Es uno de los espectáculos que cosechó más espectadores en estas vacaciones de julio. No cualquier pieza teatral infantil es capaz de llenar la sala principal del Solís (con más de 1.000 butacas) todos los días de la semana, algunos en doble función y encima tener que realizar cuatro nuevas presentaciones por tener sus entradas agotadas.
Kohi se convirtió sin dudas en un éxito de taquilla, pero no por ello está exento de debilidades.
La nueva creación de teatro negro de Pampinak Teatro (ex Bosquimanos), cuyo elenco lo conforman 16 muñecos que van desde los 40 centímetros hasta los 4 metros de altura, resulta atractivo para un acotado público infantil. Los menores de 4 años es factible que se asusten una vez que las luces de la sala principal del Solís se apaguen, requisito ineludible del teatro negro. En cambio, los más grandes encuentran la trama demasiado sencilla como para entretenerse.
La puesta gira en torno a Kone Matrak, un coleccionista de espectáculos que está decidido a mostrar aquellos que le parecen más especiales. Con esta excusa aparecen sobre el escenario varios personajes: Kohi, el único humano disfrazado, que está a cargo de dos números; Liu, un niño muñeco que juega con su reflejo en el agua; la bailarina Lejla, cuyo vestuario se convierte en un dragón; y el acróbata Onak y su mascota, una especie de apariencia agusanada que se comporta como un perro.
Más allá de la sencillez de la trama, hay que reconocer que el despliegue técnico es destacable. De los espectáculos realizados por la compañía, Kohi es el que más trucos tiene: carteles de dos metros que se pliegan como origami, muñecos que crecen mientras caminan, objetos inanimados que cobran vida, y hasta un jardín que desprende aromas (aunque con la contra de que solo resultan perceptibles para aquellos que están más cerca del escenario).
Uno de los números mejor logrados es el de Liu y el agua, que requiere para su concreción del trabajo de ocho personas en un espacio no mayor a 1,5 metros.
Los manipuladores logran trabajar con gran precisión la técnica del espejo, evitando cualquier golpe sobre los muñecos que sería fatal para terminar con la magia que despierta el espectáculo.
Otro momento lúdico y poético es cuando el vestuario de la bailarina Liu se transforma en la cabeza y en el cuello de un dragón que sale volando por el escenario.
Al igual que su personaje Kone Matrak, la compañía Pampinak se esfuerza por mostrar las nuevas técnicas que ha contemplado en los diversos destinos en los que estuvo de gira. Entre ellas, se destaca un nuevo sistema de iluminación que permite que el espectáculo sea menos frontal y de mayor profundidad escénica y una paleta de colores flúo con más matices.
En 2011, la compañía vivió dos nuevas experiencias que la hicieron madurar técnicamente. Por un lado, trabajó junto a La Fura dels Baus para dar movimiento a la muñeca de ocho metros de alto que recorrió la plaza Independencia durante los festejos del Bicentenario, y por otro, trabajó junto a Julio Bocca en el espectáculo Cascanueces.
LAS PREGUNTAS DEL PÚBLICO
¿Por qué no hablan? En la nueva puesta de Martín López Romanelli, no abundan las palabras. Más que una historia concreta, se apela a generar una experiencia óptica, auditiva y aromática diferente.
¿Son muñecos o personas disfrazadas? Hay de las dos cosas. Si bien priman los muñecos, Kohi, el personaje que da nombre al espectáculo y al que se lo ve buscar insistentemente la semilla perdida, originaria de la magia, es un actor disfrazado.
¿Cuánta gente hay detrás de los muñecos? Los manipuladores son ocho: Leonor Chavarría, Juan Noblia, Mariana Marchesano, Nicolás Parrillo, Gerardo Martínez, Fabián Principi, Patricia Mallarini y el propio director del espectáculo, López Romanelli.