3 de mayo 2023 - 5:01hs

¿Quién hubiera dicho que cuatro animales –ni siquiera reales, sino generados por computadora— mutilados, manipulados genéticamente, con partes mecánicas y capaces de hablar, podían ser los protagonistas de los momentos más emotivos de una película? ¿Que un puñado de actores con sus pieles pintadas de colores, con antenas prostéticas y parados delante de una pantalla verde podían estrujar las fibras del corazón? Bueno, eso sucede en Guardianes de la Galaxia volumen 3, la despedida del irreverente equipo de héroes espaciales del emporio Marvel, que este miércoles llega a los cines uruguayos.

El llamado Universo Cinematográfico de Marvel (UCM, o si no le quiere hacer publicidad gratis a una emergencia móvil, MCU, por su sigla en inglés), como se llama a la saga de aventuras interconectadas de los personajes que saltaron de los cómics de la editorial estadounidense a la pantalla se ha convertido en un mamotreto avasallante que ocupa casi treinta películas y una decena de series.

La sobreabundancia de contenido, la salida de una vieja guardia de personajes más conocidos y un cierto desgaste natural del público hacia el género que más ha recaudado en Hollywood durante lo que va del siglo XXI, hizo que el MCU perdiera algo de pie y esa sensación de ser inamovible e invencible. Sus últimos estrenos fueron recibidos con tibieza y si bien lejos está de colapsar, hay una sensación de que ya no es lo mismo que antes.

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La película se estrena este miércoles en cines

En ese contexto se produce este cierre de trilogía para estos personajes, que debutaron en 2014 como perfectos desconocidos para el público que no fuera un obsesivo de los cómics de Marvel, y saltaron enseguida al frente de la fila, gracias a la mezcla de absurdo, autoparodia, comedia, enredos, una banda sonora de hits de los 70, actores carismáticos, un árbol antropomórfico y diversión pura y dura.

En una época donde los gigantes estudios/conglomerados de Hollywood arman sus taquillazos en una maquinaria deshumanizante, donde la visión corporativa se suele imponer a la creativa, el director de las tres películas de Guardianes de la Galaxia, James Gunn, fue una anomalía. Para empezar, porque fue el único cineasta que escribió y dirigió una trilogía completa, y que logró imprimirle un cierto tono autoral a una pieza del engranaje marveliano, manteniendo las aventuras de sus rebeldes espaciales apartadas de las de sus colegas de trajes ajustados.

Y esta también es una despedida para Gunn, que logró algo casi imposible en esta época: ser “descancelado”. Una serie de tuits viejos con chistes de dudoso gusto fueron desempolvados por algunos militantes de Donald Trump a los que no les gustó un comentario del director, y las redes hicieron el resto del trabajo. Gunn fue echado por Disney –la dueña de Marvel– pero eventualmente, tras un pedido de disculpas, y una campaña de colegas, actores y hasta medios, fue recontratado para hacer esta tercera parte.

En el medio, el director se fue a hacer Escuadrón Suicida para la competencia, el universo DC dentro de Warner. Ahí gustó su trabajo, y hace algunos meses fue anunciado como uno de los dos comandantes de un nuevo universo DC (el viejo dejará de correr, casi de forma literal, con Flash, que se estrena este año), y el encargado de devolver a Superman al cine.

El último hit

Rocket, el eje emotivo de la película

Casi una década después del inicio del viaje, los Guardianes cierran su pasaje por el MCU con un final emotivo, pero que no pierde esa pata divertida, con el grupo de vagabundos y criminales devenidos en una banda de héroes en toda regla. Y puertas adentro, en una familia que como todo clan, tiene sus problemas, pero donde el cariño se impone como principal herramienta para resolverlos.

En lugar de caer en la genérica aventura de héroes teniendo que salvar al mundo o al universo, acá el conflicto es mucho más íntimo. Uno de los Guardianes, el mapache hiperinteligente Rocket, está al borde de la muerte y sus colegas tienen que salvarle la vida en un plazo de 48 horas. Esa carrera contra el tiempo los llevará a través de distintas misiones de infiltración y ataque, obligándolos a enfrentarse con el Alto Evolucionador, un megalómano obsesionado con crear una sociedad perfecta, y cuya historia tiene que ver con los orígenes de Rocket, que se irán develando en el transcurso de las tropelías galácticas.

El Alto Evolucionador parece en la superficie un villano medio genérico, que camina de forma amenazante con las manos en la espalda, y escupe cuando habla a los gritos. Pero se lo puede ver como una crítica o una parodia de los empresarios tecnológicos de billetera gorda e ideas delirantes que campean por el mundo, llevándose todo puesto para cumplir sus deseos de salvar al universo. Y de todas formas, lo importante en el caso de los Guardianes nunca fueron sus rivales, sino ellos mismos.

Las relaciones de familia adoptiva de estos personajes son el corazón de la película y de la historia, que es muy honesta y entrañable, más allá de unas cuantas pinceladas de humor y hasta algunas de gore bastante inesperadas. Cada uno con sus traumas, sus conflictos, miedos y a su vez, con el resultado de la evolución como personajes que se produjo a lo largo de las tres películas, dan como resultado que esta tercera parte vaya directo al corazón y conmueva hasta en los lugares menos pensados.

Ese es un mérito de Gunn: que con los personajes menos humanos del universo Marvel, creó la historia más humana y atada a emociones de esta saga eterna. Una que no responde a estímulos como explosiones, referencias a cómics o apariciones de otros superhéroes. Si a eso se le suman los aportes visuales y espectaculares de las piezas técnicas del cine, otra banda sonora llena de golazos musicales y a una sensación de diversión pura que permea toda la película (aunque unos minutos menos de duración no le habrían hecho mal), los Guardianes de la Galaxia se despiden con otro hit entre sus manos.

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