Al oficialismo no le gusta que le cuestionen la validez y la fortaleza de su coalición partidaria, y mucho menos que le pongan fecha de vencimiento. Eso le pasa al oficialismo actual, y al que sea. Cada gobierno defiende su fortaleza y sostiene que exageran los que ven debilidades en su interna.
Hoy el gobierno es de una coalición variada de partidos, y en los tres períodos anteriores era de un solo lema, pero era muy especial, porque además de ser un “movimiento” político en la base, y contar con una estructura común, también era “coalición” de partidos, de miembros con posturas ideológicas diversas, e incluso quizá más variadas que la de la actual “multicolor”.
“Esto no se rompe”, decían en el Frente antes, y ahora dicen lo mismo, los socios de esta particular alianza multipartidaria.
Lo cierto es que los vaivenes de la política determinan que se generen hechos que parecen de un choque de tal magnitud, como para poner en duda la continuidad de la alianza. Algunos cruces públicos, de otrora y de ahora, generan la imagen de riesgo de una fractura, o al menos de una escisión parcial.
El choque de Astori con Vázquez en julio de 2005, poco después de llegar al gobierno, generó comentarios de una renuncia de ministro de Economía con consecuencias duras. Todo se arregló conversando, con emisarios de la Residencia del Prado al Palacio de Hacienda.
Las cartas públicas que se cruzaron Danilo Astori y José Mujica a fines de 2015 fueron otro de los puntos de tensión, que generaba preocupación en el oficialismo y entusiasmo en la oposición. Pero lo solucionaron, y eso demostró que priorizaron los acuerdos a los desencuentros.
Esa fortaleza de unidad la izquierda terminó forzando a los lemas fundacionales a coaligarse con mayor firmeza que antes, y con más permanencia, lo que derivó en la coalición multicolor, cuya expresión busca zafar de la imagen blanqui-colorada y mostrar más amplitud.
Luis Lacalle Pou diseñó esa estrategia que abarcaba al Partido Independiente (PI), indispensable para reflejar una paleta de colores más diversa, sin saber que en medio del proceso surgirían otros dos lemas a tener en cuenta, el efímero Partido de la Gente (existe como representación parlamentaria, pero no en los hechos como lema), y el movimiento liderado por Manini Ríos, llamado Social Artiguista (MSA), que usó el nuevo lema de Cabildo Abierto.
En los hechos, el PI es un partido de ideas de acotada magnitud, pero con la herencia de pensamiento demócrata cristiano y socialdemócrata, que da un ingrediente valioso a la tradicional alianza de blancos y colorados. Eso implicaba que la coalición adoptara ideas de esa colectividad, lo que no parecía una dificultad para mantener coherencia en la coalición.
La irrupción de Cabildo en el otoño de 2019, se vio como un factor que complicaba el armado de este bloque alternativo al Frente, porque incomodaba a algunos de los socios (a Ernesto Talvi y al PI, por ejemplo), pero no hacía suponer mayores complicaciones. Eso, porque sus dirigentes y principales activistas era gente que provenía de blancos o de colorados.
La mayor preocupación estaba en cuestiones de relacionamiento, pero todo eso fue administrado correctamente y la coalición funcionó: integró un gabinete de ministros multicolor y aprobó las leyes necesarias (Fondo Covid, Reformas de LUC, Presupuesto, Restricciones por emergencia sanitaria, beneficios a los afectados, entre otros).
El 2020 cerró con un dato inquietante para el oficialismo, cuando los diputados de Cabildo votaron con el Frente un proyecto de freno a forestación. Eso fue un anticipo.
Cabildo Abierto levanta sus banderas y reclama que se contemplen sus proyectos, de la misma manera que ellos votan los del Poder Ejecutivo, y en ese sentido, se sienten ninguneados o despreciados.
Hay una diferencia sustancial, que no está en la consideración de la gente de Manini Ríos. Lo que ellos proponen, prohibiciones para un sector de la economía (forestal), cambios en el sistema financiero (sobre tasas y sobre la figura de “concordato” de personas), salvataje a deudores del BHU, suspensión de desalojos y lanzamientos, van en contra del pensamiento de sus socios. Varios de esos proyectos sintonizan con una parte del Frente Amplio, pero tampoco con toda la izquierda.
Los gobiernos del Frente mantuvieron respaldo a la forestación y no fijaron prohibiciones ni a ese ni a otro sector; mantuvieron desde 2007 un régimen de tasas con mecanismos de mercado, rechazaron cambiar contratos de deudores del BHU y cuidaron solvencia de ese ente, y también cuidaron las reglas del mercado de arrendamientos. Algunos sectores hubiesen querido adoptar algunas de esas propuestas, pero la mayoría del Frente evitó incurrir en medidas de esa naturaleza.
Cabildo usa su derecho de socio de gobierno para reclamar medidas de ese tipo, como ayer hizo Manini Ríos sobre régimen tributario, pero el presidente Lacalle Pou está muy jugado a fomentar la inversión y atraer empresarios extranjeros, como para caer en decisiones que afectan seriamente el clima de negocios y van contra la base del sistema capitalista.
En función de eso, de lo que precisa hacer y de sus ideas y convicciones, el presidente no tiene margen de acceder a las propuestas de su socio; puede contemplar alguna idea lateral pero no la esencia, porque va contra el interés político del gobierno.
¿Eso implica que haya riesgos de fractura de la coalición? No debería conducir a eso, porque el sistema político está estructurado en dos bloques y no hay espacio para quedar a la intemperie. Cabildo puede disgustarse de la negativa blanco-colorada, pero no tiene lugar en el Frente, y mucho menos en soledad.
Aunque no tenga riesgos de quiebre, los choques o roces no hacen bien a un bloque porque, aunque ofrecen variedad al electorado, también desgastan. Desgaste sí, ruptura no aparece en el horizonte.