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Granjeros: obligados a producir más para sostener su ingreso

Su realidad productiva y los por qué para no irse de las quintas de una familia que apuesta a la frutilla 

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04 de diciembre de 2019 a las 05:02

Paola Kanizaj y Luciano López son primos y están al frente de un pequeño emprendimiento familiar, produciendo diversos agroalimentos y entre ellos ahora tienen el foco puesto en la frutilla, en plena zafra de una de las frutas con mayor demanda estacional. Y como le sucede a muchos, con el paso de los años debieron incrementar el área de cultivo para cosechar más, invirtiendo y trabajando más, para sostener el ingreso. Eso siempre y cuando no suceda un contratiempo climático que restrinja la producción, las cuentas queden en rojo y haya que remar contra la corriente para recuperarse.

 

 

En Colonia Wilson

La quinta en la que ellos producen está en Colonia Wilson (San José), cerca del km 36,5 de la ruta 1. Allí vive Paola y Luciano vive cerca. En la quinta trabajan ellos, tres empleados y alguno más de modo zafral cuando las labores de cosecha lo demandan, recurriéndose a gente de la zona.

La superficie en producción, en un campo propio, es de tres hectáreas. En primavera-verano se produce frutilla y en otoño-invierno se apuesta a rubros hortícolas, entre ellos zapallo kabutiá, boniato, puerro, remolacha y col chino.

Paola y Luciano se dedican exclusivamente al segmento de la cadena que va desde el laboreo de la tierra hasta que la frutilla sale a la venta, que lo hacen a través de Cono Kanizaj, hermano de Paola y de profesión comisionista. Por lo tanto, saben que la producción en el 100% va al Mercado Modelo, pero no dónde termina vendiéndose al consumidor, lo que puede suceder en cualquier puesto de feria, almacén o supermercado o llegar a otros destinos, por ejemplo restaurantes, y en todo el país.

 

 
De setiembre a abril

Luciano explicó que en el caso de la frutilla la preparación de la tierra (se le hace un abono verde) comienza en octubre del año anterior al que se desarrolla la producción. Es decir que las plantas de las que ahora se está cosechando fueron instaladas en hace poco más de un año.

Tras aprontar la tierra, elaborar canteros, instalar el nylon protector y el equipamiento de riego, en suelos que se van rotando para que cada tanto haya un descanso de cada cuadro, se da paso a la instalación de las plantas, a fines de cada febrero e inicios de marzo.

 

 

La cosecha suele comenzar a mediados de setiembre y se puede extender hasta entrado el otoño y suceder en abril incluso.

En el caso de estos productores, como en el 90% de los predios productivos de la zona sur de Uruguay, se utiliza la variedad San Andrea, una genética vegetal para frutilla importada desde Estados Unidos.

El productor dijo que hay cuatro distribuidores de plantas, entre ellos una cooperativa que él integra. La cooperativa y uno de los vendedores particulares traen plantas de Estados Unidos, que son las más costosas. Los otros traen desde España y Chile. Las estadounidenses son la genética superior, una genética de primer meristema, “más pura”, por definirlo de un modo simple, contó.

 

 

Un año complicado

Luciano explicó que ellos todos los años renuevan la plantación, no dejan plantas para que produzcan en un segundo año. Eso implica un costo adicional, que no es bajo, pero la recompensa en productividad lo justifica. “Cada planta por zafra puede producir 1,1 kilos de frutilla, en algunos casos más y eso varía dependiendo de las condiciones climáticas”, indicó.

Este año “ha sido complicado”, afirmó. Tras iniciarse la cosecha, en octubre hubo una granizada muy dañina y lluvias mayores a las habituales para ese mes. Luego, en noviembre y cuando las plantas se habían acomodado, llovió poco. Por lo tanto, las plantas pasaron de un estrés por exceso hídrico con granizo a uno calórico, porque en noviembre hubo varios días con temperaturas de 35 °C que no son normales en la primavera.

Todo eso significó un castigo “para un ser vivo que en invierno pasa por frío y heladas que a esa altura le vienen bien, que se va acostumbrandos de a poco a ir soportando temperaturas mayores, para llegar a los registros extremos en el verano, pero no ya en noviembre”, detalló.

 

 

 

En el mes pasado, por lo tanto, abortó mucha fruta y la producción mermó, se quemaron racimos completos incluso. Recién ahora se está recomponiendo la situación. Lo único bueno fue que a fin de octubre e inicio de noviembre hubo un buen pico productivo, que se pudo aprovechar.

Luciano dijo también que ya están acostumbrados a un monitoreo constante de las plantas y que si no hay problemas “acá se cosecha todos los días”.

 

 

Les llega la mitad de lo que paga el consumidor

Respecto al margen de rentabilidad, precisó que los precios varían mucho y que inciden varios factores, por ejemplo el día de venta: la de los jueves para la madrugada del viernes en el Mercado Modelo es una de las mejores. También la de los lunes porque el feriante vendió el fin de semana y debe reponer. Pero, como ya se dijo, el clima es clave: si el fin de semana llovió el feriante no vendió y no demanda tanto ese lunes.

En el tema precios, afirmó que suele ver en los puntos de venta a la frutilla al doble de lo que le llega a él. Admitió que desde que se desprende de la frutilla y hasta que la misma llega al consumidor hay otros actores, con sus costos y necesidades de ingresos, algo razonable. Pero, a la vez, lamentó que no haya “una regulación”, que nadie controle que algo que se paga en el Mercado Modelo a $ 200 el kilo no se venda luego a $ 400.

 

 

En ese escenario, “la gente ve valores muy altos y enseguida el culpable es el granjero, el productor es el malo de la película, el que se enriquece, cuando a nosotros en el mejor de los casos nos llega la mitad”, reflexionó.

Puntualizó, además, que “el productor, al inicio de la cadena, es el que corre con todos los riesgos, es el eslabón fundamental y sin embargo es muy probable que sea el que tiene el menor margen y cuando lo puede lograr”.

Señaló como un detalle que la inversión para producir frutilla de buena calidad, con pagos por plantas, insumos diversos, riego y mano de obra, por ejemplo, rondan los US$ 20 mil por hectárea y que muy lejos se está de conseguir como ganancia algo que guarde una adecuada relación con ese monto. “Estamos muy lejos, demasiado. Y a veces nos cuesta recuperar lo invertido”, señaló.

Por eso se apuesta a otros rubros en el resto del año, para que cuando con uno las cosas salen mal se pueda acomodar el bolsillo con otro, en una estrategia habitual entre los granjeros.

Luciano recuerda que cuando se arrancó a plantar frutilla una caja (con cuatro kilos) valía $ 100 con un dólar a $ 7 u $ 8 y ahora una caja vale $ 200 con el dólar a $ 38. “Esa desvalorización nos afecta mucho, porque cobramos en pesos y salvo la mano de obra el resto de nuestros costos como plantas, nylon, goteros y fertilizantes está cotizado en dólares”, comentó. Y añadió que “por eso es que los márgenes de ganancia se achicaron y para seguir adelante nos hemos visto obligados a sembrar más, agrandar el área, a trabajar más para lo mismo”.

También, con un clima cada vez más inestable, desde hace un buen tiempo se transformó en una necesidad innegociable (y un costo más) tener que asegurar al 100% de la producción.

Y señaló otros dos obstáculos. Por un lado, que cada vez es más difícil ubicar mano de obra preparada para trabajar en las quintas. Por otro, que están en un rubro que no es de primera necesidad, por lo tanto en momentos económicos adversos para el consumidor, como ahora, la demanda se retrae. “La frutilla es un artículo que no es de primera, segunda ni de tercera necesidad, no sé, capaz es de sexta o séptima necesidad, la gente que se queda sin un ingreso prioriza comprar pan, leche, carne, harina, azúcar… pero no frutilla aunque es un alimento muy sabroso, sano y nutritivo. Eso juega en contra de nosotros, es algo con lo que convivimos”.

 

 

Reconoció que algo a favor, en esa realidad, es que se han ido desarrollando campañas de estímulo de consumo de frutas y hortalizas que son muy útiles, como la de la denominada Canasta Inteligente, que difunde la oportunidad de adquirir ciertos rubros por sus valores nutritivos y buenos precios.

Pese a las adversidades, igual siguen en el rubro. ¿Por qué? “Porque es lo que sabemos hacer, nos gusta, uno ha acumulado conocimientos y experiencias y es en lo que somos buenos, además nos gusta trabajar en este medio, en el campo”, reflexionó. De todos modos, aunque Luciano y Paola heredaron el oficio por antecedentes en la familia, ven que “es muy complicado” que el día de mañana una nueva generación, como los hijos de Paola, puedan dedicarse a la quinta. “Supongo que cómo están las cosas, si no cambian mucho, sería mejor que puedan estudiar y dedicarse a otra cosa, porque hoy en la quinta hay que invertir mucho dinero y lo que queda es algo casi que ridículo en comparación con lo que se arriesga”.

 

Referencias de precios al consumidor
  • Sanfreskito en Minas y Mercedes $ 140 el kilo
  • Punto Fresco en el MAM $ 149 el kilo
  • Feria de la calle Juan Paullier $ 140 el kilo
  • Tienda Inglesa $ 119 petaca de ½ kilo
  • Mercado Modelo (mayoristas) de $ 50 a $ 125 el kilo
  • Nota: en todos los casos hay precios variados dependiendo de calibres y calidades
Fuente: relevamiento de El Observador el martes 3/12
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