14 de marzo 2020 - 5:03hs

El domingo miles de uruguayas y algunos uruguayos se reunieron en 18 de Julio para reclamar por los derechos de la mujer. Antes y después, el tema “mujer” (¿se puede hablar de “tema mujer” cuando somos el 52% de la sociedad uruguaya?) se instaló no solo en la agenda de los medios, de los políticos y de los gritones de redes sociales, sino también en las familias y grupos de amigos.

Estamos en 2020 y, tonta yo que no dejo de sorprenderme, todavía hay miles de miles de personas que en este país directamente consideran que es innecesario el reclamo de esa equidad de derechos en todos los planos. Porque acá somos todos iguales. Porque las mujeres llegan hasta donde quieren llegar. Porque la ley nos ampara. Y ahí se empieza a degenerar una discusión que ya venía torcida: que son una vagas, que son unas avivadas, que andá a trabajar, que mientras que estás marchando vos, burguesa de clase media y alta, otras mujeres pobres son violentadas. Solo he listado algunos de los argumentos tramposos que escuché en una “semana de la mujer” intensa. Es verdad que hubo mujeres que esgrimieron otros argumentos igual de chantas. Pero vamos por partes.

En cambio, hoy les propongo una guía para “machirules”. Esta es, obviamente, una ironía, pero lo aclaro porque estamos en una era en la que la corrección política se lleva por delante el humor. El lenguaje inclusivo no me convence y hasta ahora no he encontrado argumentos sólidos para adoptarlo. Las mujeres somos mujeres y los hombres son hombres y el ser humano termina con “o”. ¿Será que quien creó el término ser humano fue un hombre? Tal vez. En cualquier caso, no discutamos por pavadas y avancemos a los argumentos falaces que predominan y son propagados tanto por hombres como por mujeres.

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La mujer no está preparada. Cada vez que se discuten temas que polarizan, como las cuotas o una eventual paridad en el Parlamento, como la que anunció la vicepresidenta Beatriz Argimón, se oye esta afirmación que se da de frente contra innumerables estudios internacionales que demuestran que la mujer está incluso más preparada académicamente que el hombre. En Uruguay, más del 67% de los egresados universitarios son mujeres (Udelar, 2016) y el 48,2% de la fuerza de trabajo son mujeres. Después se podrá discutir hasta el cansancio sobre talentos y aptitudes, sobre oportunidades aprovechadas y desaprovechadas. Pero no discutas más sobre este punto, por favor. Evolucioná.

Las mujeres llegan donde quieren y/o las mujeres no quieren alcanzar esos puestos. Son dos versiones de un argumento similar y encierran dos falacias, porque las mujeres llegan hasta dónde pueden o las dejan. En muy pocos casos llegan hasta donde quieren. En el mundo, solo el 27% de los altos cargos empresariales son ocupados por mujeres. ¿Esto sucede porque no estamos interesadas en acceder a altos cargos? ¿Tal vez porque no queremos complicarnos la vida y preferimos permanecer en casa financiadas por el sueldo de otra persona o por un subsidio del Estado? Si bien esos casos pueden darse, esa no es la tónica general. Hay mujeres que deciden -porque pueden o porque no tienen más remedio- quedarse en casa. Hay otras que quieren conseguir trabajo y no lo logran. Las que salen a trabajar tienen todos los problemas que mencioné para llegar a puestos altos, incluyendo la realidad indiscutible de que en este mundo la biología dicta que quienes tienen hijos son mujeres, más allá de quién los cuide después, y esa tarea se comparte cada vez más en las nuevas generaciones. Este aspecto es poco contemplado en la mayoría de los trabajos y así la maternidad suele convertirse en un freno o una pausa.

Las cuotas hacen que al final se elija a cualquier mujer para ocupar un lugar. Tomemos como ejemplo, de nuevo, el Parlamento. Cada vez que alguien me enfrenta a este argumento respondo con algo que, para mí, se cae de maduro. Si tenemos temor de que lleguen mujeres que no merecen una banca, ¿por qué jamás escuché a nadie preguntar cómo se decide en las internas de los partidos qué hombres –que hoy son más del 80% del Parlamento– se candidatean? Con la cuota y con la eventual paridad llegarán a ser legisladores una misma cantidad de personas incapaces y deshonestas (o excelentes, veamos la mitad del vaso lleno). La estupidez y la moral no discriminan género.

Uruguay fue uno de los últimos países de la región en aprobar una ley de cuotas en 2009, que se aplicó en 2014. Esta herramienta no ha funcionado, en parte por nuestra ingeniería electoral (muchas listas y adivine quién iba en el lugar 3 que correspondía al “otro” sexo), y en parte por la viveza política masculina y criolla. Es cierto también que la opinión pública no reclama a viva voz una equidad clara en el Parlamento y las instituciones públicas. De hecho, es casi seguro que si el Frente Amplio no hubiera decidido que sus listas fueras paritarias (uno/una), tendríamos ahora un Parlamento aún menos equitativo que en 2015.

 “No hay democracia auténtica si en lugares de decisión falta la mirada del 52 % de la población. De una vez por todas, Uruguay tiene que avanzar hacia la paridad,” dijo también Argimón esta semana. Su desafío, el de aprobar una ley de paridad total, no es sencillo. En teoría, debería ser apoyada por todo el Frente Amplio, considerando que ya apoyó la paridad en su interna. Pero todas son interrogantes: ¿la apoyará su propio partido, que incluso la bajó de un plumazo por insistir con la cuota? ¿La apoyarán nuevas fuerzas, como Cabildo Abierto, el segundo partido con más mujeres electas?

Acá las mujeres y los hombres ganan lo mismo porque hay consejos de salarios. Ni en Uruguay ni en casi ningún lugar del mundo hombres y mujeres ganan lo mismo, aunque sí en muchos rubros y casos ganan igual según puesto o tarea desempeñada. Alma Espino, economista especializada en mercado laboral y género, explicó esta semana este tema en una entrevista de En Perspectiva.

Según datos de la Cepal, Uruguay está por encima del promedio de América Latina en brecha de género en lo relativo a las remuneraciones. O sea: está peor. Esta brecha es del 4 a 7% según sean privados o públicos y según trabajo por hora o mensual. En el caso de la brecha mensual, llega al 25% porque también hay grandes diferencias en la cantidad de horas trabajadas por hombres (más) y mujeres.

El informe Equal Pay Day que realiza CPA Ferrere, actualizado hace pocos días, confirmó en 21,8% la brecha de ingresos entre hombres y mujeres, una  mejora con respecto al 23% de la edición anterior. “Esto podría ser visualizado como que 79 días al año las mujeres trabajarían sin percibir salario”, dice el informe.

¿Significa esto que las mujeres son más vagas? Este es otro de los argumentos que -créalo o no– me han propinado en vivo y en directo, no solo a través del bravucón Twitter. No, no son más vagas. Significa que en la mayoría de los casos las mujeres no pueden trabajar más horas y no pueden comprometerse con trabajos de alta carga horaria porque en la división del otro trabajo –el doméstico y no remunerado– ellas se quedan con la mayor parte: limpieza, cuidado de niños, ancianos y discapacitados, entre otras tareas. Cada día en todo el mundo, las mujeres dedican 12.5 mil millones de horas a tareas que no tienen remuneración, según un reciente informe de Oxfam. Tres veces más que los hombres.

En algún momento todos nos despertamos. Despertarse es mirar con ojo fino lo que siempre dimos por sentado, porque “así son las cosas”. Cuando afinamos lo hacemos también para entender la realidad ajena más allá de la propia, en mi caso privilegiada. La mayoría de las uruguayas no tienen estudios terciarios ni relaciones sociales que las acerquen a trabajos y en muchos casos ni siquiera familias o círculos de contención que las impulsen a avanzar en sus carreras y las ayuden efectivamente a la hora de apoyarlas en tareas que son todavía típicamente femeninas.

Todas estas cosas suceden porque la cultura todavía es así. No porque haya hombres malvados y mujeres poco militantes que busquen atrasar o impedir los cambios. O, por lo menos, esa no puede ser la única explicación.

“Es un hecho impactante que en el siglo XXI no haya un solo país en el mundo donde las mujeres sean realmente iguales a los hombres”. Esto lo dice el PNUD en su informe. Es impactante, sí.

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