4 de diciembre de 2013 9:36 hs

En los dibujitos animados a los personajes les suceden cosas que es muy difícil que les pasen a las personas reales. Sobreviven a explosiones, desmembramientos, caídas desde gran altura y todo tipo de calamidades que han ido evolucionando a lo largo de la historia, por decirlo de alguna manera.

Pero una de las desgracias clásicas es el resbalón con la cáscara de banana. Los guionistas de dibujitos vienen utilizando esta gracia desde tiempos inmemoriales, y aún en nuestros días causa el mismo efecto jocoso que antaño. Seguramente usted piense que la posibilidad de que esto le suceda a alguien en realidad es mínima, por varias razones, sobre todo en Uruguay.

En el país no se cosechan bananas, lo que no las vuelve tan comunes como en Ecuador, donde es de suponer que, por su abundancia, la gente pasa la mitad de su vida despatarrándose por el piso. Sin embargo, importamos unas 50 mil toneladas al año, lo que no es poco. Si tenemos en cuenta que el peso de una banana promedio puede ser de 140 gramos, veremos que ingresan al país bastante más de 300 millones de ejemplares al año. Un verdadero peligro potencial.

Más noticias
Pero es evidente que no todas las cáscaras tienen posibilidad de llegar a la calle. La costumbre de ingerir esa fruta en la vía pública no está demasiado extendida en Uruguay, más que nada por cuestiones de pudor.

Una señorita que pasara por delante de una obra en construcción comiendo una banana, seguramente recibiría una interesante catarata de juegos de palabras y ocurrencias de todo tipo, probablemente en desmedro de su buen nombre.

Por eso, entre otras cosas, la banana se consume mayormente en interiores, lo que por lo general conlleva a que su cáscara se deposite en bolsas de basura, a excepción de los hogares de algunos naturistas, que las guardan para hacer compost, para luego no saber qué hacer con él.

Así que la posibilidad de resbalar con una cáscara de banana en la calle es, como acabamos de probar, decididamente mínima, a no ser que usted esté dibujado y sea un animal que habla. O bien, que usted sea este cronista.

El día lunes la temperatura superó holgadamente los 30°C, y los montevideanos nos refugiamos en cuanta sombra pudimos encontrar. Mientras intentaba esquivar a un grupo de personas que se apiñaban bajo la sombra de un árbol, debí tomar por una zona de la vereda evidentemente poco transitada. Por las razones antes mencionadas, uno no anda mirando el piso en busca de cáscaras de banana; basta comprobar de reojo que lo que hay en el piso no es el producto de la digestión de alguna mascota.

Pisé con firmeza suponiendo que lo que había en la vereda sería algún envoltorio, y con el mismo entusiasmo caí al piso. Lo doloroso, como en cualquier caída en público, no es el golpe sino el ridículo. En cuanto los ocasionales observadores, que por respeto habían logrado evitar la risa hasta el momento, notaron que la caída había sido motivada por una cáscara de banana, seguramente miles de escenas de dibujos animados pasaron por sus mentes, y ya no pudieron reprimir la carcajada.

Volví a mi casa avergonzado, y con la sensación de que me había convertido en un dibujito. Hice lo que debe hacerse en estos casos, para comprobar que no era así. Me pinché varias partes del cuerpo y luego bebí un vaso de agua, para ver si el líquido escapaba por ellos. No fue así, y recuperé la tranquilidad.

Pero es de todos modos posible que, aún siendo humano, estén comenzando a sucederme las mismas cosas que a los dibujitos. Temo que se me caiga la nariz, o que intente pasar por un túnel y que en realidad no sea tal sino una pintura en la pared.

Por suerte en Uruguay no hay túneles, ni verdaderos ni falsos, y mi nariz sigue en su lugar. Lo que se me está complicando un poco es salir a la calle. Todo el mundo sabe que quien se resbala con una cáscara de banana tiene enormes posibilidades de que le caiga una caja fuerte en la cabeza. l



EO Clips

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos