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Ida Vitale: la vida en verso

La última referente de una de las generaciones más influyentes de la literatura nacional y latinoamericana regresa a Uruguay, el lugar que la vió nacer física y culturalmente

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24 de septiembre de 2017 a las 05:00

Cuando la última voz de la Generación del 45 se enciende, el apartamento repleto de estanterías y libros se llena de anécdotas y de viajes, nombres de autores recordados y otros olvidados, de alegrías y pesares, de sonetos y versos. La vida que reflejan los ojos azules de Ida Vitale es la misma que transmiten sus palabras: firmes, cargadas de sentimiento y pasión.

A sus 93 años, Vitale no descansa. La muerte de su esposo Enrique Fierro en mayo de 2016 la dejó sola en Austin, Texas –lugar en el que el matrimonio residía desde 1988– y la vuelta a Uruguay, que será definitiva en los próximos meses, se convirtió en una realidad para ella y su familia. En un apartamento que alquiló en Malvín, donde los libros casi no dejan ver las paredes, Vitale divide sus días entre las visitas familiares, los preparativos para el último retorno a Austin y sus libros, a los que se entregó desde niña y de los cuales sigue sin poder escapar en el último tramo de su vida. La ficción de Paul Auster, la poesía de Federico García Lorca y diferentes ensayos históricos, de la que se declara ávida lectora, conviven en las bibliotecas de su casa.

"Ahora estoy leyendo un ensayo de Doctor Johnson, que era todo en una época en Inglaterra. Es un fragmento de un diario suyo referido a las Falkland, a las Malvinas. Yo creí que los ingleses se las habían apropiado por conquista, pero no. Fue por estupidez de los españoles, que se las cedieron", dice con entusiasmo mientras, en la cocina, sirve los bizcochos para acompañar la entrevista.

Entre sus miles de libros también hay sitio para los autores que estuvieron más cerca de ella, tanto de forma física como a través de su influencia. Octavio, María Eugenia, Delmira, Idea. Todos tienen apellidos ilustres, pero Vitale los menciona por su nombre propio. Como amigos, como conocidos que la vida le dejó. Como iguales. Eso reafirma que la mujer que ahora recorre los tomos amontonados con sus ojos no solo es un nombre, un rostro conocido para las ceremonias de premiación y una poeta llena de experiencias y relatos por contar, sino también un remanente de una de las generaciones más importantes para la cultura uruguaya.

En su vida no solamente conviven su Generación del 45, sino también la de los españoles del 27 –influenciados por Juan Ramón Jiménez, quien visitó algunas veces a los miembros del 45– y la cercana influencia local de la Generación del 900, con José Enrique Rodó, Horacio Quiroga, Emilio Frugoni, Delmira Agustini y María Eugenia Vaz Ferreira como baluartes.

Su vuelta a Montevideo, que visitó de forma muy esporádica durante los últimos años, la sorprendió con un homenaje en el colegio Elbio Fernández, del que se mostró extrañada porque su pasaje por la institución fue bastante breve, según cuenta. Montevideo, además, la recibió con calles renombradas, teatros reconstruidos y muchas invitaciones a eventos, entre ellos, la feria del libro de San José y la de Buenos Aires, una de las más importantes del continente.

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Ida Vitale en su homenaje en el liceo Elbio Fernández
Ida Vitale en su homenaje en el liceo Elbio Fernández

El disparador de una vida

Para Ida Vitale fue fundamental no entender para entender. Lo que parece un trabalenguas sin sentido es el punto –difuso, según ella– donde comenzó una vida dedicada a la literatura y más precisamente a la poesía. Un "poemita" de Gabriela Mistral, recitado por una profesora practicante durante sus primeras horas de liceo, quedó dando vueltas en su cabeza durante años. Si bien no recuerda el título de aquella obra, sabe bien que la marcó de por vida. Se le nota en la voz.

"Nunca se sabe en qué momento a uno le despierta el interés o la pasión por algo. Lo de la practicante fue lo que despertó la poesía en mí. Me llevó dos años entender el poema, porque tenía una serie de elementos en su construcción que no eran habituales y me llamaban la atención. A veces no entendés y decís: '¡al diablo!'. Pero la duda generalmente termina despertando algo", dice Vitale.

Casi sin dejar reposar la última frase, la escritora, profesora, traductora, crítica literaria y ensayista comienza a pintar el lienzo de su infancia, de sus antepasados italianos, de un entorno que, aunque muy literario, fruncía el ceño cuando surgía el nombre de Delmira Agustini en el almuerzo. Aún así, tanto Agustini como María Eugenia Vaz Ferreira –que era a su vez amiga de la familia– y Mistral fueron parte de sus lecturas en aquellos primeros años.

"Los grandes referentes suelen ser casualidades. Uno lee un autor y en un momento tiende a pensar que eso que leyó es lo único, que es una maravilla. En casa había libros de Delmira, de María Eugenia, había mucha poesía uruguaya".

Pese a la influencia hogareña, Vitale optó por una carrera universitaria más tradicional y comenzó a estudiar derecho. Creía que la poesía no podía ser el eje de su vida. Se equivocó.

En su casa, Vitale escribía y ocultaba los resultados. En una familia pragmática como la suya, uno debía dedicarse a una profesión redituable económicamente. "A un gran escritor le estaba todo permitido, pero primero había que llegar a eso", cuenta. Por ello se inscribió en la Facultad de Derecho, que después de dar algunos exámenes libres abandonó seducida por la Facultad de Humanidades de Carlos Vaz Ferreira.

"La universidad de Vaz Ferreira eran 'estudios libres y desinteresados'. Era amor a la literatura. Y aunque tampoco la terminé, hacía lo que me gustaba. O sea, tenía un espíritu muy vazferreiriano", dice con una sonrisa tímida, que apenas le marca las arrugas.

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El mundo se abre

Cuando México tocó la puerta de su vida, Ida Vitale ya había vivido bastante. Era 1974 y el ambiente en Uruguay era otro. Ejercía como profesora de literatura, y además de tener varios textos ya publicados, había escrito en Marcha, en el diario Época y en algunas revistas de circulación semanal. Pese a que nunca fue militante política, la dictadura terminó por empujarla fuera de fronteras, más por precaución que por otra cosa. Para ese entonces ya se había casado, primero con el crítico Ángel Rama, con quien tuvo dos hijos, divorciado y vuelto a casar, esta vez con Fierro y para siempre.

Vitale recuerda que se enteró de su viaje por otra persona, que a su vez le comentó que el embajador de México se lo había anunciado. Ese diplomático era Vicente Muñiz Arroyo, quien asumió el cargo en 1974 y auxilió a varios uruguayos a exiliarse. Muñiz Arroyo le consiguió una beca a Fierro para dar clases en una universidad durante seis meses, y pasado ese período fue contratado de forma permanente.

En México, Vitale se encontró con un país sumamente abierto a los extranjeros, que la llenó literaria y espiritualmente y en el que vivió algunos de sus mejores años. Además, allí conoció al que define como su gran maestro: Octavio Paz. Tan buena fue su relación con el país que Vitale se encuentra en la etapa final de un libro que recopila aquellos años y que se llamará, por el momento, como el edificio donde el matrimonio vivió en aquel momento: Shakespeare Palace. "Los años de México fueron una locura. Recorrí mucho y descubrí que es inagotable". Su cariño por el país norteamericano queda en evidencia cuando lo menciona, cuando recorre con su memoria sus pueblos y sus selvas, y mientras se pierde en esos recuerdos, que la emocionan y la hacen explicar cada detalle de las culturas con las que se encontró allí. Los Olmecas, los conquistadores españoles, las costumbres fúnebres mexicanas. Su enclave en Malvín pronto se convierte en un rinconcito más de aquel país que dejó atrás hace tantos años.

Uruguay, otra vez

Con el fin de la dictadura, ambos volvieron a Uruguay y Fierro fue nombrado director de la Biblioteca Nacional. Pero el desorden que los militares habían dejado en la institución era demasiado y luego de que esto acarreara varios dolores de cabeza para el matrimonio (y algunos problemas médicos para Fierro), decidieron emprender la retirada una vez más. El destino, en este caso, fue Estados Unidos.
El país no era desconocido para ellos, ya que durante su estancia en México habían cruzado la frontera en contadas ocasiones. Con algunos contactos en el bolsillo, el matrimonio eligió a la ciudad de Austin como su nuevo hogar.

Allí, Vitale continuó con su trabajo como traductora, al tiempo que sus textos se colaban en numerosas premiaciones internacionales. En Texas encontraron la ciudad que los acogió como los dos talentos que eran, y que los mantuvo bajo su cuidado hasta el final de los días de Fierro, cuando Vitale, ya viuda, decidió volver a Montevideo.

Ida Vitale es hoy considerada como una de las grandes poetas latinoamericanas, a la par y heredera de las mencionadas Vaz Ferreira y Agustini, pero también de sus contemporáneas como Idea Vilariño, con quien comparte numerosas anécdotas.

Algunas de las tantas obras que publicó durante su carrera fueron Luz de esta memoria (1949), Elegías en otoño (1982), Paz por dos (1994) –que escribió junto a Fierro– y Reducción del infinito (2002).

Sus grandes inquietudes estilísticas apuntan generalmente a la forma y construcción del lenguaje, interés que heredó de sus épocas estudiando leyes. "No me arrepiento de esos años, porque si bien no me dejaron un espíritu jurídico muy útil, sí me dispararon una preocupación por el lenguaje, algo que se mantuvo después", dice.

Hurgó en diversos estilos de poesía, pero para ella el soneto siempre fue su gran interés estructural. El formato –que consiste en una poesía de dos cuartetos y dos tercetos– plantea una restricción que a ella continúa fascinando. "Me encantaba y me encanta escribir sonetos. Tiene que ser algo muy perfecto para que tenga sentido. Lo que uno pierde en libertad, lo debe ganar en perfección", apunta.
De todos modos, cree que de alguna manera la poesía llegó a contaminarse por agentes "externos". Casi a modo de recriminación, la escritora considera que a veces se le achacan significados y sentidos innecesarios, que no son obligatorios y que terminan por perjudicar su llegada a los lectores. "Se le exige a la poesía que sea comprometida, que sea poesía social. La política también echa mucha mano de ella, por ejemplo. Pero eso no es lo esencial. ¿Acaso Shakespeare es quien es porque escribía contra un rey que no recordamos o porque escribía muy bien?", se pregunta.

La referencia al bardo más relevante de la historia va acompañando la caída del sol de esta tarde de setiembre. La última voz del 45 también empieza a callar. Las anécdotas que involucran a Octavio, María Eugenia, Idea y los textos de Delmira dan paso a reflexiones sobre el poder de la lectura, de su influencia en el lenguaje.

"Tiene que haber una conciencia del lenguaje que te viene fundamentalmente de leer. De leer mucho y de leer cosas muy variadas, hasta que das con algo que te cambia, que te transforma", dice, mientras aquel poema de Gabriela Mistral, el que la tuvo pensando un par de años en el liceo, regresa tácitamente a la conversación. Está claro que, para ella, comenzó con ese poema que la cambió, que disparó algo que, poco a poco, la fue situando en el cuadro más importante de la literatura latinoamericana.

Octavio Paz, el maestro

Una de las influencias más grandes de Ida Vitale, y también su gran maestro, fue Octavio Paz. El reconocido poeta mexicano la conoció a ella y a su marido en México, durante los años que vivieron exiliados. El encuentro se organizó por intermedio de un primo de Fierro, que conocía a Paz y estaba en aquel país. Luego del encuentro, y después de que Vitale le presentara algunos de sus escritos al poeta, comenzó a trabajar en Vuelta, la revista que él dirigía y que fue una de las más relevantes del ámbito político y cultural durante esos años en México.

"Le llevé algunas cosas que tenía escritas y se las dejé. Al otro día lo fui a ver y lo primero que me dijo fue: 'Me dijeron que tenía cosas mejores que estas'. Entonces las quise agarrar pero no me dejó. 'No dije que no iba a publicarlas', me dijo. Entendí y me fui. Y ahí arranqué en la revista", recuerda.

Según Vitale, Paz siempre tuvo con ellos una "actitud muy generosa", y significó "la acogida, el apoyo moral" y una "lección de trabajo y de valentía en dos patas".

A Paz se lo considera como uno de los poetas más influyentes de la literatura hispánica, y fue distinguido con varios galardones de peso, entre ellos el Premio Nobel de Literatura en 1990. Paz murió el 19 de abril de 1998 en Ciudad de México, a los 84 años.

La Generación del 45

La Generación del 45 está compuesta por algunos de los nombres más relevantes de la literatura uruguaya, entre ellos Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti, Idea Vilariño, Líber Falco y, claro, Ida Vitale. Sin embargo, a Vitale no le gusta el término. “Esas son simplificaciones que hacen los críticos, agrupaciones para mayor comodidad. La generación es en última instancia un registro de los que vivieron en una época. Cada uno padece y celebra esa época de una manera distinta, y eso no da unanimidad”, explicó Vitale. “Los seres humanos no son plantitas que les pones la misma agua, la misma semilla, el mismo sol. No es un molde”, agregó.

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La Generación del 45, en una de las visitas de Juan Ramón Jiménez; Vitale está en el centro
La Generación del 45, en una de las visitas de Juan Ramón Jiménez; Vitale está en el centro

Sobre su obra. Si bien Ida Vitale es conocida principalmente como poeta, se destacó tambien en el ámbito del ensayo, de la crítica literaria y del periodismo cultural.

Distinciones.
Vitale ha sido premiada con algunos de los galardones más importantes de la poesía hispánica. Entre los más destacados se pueden nombrar el Premio Internacional Alfonso Reyes (2014), el XXIV Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2015), el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca (2016), y el último: el Premio Max Jacob (2017).
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