6 de agosto de 2017 5:00 hs
Por Kimiko De Freytas-Tamura, New York Times News Service

En el Congo lo están llamando le glissement. En español significa "el deslizamiento" y se refiere a la posibilidad de que no se convoquen elecciones mientras el presidente Joseph Kabila se las arregla para extender un gobierno de 16 años que lo enriqueció junto con sus allegados, aunque hizo muy poco por los ciudadanos.

Se suponía que el impopular Kabila, de 46 años, dejaría el poder el 20 de diciembre cuando finalizaba su segundo período presidencial, tal como lo establece la Constitución. No obstante, se negó a hacerlo, lo cual desencadenó una profunda crisis política y económica que podría terminar en caos y violencia.

Un estallido civil en Congo, un país casi del tamaño de Europa del Este, podría desbordarse y afectar a las nueve naciones limítrofes. A fines de la década de los 1990, los países vecinos fueron afectados por lo que se convirtió en la gran guerra de África, un conflicto bélico que causó la muerte de millones de personas.

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Una figura clave en ese conflicto fue Laurent-Désiré Kabila, el padre del presidente, quien llegó al poder en 1997. Joseph Kabila se convirtió en el líder del país en 2001, después del asesinato de su padre.

En días recientes, el ambiente era tenso en Kinshasa pues los habitantes se preguntaban si Kabila honrará el pacto que le permite conservar sus funciones hasta el final de este año mientras el país se prepara para las elecciones.

En diciembre, un influyente grupo de obispos católicos, la Conferencia del Episcopado Nacional del Congo, negoció un acuerdo para establecer un gobierno transicional que convocara elecciones al final de este año. Desde entonces, Kabila reestructuró su gabinete y eligió a una importante figura de la oposición, Bruno Tshibala, como primer ministro.

Sin embargo, el calendario de los preparativos para la elección no se cumplió. En una entrevista reciente con un periódico alemán, Kabila declaró que en el pacto de diciembre "no había prometido nada". La comisión electoral intensificó la sensación de incertidumbre al afirmar que probablemente sería imposible celebrar a tiempo los comicios, debido a la falta de fondos y a disturbios.

Los diplomáticos que participaron en las negociaciones opinan que el tiempo se acaba y las oportunidades para negociar la salida pacífica de Kabila disminuyen día a día.

El Congo es extraordinariamente rico en recursos naturales. Es el productor de cobre más importante de África y una fuente vital del cobalto usado en las baterías recargables y teléfonos inteligentes. Tiene grandes cantidades de diamantes, oro, petróleo, madera y uranio. A pesar de todo eso, la economía se desploma.

La lista de desgracias que enfrenta el Congo, un país que nunca experimentó una transición pacífica de poder, va más allá de lo económico.

Una guerra civil entre tropas gubernamentales y los opositores de Kabila se propaga en el centro del país, donde fueron descubiertas unas 80 fosas comunes desde el año pasado y más de un millón de personas fueron desplazadas.

Dos expertos de las Naciones Unidas que fueron enviados para investigar fueron asesinados en marzo.

Actualmente, la violencia se extendió a la capital Kinshasa. Recientemente, un grupo de hombres atacó Le Grand Marché, un popular mercado, donde mataron a tres agentes de policía. También encontraron degollado al administrador del mercado, que era partidario de Kabila.

La aversión hacia Kabila es tanta que algunos de sus compatriotas recuerdan con cariño a Mobutu Sese Seko, un antiguo dirigente del país conocido por reprimir despiadadamente a sus oponentes y su insaciable apetito por los lujos, los cuales pagaba con una corrupción a gran escala.

A diferencia de Kabila, Mobutu aparecía en público y daba conmovedores discursos.

La situación empeoró tanto que se escuchan rumores de un golpe de Estado en los círculos diplomáticos e incluso en el propio partido de Kabila, la Alianza para la Mayoría Presidencial.

Kabila disfruta de la protección de su formidable guardia presidencial, un ejército personal compuesto por 40.000 miembros que ejecutan brutales medidas de represión bajo sus órdenes.

Además, el presidente dividió hábilmente a la oposición, debilitada por la muerte este año de Étienne Tshisekedi, líder durante 40 años de la resistencia en contra de tres presidentes: Kabila, su padre y Mobutu, quien orquestó un golpe de Estado cinco años después de lograda la independencia de Bélgica en 1960 y fue depuesto por Kabila padre en 1997.

Meses antes de la muerte de Tshisekedi, Kabila propuso un puesto ministerial a su médico personal.
Los críticos opinan que fue una artimaña para vigilar la salud de Tshisekedi y explorar formas de extender su régimen.

Los mismos obispos católicos que intentaron negociar el pacto hicieron un llamado sin precedentes a que el pueblo "se levante" contra el gobierno.

Cuando asumió en 2001, Kabila era considerado una esperanza para el país: atrajo inversiones y firmó un tratado de paz con distintos países vecinos luego de una guerra devastadora.

Sin embargo, quiénes lo conocen bien, afirman que Kabila amasó tanta fortuna que no quiere irse, pese a las consecuencias sociales que su decisión pudiera generar.

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