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Jorge Nasser y la vuelta de Níquel: "Nunca me consideré un rockstar"

El músico repasa el impacto que la banda tuvo en el rock uruguayo, la relación con el resto de la escena en los años 1990 y las razones por las que hizo público su apoyo político al Frente Amplio

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07 de noviembre de 2020 a las 05:03

La campera de cuero estaba guardada. Quizás para siempre. El viejo parlante Marshall quedó en el living de su casa, vacío, guardando cosas viejas. Jorge Nasser no quería saber nada con el rock. Estaba harto. Era el momento de meterse de una buena vez con la milonga y el folklore.

En 2015 preparó el espectáculo Nasser 3.0, con el que celebraba sus tres décadas de trayectoria. Ahí, al repasar su carrera, se volvió a topar con el rock. Y como dice el dicho, cenizas quedan. Volvió el rock, volvieron las ganas de tocar. Y para Nasser, rockear es Níquel.

La vuelta de Níquel a los escenarios no fue un momento de iluminación. Fue un proceso lento y gradual que empezó en 2011, cuando los integrantes de la banda, formada en 1986 y disuelta en 2001 se juntaron para una muestra que celebraba los 20 años de la canción más célebre del grupo, Candombe de la Aduana. Ese fue un reencuentro puntual, y en ese momento fue suficiente. Pero luego de que Nasser retomara su conexión con el rock como intérprete, los encuentros con sus viejos colegas empezaron a incluir en las conversaciones, de forma muy tímida, la posibilidad del retorno, que se concretará oficialmente este 7 y 8 de noviembre en el Auditorio Adela Reta, aunque ya hubo shows que sirvieron para probar motores.

En el living de su casa, el músico de 63 años explica que “fue como una de esas novias que uno conquista de a poquito. Fue un ‘vamos a probar’. Y sigue siéndolo. Primero ellos tocaron como invitados en mi show en Movie en noviembre de 2019, un par de canciones, y estuvo bien. Después tocamos en Magnolio. Y así fuimos, como quien prueba el agua. Primero con el pie, después hasta las rodillas. Y ahora ya estamos hasta el cuello”.

¿Para volver a tocar rock tenías que hacerlo con Níquel?

Níquel es para mí un lugar donde rockear. Es mi banda. La otra opción era elegir unos rockeros y armar una banda. Pero me pareció más caprichoso eso, menos natural y más forzado, que decirles al resto por lo menos que estaba afín a juntarme. Los que estuvieron afines se prendieron. Fue un proceso largo y lindo. Me deja muy tranquilo de que es lo correcto. Porque a veces no estás seguro de que lo que estás haciendo está bien, pero a vos te gusta, pero no es el caso. 

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Con Nasser subirán al escenario tres viejos compañeros de ruta: el baterista Roberto Rodino, el percusionista Wilson Negreira y el bajista Pablo “Pato” Dana, además de invitados que también fueron parte de la alineación de Níquel, como Estela Magnone. La ausencia más notoria es la del guitarrista argentino Pablo Faragó, fundador del grupo junto a Nasser.

“A Pablo ya en 2011 cuando hicimos aquello le costó. Como era algo entre nosotros lo hizo, pero no estaba para una vuelta, no estaba para meterse en una banda de rock, o al menos no en una como Níquel. Se metió en otros proyectos, pero tiene la mejor con nosotros, nosotros la mejor con él y la puerta siempre abierta. De momento está Gonzalo De Lizarza ocupando su puesto y lo está haciendo muy bien. Y hubo cosas destacables, como que Pablo le mandó un mensaje para felicitarlo y decirle que toca fenómeno. Eso está bueno, es un gesto que lo pone como lo que fue, un gran tipo y un gran guitarrista”.

¿Qué es Níquel para vos?

Níquel es la nave, el viejo bombardero B-52 con el que tiraba mis bombas creativas, con el que elegí tirarlas a partir de 1985. Tiene un valor. Pero en realidad es raro porque es evidente es 2020 también. Es el nombre y son el 90% de los integrantes, pero es todo tan diferente. El cancionero está vigente y es parte de lo que nos enamora del proyecto, y lo demás está todo para escribir. Lo demás es un pizarrón en blanco. 

¿Cómo fue el primer ensayo, y volver a tocar esas canciones con ellos?

Me parece que esas cosas son re saladas para uno. Es ese tipo de expectativa que tenés cuando algo te re importa y sabes que a nadie más en el mundo. No tiene una referencia con el afuera. Se sintió una gran curiosidad y una responsabilidad. Pero inmediatamente el Pato empezó a pegar sus aullidos y ya volvió todo. Fueron 15 años tocando juntos, con algunos un poco menos, pero es mucho tiempo y son experiencias que te marcan mucho las de estar en una banda. Supongo que si Mick Taylor volviera a los Rolling Stones sería fuerte y al rato ya estarían conectados de vuelta. 

En el documental El camino de siempre, decís que tenías un control “estalinista” de Níquel. ¿Eso se repitió ahora?

No, hubo una glásnost (risas). Se cayó el muro. Por ahí el muro se cayó en 2011. Deconstruir ciertos liderazgos compulsivos, o que tenían un grado de compulsión hacia los demás jamás lo podría haber hecho así. Ya no soy la misma persona. No soy capaz de hacerlo, me aburre decirle a alguien lo que tiene que tocar. Pero en aquel momento era algo que me parecía de orden, que todos supieran lo que yo pensaba que tenían que tocar. Había una vigilancia muy estricta de las canciones y los arreglos. Lo compartíamos con Pablo y con Pato también. Había una construcción ideológica también, una cosa de Khmer Rouge, los bajeos tienen que ser una mezcla de Paul McCartney y Bill Wyman, las guitarras blues rock a lo Stevie Ray Vaughan o Los Lobos, siempre interpretando esas claves de la historia del rock, de esas raíces. Nosotros nos basamos mucho en la referencia del rock anglo. 

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Esas referencias no las compartían todos sus colegas en el momento de mayor popularidad de Níquel, que durante su existencia ocupó un lugar peculiar dentro de la escena rockera uruguaya. Durante los primeros años de la década de 1990, a lomos de canciones como Candombe de la Aduana y de discos como Buena Caballo!, la banda se consolidó como una de las más populares de la música uruguaya. Llenaban Teatros de Verano, sonaban en MTV, innovaban haciendo espectáculos acústicos o sinfónicos. Pero al mismo tiempo, sus colegas rockeros los miraban con recelo.

En el libro Nos íbamos a comer el mundo de Kristel Latecki, el periodista cultural Gabriel Peveroni señala a Nasser como un “desclasado” dentro del mundo del rock uruguayo de esos años. “Tenía unos años más, sabía tocar la guitarra mucho mejor que todos y tenía el blues, que para la generación del punk, el blues era una mierda. Entonces el pobre Nasser se ligó una guerra absurda de parte de un público que no lo respetó”.

En ese mismo texto, otras figuras de la música y de los medios reconocen que, en ese momento, a Níquel no se lo consideraba parte de la movida. Tocaban en la televisión, usaban ropa colorida, apelaban a otras influencias musicales, firmaban autógrafos, tenían ¡dos! Clubes de fans. Eran unos vendidos. De hecho, cuando tocaron en la previa del show de los brasileños Titas, les tiraron monedas. Una le pegó a una de las guitarras más queridas de Nasser, que todavía guarda como un trofeo.

El tiempo pone distancia, y resignifica hechos. Hoy, con el paso de las décadas, se nota otra postura hacia Níquel, a la que se le reconoce, por ejemplo, haber sido pionera en el nivel de profesionalismo y en el alcance internacional de su música. 

¿Sentís que hoy se respeta más a Níquel? ¿Qué hay un prestigio ganado, una marca establecida?

Si, lo noto. Y lo puedo atribuir a eso que decía antes, a que estábamos interpretando un montón de claves que por ahí no eran la moneda corriente del rockero, incluso de los oyentes de rock de ese momento. Creo que eso está presente, de ahora decir "estos locos junaban", y por eso me parece que las canciones son el salvoconducto ideal, porque tienen eso, el puente de Gusano Loco tiene esa cosa beatlera, de Sgt. Pepper's, y siempre estábamos hablando de eso. Y mismo los nuevos rockeros, que de una forma más o menos clara fueron mandando el mensaje de que habíamos sido referencia, de una forma u otra. 

Hicieron cosas que en ese momento eran raras para el rock uruguayo, pero que hoy pueden ser vistas como pioneras.

Sin dudas que un poco nos tocó ese momento. Si me dieran a elegir, preferiría tener 20 años menos y contar con todas las herramientas que hay ahora. Pero me tocó estar en ese momento y también fue muy efervescente. Nuestro pasado fue muy adrenalínico. No fue una trayectoria aburrida (risas). A pesar de que había una cierta soledad, porque en algún punto éramos los primeros. Nos basábamos un poco en lo que pasaba en Argentina, pero allá también estaban empezando, Calamaro estaba haciendo El salmón. Nos tocó ese momento, lo vivimos a mil, y ahora vamos por más. A ver qué pasa con unos rockeros veteranos, a ver que sale. 

¿Cómo se llevaban ustedes en ese momento con el hecho de que tenían el reconocimiento popular pero sus colegas rockeros les daban la espalda?

Éramos recontra conscientes y nos hacía sufrir. No le encontrábamos una razón, más allá de una súper subalterna para los otros que era que les daba envidia lo que estábamos viviendo. No podíamos entender desde que otro ángulo se nos podía criticar. El "no me gusta" es otra cosa. Ahora ya generar esa militancia en contra tenía que ver con la pequeñez de nuestro mercado y de la estrechez mental del rock. El rock no estaba preparado. Alguien tenía que romper con el gueto, alguien tenía que comerse esa comida, y nos tocó a nosotros. Nosotros también éramos parte de ese sector, yo tocaba con Jaime Roos y sabía la estatura artística de la propuesta de Los Tontos, por ejemplo. Pero claro, hicimos una ruptura también, que fue muy importante, porque el rock era una cosa muy machista, entonces era un Club de Tobi. Y de repente nuestro público empezó a ser de ambos sexos, teníamos un ingrediente de atracción sexual por ahí que ya era el colmo, un "no te hagas el lindo". Eran garrones que nos íbamos comiendo por estar en ese tiempo y en ese lugar, y hacer lo que nos parecía hacer. Teníamos dos clubes de fans, que tenían pica entre ellos. Eso creo que también te pinta la realidad de los 90, una realidad un poco áspera con todo: con la primera marcha de la diversidad, o con la primera reunión. Pero era un destape. Y como tal, tenía todos estos episodios de pueblo chico.

¿Los enojaba esa postura de sus colegas?

Nos dolía más que enojarnos. Y cuando uno está dolido se pone a la defensiva. Creo que de algún modo nosotros nunca pudimos gestionar bien eso. Porque no entendíamos por qué venía, y en el fondo éramos medio mimosos. Alguien nos tendría que haber dicho "loco, es parte del juego, bancátela". Que nos la bancábamos, pero al final, en 2001, entre la crisis y todo, ya era demasiado. Cuando nosotros dejamos de tocar no sacamos ni un comunicado, y eso fue por el desgaste. Nos cansamos de tirar del carro y de que encima desde nuestro lado nos apedrearan a veces. Éramos rockers que nos habíamos hecho de abajo, y la validación de la grey nos importaba, como a cualquier ser humano. 

¿En Uruguay rechazamos lo pop?

Cuando recibí el otro día el premio Graffiti (a Mejor single Pop), fue con una canción re pop, un homenaje a los Beach Boys, una sonoridad pop. Podía haberlo traído al repertorio de Níquel y no lo hice porque era demasiado pop, incluso para Níquel. Creo que entre las tantas virtudes que tiene nuestra música, uno de los pocos defectos que tiene es no abrirle los brazos del todo al pop. De la cultura anglo le hacemos reverencia a todo, incluso a cosas que ellos no le hacen tanta reverencia, como a The Cure, que tiene un costado pop. No tenemos el ojo para el pop, para disfrutarlo. Warhol acá se hubiera muerto de hambre. Para mí el pop es casi lo opuesto a como es percibido acá. Algo pop es algo muy difícil de hacer y algo muy art. Confundir el pop con Christina Aguilera o incluso con Madonna, que ya son palabras mayores, es no entender que es el pop. Si entendiéramos más que es el pop, creo que nuestra cultura ganaría mucho. 

Se dice a veces que en Uruguay se le pega al que le va bien. ¿A Níquel le pasó eso?

Eso es generalizado, le pasa a los jugadores de fútbol, a las bandas grandes de ahora. Creo que eso igual se ha ido atenuando, ya no es unánime, hay una militancia pero es un núcleo duro mucho más pequeño que el de antes. Ahora al que le tenía que ir bien le va bien. Creo que es una cosa más generacional. Está como esa bandera de decir "no se le da bola a los jóvenes", pero es más un cliché para quejarse. Porque se le recontra da bola a los jóvenes. No se le daba bola en la época que nosotros éramos jóvenes. No se les daba bola en serio, te mandaban en cana, había razzias y si te agarraban con una botella de cerveza por la calle te daban unas trompadas y te empujaban un poco. A Niña Lobo o a La Mujer Pájaro, grupos que me encantan, se los trata mucho mejor que a cualquier banda que empezaba en aquel momento. 

¿Es igual hacer rock ahora que hace veinte o treinta años?

No es lo mismo, ahora es bárbaro hacer rock. Son otros desafíos. Esos 20 años han pavimentado mucho de gestión, de aprender a gestionarse. El mundo cambió mucho, es muy difícil ser original, pero hay cantidad de cosas que están buenísimas. Para empezar, que es un género aceptado. Así como a la generación del 45, a Benedetti e Idea Vilariño, no les gustaba el Carnaval, a la generación de intelectuales post-dictadura, o resistentes de la dictadura, no veían bien al rock. Éramos los jóvenes alienados. Y ahora el progresismo no puede vivir sin el rock, lo tiene en la columna vertebral. What a change. Pero me gusta jugar ese papel de senior, creo que lo vamos a ocupar bien. Somos jugadores que les sigue gustando y estamos en la liga senior. Creo que en el fondo es como volver a los orígenes, que hacíamos las cosas que nos gustaban y porque sí. Vamos a tocar porque sí, y la gente nos va a ir a ver porque sí. Y eso está bueno. 

¿Te considerás un rockstar?

Nunca me consideré personalmente rockstar. Pero entiendo lo que quieren decir cuando dicen que era un rockstar, o parecía un rockstar, o tenía actitudes de rockstar. Puede ser, sí. Era parte del juego también. Porque el rock es una música muy especial, es una cultura. Entonces ser star, eso de brillar, está bueno. "Brilla tu, diamante loco". Está intrínseco en la cultura del rock. Vos ocupás ese lugar, había un lugar para ocupar. Ahora también hay tipos que son rockstars: para mí Emiliano Brancciari es un rockstar, o el Enano (Sebastián Teysera, de La Vela Puerca), o el cantante de Once Tiros (Pablo Silvera). Y otros que están en el under pero sabes que son rockstars. Capaz que en nuestra época lo que pasa es que nos veían bajar de un remise a hacer una nota y era una novedad. Y eras un rockstar. Marchaste. Cuando cruzabas a Argentina era algo más normal. 

Cuando se disolvió Níquel te alejaste del rock. ¿Fue por cansancio o por una cuestión de poder meterte con géneros que te gustaban y hasta entonces no habías podido?

Era el momento de ponerme a explorar esos géneros que me gustaban. Me quería ir corriendo del rock, de la gira, el disco, el clip, la lógica de la industria del rock. Estábamos hartos. El sueño de la globalización a favor de los artistas de las pequeñas aldeas se deshizo, era esa cosa de los 90 de "ahora llegamos a cualquier lado", pero los únicos que llegaban a cualquier lado eran los que venían de los centros de poder comunicacionales. Lo que pasó con la globalización fue que los de Miami nos vendieron la música de ellos, nosotros no le pudimos vender nada. Por eso cuando hablan de la democratización de los medios que trajo la globalización hay que tener cuidado, porque eso esconde una mentira. O hay otro relato: vos podés hacer un disco en tu casa, pero mientras no aparezcas en la playlist de Spotify no va a pasar nada contigo. No cambió nada, al contrario, el poder se concentró más. Pero bueno, una de las cosas que el rock sabe que no va a poder hacer es cambiar el mundo. Y a mí me pareció que cuando me metí con la milonga estaba tomando una bandera que era buena artísticamente y positiva para la cultura uruguaya. Sentí que hasta ese momento la cultura y la sociedad uruguaya me habían dado un montón, y yo le había dado lo que se me cantaba el culo. Pero esto ya era una cosa más de "me estoy metiendo con la milonga, a la que estoy tratando de renovar, de llevarlo de la estación donde había quedado". A Zitarrosa él le gustaba el flamenco entonces traté de conectarlos o de electrificar la milonga. De tocar con los tipos de verdad, de comerme un asado con los gauchos. Fue una cosa medio antropológica también, medio sociológica para mí. Me hizo mejor persona. Supongo que también dejó un songbook, una docena de canciones decentes, pero más que nada me cromó como artista. Me siento más artista después de eso.

En los últimos ciclos electorales, Nasser se manifestó públicamente a favor del Frente Amplio. En su juventud fue militante comunista, lo que lo llevó a exiliarse en Buenos Aires durante la dictadura. Allá, influenciado por la contracultura liderada, entre otros por los integrantes de Los Redondos y por Enrique Symns, se alejó de la política.

¿Qué te llevó a hacer pública tu elección política?

Como yo ya tenía un largo tiempo en los escenarios sin tomar una definición política a mucha gente la tomó por sorpresa. Pero decidí, solamente, expresarme como ciudadano. Cuando manifesté mi adhesión al Frente Amplio lo hice sin tener ninguna militancia. Cuando fui joven la tuve, pero no era músico, no era artista, era un militante cualquiera. Después me aparté totalmente de esas ideas, tuve mi caída de muro, no creí más en eso. Creí en el rock. Pero, ¿Qué pasó? Pasaron los años y la verdad es que los gobiernos progresistas trajeron un avance económico. La gente la empezó a pasar mejor, hubo mayor distribución de la riqueza. No es complicado lo mío, soy muy básico. Dije, "estoy grande y voy a votar eso", y no mucho más. Y otra cosa, participo en política y participé en ese sentido porque tengo muchos amigos que tienen otras ideas, que no votan al Frente Amplio y no les interesa, y son recontra amigos míos. Y eso no quiero que se pierda, porque el discurso de odio es algo super maléfico para la sociedad. Mi mayor aporte es decir que voto al Frente pero tengo en Twitter al presidente de la República, y lo conozco y me parece un loco crack, me cae simpático. No vayamos por la vida con lentes de un color político viendo a todo el mundo porque te vas a perder un montón de pedazos de la película que están buenísimos.

¿Te perjudicó hacer público tu apoyo al Frente Amplio?

No demasiado, porque es lo que trato de mostrar. Alguno dirá "no llevemos más a Nasser", alguna intendencia, pero no sé, justo vino la pandemia, así que no lo pude comprobar todavía. Hay gente que dice que apoyo al Frente porque me bancan. Nada que ver. Al revés, terminás poniendo. Pero eso te pasa con todos los partidos. A la larga todos los políticos te van a usar a vos. Es parte de lo político, te pide tu voluntad. Si no querés ser usado, no hagas política. 

¿Cómo ves el manejo que hizo el gobierno actual del impacto de la pandemia en la música? ¿Fue suficiente?

Si y no. Hay otro gobierno, con otras prioridades, otro talante, otra raigambre política. En un montón de cosas han hecho las cosas bien, y en otros se quedaron cortos. Ahí me parece que ya es una cosa más de personas. Por más que haya otro signo político, una vez más se designa a autoridades de cultura a gente vinculada con el teatro, siendo que la música mueve muchísimo más dinero, tiene más cantidad de gente involucrada, mueve más público, genera más laburo, por el lado que sea. Me parece que cuesta advertir cuales son las necesidades de la gente de la música. Creo que a los grupos y a las entidades más grandes no se los atendió durante este tiempo y se lo tuvieron que fumar solos. Pero todavía se está a tiempo para de ambos lados escuchar necesidades y colaborar. Se necesita escuchar, abrir más los aforos y abrir más la cincha, aunque por otro lado el coronavirus está empezando a circular más comunitariamente. Pero bueno, en esa negociación vamos a estar al menos uno o dos años más. 

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