Hay cura contra la irresponsabilidad, contra la ignorancia reproducida, contra la manija del “bajón”, contra el oportunismo, contra la miseria humana de aprovecharse del otro, contra los opinólogos que inundan redes con mensajes en serie, como si su aporte fuera a ser tomado en cuenta por alguien. Hay contra los que hacen preguntas que parecen “ingenuas” pero son provocaciones para conseguir una respuesta determinada, contra los que adoran desparramar imagen de catástrofe y que son caricaturas de una realidad dramática, pero no terminal.
No hay que entrar en la espiral de mala onda de “se fue todo al diablo”.
No hay que dejarse arrastrar por rencores o celos que se activan cuando menos debieran hacerlo.
No hay que caer en el desánimo general de bajar los brazos, esperando la nada.
Diego Battiste El Uruguay es un pequeño barco en medio de una tormenta, en un océano en el que hay balsas, carabelas, corbetas, cruceros, transatlánticos y portaviones, y todos enfrentan vientos inesperados, olas que no cesan y la incertidumbre sobre cómo llegar a puerto.
El capitán de la nave, la tripulación, los pasajeros, precisan que haya calma para tomar decisiones oportunas y convenientes; y en ese desarrollo, todos tienen algo para hacer, incluso cuando se trata de “no hacer nada” que obstaculice, que estorbe.
La economía uruguaya, como la de muchos países, se sacude por el impacto de un virus que obliga a detener actividades y deprime la producción, el consumo, la inversión; y que altera el encadenamiento financieros de pagos, recupero de créditos, concesión de nuevos préstamos, cumplimiento de obligaciones, y que sobre todo hace cargar al Estado una mochila cuyo costo es impredecible.
No todos los países llegan en igualdad de condiciones a enfrentar este shock, aunque la premura de atender necesidades no deja tiempo a revisar lo mal hecho antes.
Nadie tiene la fórmula para frenar el virus, como nadie tiene la fórmula perfecta para asistir a los afectados por la crisis sanitaria-económica-financiera extraordinaria.
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El mundo no llegó a su fin, ni se trata del acabose. El drama del coronavirus es un desafío inédito para los gobiernos y para la sociedad de cada rincón del planeta: es una crisis distinta a todas las conocidas, pero habrá un “día después”, y el mundo seguirá su curso. El costo no será chico, y el dolor deberá ser amortiguado con acciones concretas de los gobiernos y con demostraciones de solidaridad franca de una gente con otra, pero la vida seguirá después de esto.
Cada crisis de magnitud internacional fue inédita en su conformación, aunque cada una reconoció signos similares con anteriores, lecciones sobre formación y ruptura de “burbujas” que no fueron asimiladas para evitar recaídas. Esta es diferente a todas.
Uruguay llega con algunas coberturas, como deuda que tiene una porción relevante en moneda nacional, o los activos de reserva que son buen “colchón” financiero, o una banca local despejada de problemas de otrora.
No hay que tomar como serios los mensajes de whatsapp que replican rumores. No hay que entrar en el espiral de mala onda de “se fue todo al diablo”
Pero también llega con problemas acumulados: estancamiento productivo, caída de inversión de hace varios años, aumento del desempleo y pérdida de poder de compra de los hogares (2018 y 201), a lo que se agrega un alto y persistente déficit de la caja del Estado.
El dato divulgado el jueves por el Banco Central muestra que la economía estaba “planchada” mucho antes del surgimiento de este maldito virus, y que en 2019 bajó la producción del agro, la industria, el comercio, los servicios, la construcción, y lo único que subió fue “Transporte y Comunicaciones”, no por transporte, sino por “comunicaciones”.
El gobierno adopta medidas, cada día, y eso puede no conformar la expectativa sobre decisiones, pero siempre es mejor ir avanzando firme, que adoptar decisiones que obliguen a una marcha atrás posterior.
El presidente Lacalle Pou se expone sereno, trasmite calma, aunque eso no debe ser nada fácil. Aparte de los múltiples problemas de urgencia que derivan al Piso 11 de la Torre Ejecutiva, hay hechos y declaraciones que pegan en el ánimo. Incluso de algún socio de la coalición.
Seguro que se podrá hacer mejor, pero es fácil decirlo de afuera y es difícil pensarlo en la mesa de decisiones.
La caja del Estado, flaca y golpeada, deberá asistir a muchos uruguayos que están en la cubierta del barco y sin salvavidas, pero todo esos recursos que se destinen a amortiguar el duro golpe económico, deberán ser bien dirigidos a los que más precisan, así como a asegurar el funcionamiento de la economía general, sin caer en el facilismo de regar todo, como si el agua fuera eterna.
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El mundo da batalla contra un enemigo desconocido que es un virus de propagación ultra-acelerada, que provoca miles de muertes y obliga a detener la economía con efecto devastador en producción, consumo y finanzas de los gobiernos. Sobre todo, golpea a la sociedad entera, a las familias, y más duro a los de menores ingresos, autónomos del día a día, o con trabajos informales.
Sin vacuna disponible, la batalla es como de película de ciencia ficción, como pelear contra “el Hombre Invisible”, un enemigo que se mueve y no se ve. Se necesita mucha calma, inteligencia, responsabilidad, esfuerzo y también suerte.
Mientras, habrá que vacunarse contra la irresponsabilidad, la mediocridad guaranga de los que desparraman rumores, agitan fantasmas y se pavonean en redes. Y apoyarse en los que están dejando el alma en trabajar en este tiempo duro, que un día pasará y será pasado.