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12 de mayo 2023 - 5:03hs

Por Luis Romero Álvarez (fms.com.uy), especial para El Observador

Bella Unión fue fundada por el general José Fructuoso Rivera y enseguida se le sublevó con reclamos… viene de lejos el asunto.

A mediados del siglo pasado, enancados en la ola de sustitución de importaciones promovida en mala hora por la CEPAL bajo el comando del doctor Raúl Prebisch, germinó en nuestro país la peregrina idea de producir nuestra propia azúcar.

Siendo un país de clima templado nos dimos el lujo (carísimo) de ser el único país productor de azúcar a la vez como los países fríos (con remolacha azucarera) y como los países calientes (con caña de azúcar), obviamente en forma ineficiente de las dos maneras.

La remolacha al fin se liquidó hace décadas, después de haber molido los mejores suelos de la región de Montevideo y Canelones.

El tema de la caña tiene una historia distinta. Fue impulsada por visionarios como Mones Quíntela, sinceramente convencidos de que era una buena idea para Bella Unión y para el país aprovechar los 200 milímetros más de lluvias y algún grado más de temperatura de ese rincón para plantar caña de azúcar y montar allí un complejo industrial azucarero.

Leí sus escritos de entonces y ya advertía él sobre la inmediata necesidad de diversificar rubros y no quedar sólo pendientes de la caña.

Desde entonces hasta hoy la caña de azúcar le ha costado fortunas a los uruguayos, nadie ha hecho la cuenta que yo sepa, pero a buen cubero y como orden de magnitud yo diría que tiramos a la basura unos US$ 3.000 millones a moneda de hoy.

Para tener una referencia, montar el proyecto forestal del país (que en el peor millón de hectáreas exporta lo mismo, cortando grueso, que la soja en el mejor millón de hectáreas y la ganadería en todo el resto del país) nos costó US$ 66 millones.

Sólo los militares le inyectaron a ese pequeño rincón US$ 1.000 millones (de aquellos años) con el proyecto Verno (Vértice del Noroeste) y desde el primer día cada uruguayo ha pagado el azúcar carísima comparada con importaciones disponibles en todo el planeta.

Y a las fortunas que entregamos los uruguayos de a pie para pagar el azúcar se suman las pérdidas millonarias de CALNU, luego ALUR, en operaciones e inversiones no rentables, etcétera, que todos conocemos.

Y bueno es señalar también el obstáculo de un azúcar caro para el desarrollo de la agroindustria de dulces, galletitas, etcétera, porque, aunque se puedan conseguir permisos para importar azúcar industrial, nadie sensato invierte fuerte en un ramo que precisa un permiso del gobierno de turno para comprar un insumo clave.

Así las cosas, la caña de azúcar (y el etanol que se genera de caña y cuesta el doble que el elaborado por ALUR en Paysandú con granos) le cuesta al país unos US$ 90 millones anuales además de los sobrecostos arriba mencionados que vienen de una protección arancelaria del 35%.

Pero recordemos también que el movimiento tupamaro surgió de aquel rincón con la marcha de la UTAA (Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas) hacia Montevideo liderada por Raúl Sendic (padre), así que la caña también fue parte de la triste historia del nacimiento de la guerrilla y posterior llegada en reacción del golpe militar.

La participación del Estado en el desarrollo y sostenimiento de este cultivo fue y es equivocada: organizó la economía del cultivo en base a un igualitarismo a través del cual a los chicos les iba cada vez peor y a los grandes cada vez mejor, usando cálculos de costos de producción y precios a pagar obtenidos de promedios absurdos.

Los trabajadores de la caña, antes llamados “peludos”, siempre se quejaron amargamente de su situación y perspectivas aunque cobran en cosecha en el orden de $ 60 mil a $ 70 mil por mes, lo que atrae a trabajadores brasileños que vienen a hacer la zafra.

Estas formas nefastas de conducir el cultivo se han tratado de corregir bajo la presente gestión, pero todavía se mantienen situaciones inaceptables para cualquier observador sensato y bien intencionado.

Por ejemplo: de las 7.120 hectáreas de caña, 20 productores tienen el 50% del área, hay ocho con más de 200 hectáreas cada uno y el mayor productor tiene 460 hectáreas y migró de ser un buen arrocero a ser un buen cañero.

Claro, la caña es el único cultivo que el Estado (ALUR) financia al 100% el costo de plantación a cero tasa de interés y bonificando el costo de la semilla en 20%.

¡Gentileza de todos los uruguayos!

Qué envidia sentirán los arroceros, sojeros y demás agricultores que deben ir al banco, firmar hipotecas y prendas y pagar tasas fuertes de interés para financiar a su cuenta y riesgo sus cultivos… y todavía ese enorme caudal de subsidios que la sociedad entera le ha regalado y le sigue regalando a la caña ni siquiera permitió guardar algunos rubros para investigar, poner a punto la tecnología y abrir alternativas de reconversión inteligentes y viables para esa zona.

Por ejemplo la stevia (caa hee, planta guaraní) es 300 veces más dulce que el azúcar con cero calorías y está en su zona agroclimática correcta (para encontrar caña competitiva hay que subir más de 1.500 kms al norte); lo mismo sucede con la yerba mate (ilex paraguaiensis, también guaraní) que en  esa zona podría prosperar bien. Y son dos cultivos que duran años y requieren mucha mano de obra.

Estamos a tiempo de hacer lo correcto: focalizar ALUR en rubros viables donde los inversores privados deban entrar a su cuenta y riesgo y liberar a los uruguayos de a pie de un pesado costo que consume grandes recursos, urgentemente necesarios en otras áreas de la economía del país.

La conducción gerencial de ALUR está orientada así, pero falta la decisión política de hacer lo que hay que hacer, aunque les pese a una pequeña fracción de empresarios que tienen allí la vaca atada.

Juan Samuelle Cosecha de caña de azúcar, en Bella Unión.

 

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