagino que tendría eso, aunque en un tono más tranquilo”

Danta coincide y también imagina una versión con muchas menos revoluciones, pero con la capacidad de ser entretenido. Y aplicando topes a ciertos comportamientos y actitudes que los participantes tampoco ofrecerían. Medido y familiar, pero con su gracia y con personajes que capten la atención del público, como ha pasado con otros ciclos.

Como referencia más cercana y más consumida, es inevitable comparar a un eventual Gran Hermano uruguayo con el argentino. Y en definitiva, toda esta discusión se resume en el vínculo que Uruguay tiene con Argentina. Con el perpetuo debate entre imitar y rechazar, con ser más parecidos y ser todo lo opuesto, una contradicción que se vive todo el tiempo y no solo en la pantalla. Con una televisión cada vez más distanciada en producción pero que también toma a su par argento como reflejo. Se haga o no, nuestro Gran Hermano también dirá mucho de nuestra conexión cultural con ese otro "gran hermano".

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Día 104

Los participantes que quedan toman mate en el patio. Miran el pasto. La piscina. Santiago se ofrece a hacer tortas fritas veganas. Le dicen que no. Siguen tomando mate. Hay repechaje y vuelve Rosina. Esa noche el programa bate su propio récord de rating.

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