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Danna Liberman

Espectáculos y Cultura > Hanami

Hanami, una obra sobre las cicatrices de la pérdida de un hijo y la belleza de la existencia

La actriz Danna Liberman vuelca su experiencia y su dolor a la obra Hanami, que se estrena en la Hugo Balzo del Sodre este miércoles

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10 de mayo de 2022 a las 05:02

Hay veces en que el bosque se oscurece, los árboles se unen en una masa oscura que no deja pasar la luz y el camino se pierde entre tantas sombras. Ahí, en la oscuridad total, en la boca de lobo, podemos extraviar el rumbo, la cordura, podemos hundirnos en el sufrimiento y no salir. Hasta que lo hacemos. Hasta que salimos. Y esa experiencia, cuando el bosque queda atrás, se puede transformar en algo. Se puede transformar en una cicatriz.

Para la actriz Danna Liberman el bosque se oscureció el día en que su hijo Uriel, de dos años y nueve meses, murió. De eso ya pasaron más de dos años y un hecho puntual: fue difícil, le costó mucho y por momentos creyó que no podría volver a levantarse, pero el límite de esa oscuridad cedió. Y, del otro lado, y ya iluminada por una pulsión particular que empezó a crecer dentro de ella, entendió: tenía que contar. Escribir lo que le había pasado. Llevar su dolor a las tablas, el lugar en donde se encuentra con quien es en realidad.

Liberman estrena Hanami, el unipersonal en donde cuenta su experiencia y la de Uriel, este miércoles 11 en la sala Hugo Blazo del Auditorio del Sodre. La obra irá hasta el domingo 15 a las 21 y será, para ella, un paso más en la sublimación de un dolor que abraza y al que ya no teme.

“Cuando Uriel nació ya fue una revolución, porque no respiró. Tenía una lesión en su cerebro, y toda su vida implicó un aprendizaje muy profundo sobre el sentido de la existencia, del estar acá, en el presente. Yo doy clases de clown e improvisación, y siempre empiezo aludiendo a ese estado del ahora, pero no lo había comprendido de verdad hasta su llegada. Tenía ganas de compartir esa mirada de la vida, no como una evangelización sino de un contar ‘mirá, esto me pasó y me parece que es una manera interesante de posicionarse’”, cuenta Liberman. 

Hanami, el título de la obra, es una palabra en japonés que refiere a la tradición nipona de observar la belleza de las flores, en general asociada al momento en que florecen los cerezos, una época en la que la isla del pacífico se tiñe de violeta. Liberman cuenta que se cruzó con esa palabra y que la conquistó. Encontró en ella una término ideal para hablar, además, de lo que quería hablar: “Para mí la belleza no tiene que ver con lo estético, sino con la dignidad a la hora de atravesar lo que nos toque atravesar. Y tiene que ver con integrar el dolor. No con decir ‘esto me duele, entonces lo separo’. No. Tiene que ver con el dolor como parte de la existencia, y no con el sufrimiento. Puede sonar raro, pero cuando uno logra integrar ese dolor a la vida, es hermoso.”

Liberman ha dedicado su vida a la comedia y a la improvisación. Ella se define como clown o payasa, y no evita dejar claro que es esa persona que, en las reuniones, siempre está tratando de que todo el mundo esté entretenido y, si puede, a las risas. Siente una responsabilidad, una necesidad de ser el vehículo cómico de su contexto, y justamente eso fue una de las cosas con las que tuvo que lidiar en su etapa de duelo. Se le apareció la pregunta por la comedia. ¿Podría volver a hacer reír a alguien con esa tristeza a cuestas?

“Después del shock inicial, que es una especie de tiempo en el que te encerrás en una cueva, pensé que no iba a poder salir más. Todo lo que tiene que ver con crear yo lo asociaba mucho a la alegría, a la expansión, y si iba a crear algo tenía que estar bien. Pero ahí empecé a entender otro concepto nuevo, y es que uno está como está, y que de ahí también se pueden generar las cosas más potentes. Si aceptás tu estado y te reconciliás con esa vulnerabilidad, encontrás la mayor potencia del mundo. Yo me dedico a la comedia, soy payasa, y pensaba en cómo iba a poder hacer reír a la gente otra vez si estaba tan triste. Me di cuenta de que tenía que ser lo más honesta posible, y a partir de ahí la gente iba a poder empatizar y reflejarse. Empecé a ir a los espectáculos y a las clases con mis roturas, con todas mis partes, juntando mis pedazos. Y luego me anoté en un taller de dramaturgia”, recuerda.

Danna Liberman

Ese taller estaba dirigido por la directora y dramaturga Jimena Márquez, una de las voces del teatro más interesantes de los últimos años. Márquez, en conjunto con Luz Viera, dirigen Hanami, pero en ese momento la obra no estaba en los planes de nadie, ni siquiera en los de Liberman. Lo que sí sabía la actriz era que necesitaba canalizar su experiencia a través de la escritura, y eso pasó. En el taller, su historia fluyó sin trabas y pronto se encontró con un texto que podía transformarse en algo más.

“Tenía que hacer algo, tenía que hacer que esa vida que de alguna manera se cortó en la tierra prevaleciera. El arte es mi medio de expresión, no soy dramaturga profesional, pero sentí la necesidad de escribir, de sacarlo o transformarlo. En el taller empezó a brotar el texto como si hubiese estado pronto, como un manantial en el que sacás una piedra y brota el agua. No tuve que hacer fuerza. Hoy la obra no tiene un principio, desarrollo y fin lineal. Está lejos de ser eso. Es un entramado de ideas y miradas sobre la vida, y así surgió también la escritura. Luego tuve que trabajar sus partes, sus capítulos, pero al principio salió a borbotones”.

Serán cinco funciones, entonces, para que la experiencia de Liberman se tamice con su manera de entender el teatro y con ese dolor que aprendió a domar, a incorporar en su vida. Ella quiere que su historia y la de Uriel, a la que considera universal y común para mucha gente, llegue a otros y genere oleadas que cumplan una función, al menos, identificatoria. Que movilice así como sabe que la movilizará a ella cada vez que se pare en el escenario.

“Creo que nunca voy a estar sana, pero el arte me ha acompañado. Es una herramienta transformadora potente. Me imagino en un bosque oscuro, de esos que tienen árboles tupidos y en los que te tenés que meter y llegar al otro lado sola. El arte es ese pequeño farolito que te ilumina el camino, que te deja descansar, que te permite otra perspectiva. El arte me sanó hasta el punto en que pudo, pero ya no espero volver a ser la Danna anterior. Me parecería absurdo. Mis cicatrices están expuestas y no tengo intención de taparlas. Pero el arte me enriqueció y es mi antorcha para atravesar lo que sea que tenga que atravesar”.

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