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11 de diciembre 2020 - 5:01hs

Los gobiernos de Oriente Medio han entrado en una veloz fase de centrifugado y recomposición de alianzas de cara a la asunción de Joe Biden en la Casa Blanca el próximo 20 de enero. Lo primero que se espera, tan pronto como en las próximas horas, es un restablecimiento de las relaciones entre Arabia Saudita y Qatar, interrumpidas desde 2017 cuando Riad acusó al gobierno de Doha de vínculos con Irán y de apoyar al extremismo islámico.

A escasos días de perder a su aliado más firme en Washington, el príncipe heredero que gobierna Arabia Saudita, Mohamed Bin Salman (MBS), no solo está a punto de hacer las paces con Qatar, sino que —según informa la prensa turca— también estaría en conversaciones con el gobierno de Recep Tayyip Erdogan en Ankara. Desde el 20 de noviembre, que MBS dio el primer paso y llamó a Erdogan por teléfono, han hablado al menos dos veces; y todo apunta a un acuerdo, después del amargo rompimiento entre ambos tras el golpe de Estado fallido de 2016 en Turquía, y más aun, después del asesinato de Jamal Khashogghi en 2018 en el consultado saudí en Ankara.

El líder turco tiene muy buenas relaciones con el joven emir de Qatar, jeque Tamim Bin Hamad al Thani. De hecho era esta alianza la que tanto molestaba a Riad cuando decidió romper con Doha hace cuatro años, no el intrascendente —por lo menor— vínculo con Teherán. Pero ahora es muy posible que todos vuelvan a juntarse otra vez; y el catarí habría colaborado para facilitar las nuevas conversaciones entre ambos líderes distanciados y esta tan rápida como inesperada reconciliación a dos bandas de MBS.

El problema es que en esa cabriola regional, el saudí está a punto de dejar mal parado a su viejo amigo y aliado el gobernante de facto de los Emiratos Árabes Unidos, Mohamed Bin Zayed (MBZ), que 20 años mayor que él, ha sido su mentor geopolítico y el verdadero cerebro detrás de las grandes decisiones de MBS desde que este tomara el timón del reino en 2017 tras la enfermedad de su padre.

Sin embargo, no logró —al menos hasta ahora— que el saudí ingrese a los llamados Acuerdos Abraham con Israel, que EAU firmó en agosto con el gobierno de Benjamín Netanyahu a instancias de Donald Trump. Aunque ahora MBZ elogie, de la boca para afuera, el acercamiento de Riad con Doha, la verdad es que lo tomó de sorpresa, y no le gusta nada. Tanto el gobierno israelí como el emiratí desaprueban la reconciliación de Arabia Saudita con el eje turco-catarí; y aunque hasta hoy los informes de la prensa occidental indiquen lo contrario, lo más probable es que en los Acuerdos Abraham también los deje finalmente con los ruleros puestos. A menos que la situación de MBS sin Trump en la Casa Blanca sea tan precaria (y uno podría entender por qué), que ahora mismo esté tratando de complacer y hacerse amigo de todo el mundo.

El reacomodo, ello no obstante, es mayor. Porque recordemos que antes del gobierno de Trump, estos países, Turquía, Arabia Saudita, Qatar, EAU, también estaban todos juntos tratando de tumbarse a Bashar el Assad en Siria, donde, además junto a Estados Unidos, libraron una guerra brutal a través de interpósitos actores (los famosos “rebeldes moderados”), que dejó 400.000 muertos y ocasionó el desplazamiento de 6 millones de personas, la peor crisis de refugiados en la historia de la humanidad.

Hoy sabemos que estos países apoyaron a los fanáticos del ISIS y de Al Qaeda —que operaban en Siria ocupando vastos territorios— con tal de lograr el fin último, que era derrocar a Assad. Sabemos del financiamiento saudí y emiratí. Sabemos que los extremistas usaban mayormente la frontera turca para ingresar armas y suministrar sus líneas de abastecimiento hacia territorio sirio, y que el gobierno de Erdogan les compraba el petróleo que extraían de los pozos que ocupaban. Y sabemos, por los audios filtrados de John Kerry y por el documento de la US Defense Intelligence Agency que dio a conocer Judicial Watch, que el gobierno de Barack Obama sabía que sus aliados en la región estaban apoyando a estos grupos y que tomó la decisión consciente de tolerar esos apoyos “a fin de aislar al régimen sirio”.

Después todos se pelearon agriamente. El gobierno de Erdogan culpó a Estados Unidos de haber estado detrás del golpe en su contra; luego rompió también con Arabia Saudita. A ello, siguió la crisis diplomática del Golfo, con el rompimiento de esta con Qatar. Y así fue que se formaron estos dos ejes: por un lado, Ankara-Doha y por el otro, Riad-Jerusalén-Abu Dhabi, conformando un poderoso frente contra Teherán, apoyado por Washington, que ahora está en “veremos”, tanto por la decisión de MBS de saltar la tranquera como por el anuncio de Biden de que su gobierno retomará el pacto con Irán.

Los movimientos a estas horas son varios, las negociaciones intensas; y habrá, a buen seguro, muchas más jugadas en este ajedrez que será largo. Solo esperemos que cuando la tormenta pase y las alianzas se asienten, cuando los acuerdos se firmen, o se dejen de firmar, no volvamos a la violencia del primer lustro de la última década, y un poco de paz duradera pueda cuajar en el golpeado Medio Oriente.

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Arabia Saudita relación política violencia en Medio Oriente Member

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