Querida Magdalena:
Querida Magdalena:
esde que María activó, hace unos meses, la cuenta de correo electrónico [email protected] hemos recibido sobre todo muchas muestras de afecto aunque como es lógico tratamos de no entrar en cuestiones personales. Las cartas, en su mayoría, piden confirmación de una alusión literaria o de una cita filosófica. O sugieren algo que ilumina y mejora lo que el Bibliotecario ha escrito en una carta anterior.
Muchas de las intervenciones que el correo ha propiciado denotan un profundo interés por la poesía y un conocimiento particular de muchos poetas. Alguna vez me he sentido descubierto cuando, sin ánimo beligerante pero con firmeza, tal lector ha señalado, en las profundidades distraídas de un párrafo, citas apenas disimuladas de Walt Withman, de Rainer Maria Rilke, o de Oscar Wilde… (Por cierto, no me imagino, a la inversa, que lectores sin particulares credenciales académicas, en Inglaterra, pudieran identificar en sus cartas, Magdalena, los retazos no declarados de autores hispanoamericanos que sin duda jalonan sus cartas). Esta pervivencia, esta resistencia a desaparecer -casi diríamos- de la poesía, es un descubrimiento que llena de alegría, en medio de la crudeza de nuestra cultura meramente visual, y de la basta rusticidad (the rough rusticity) de las series y de las películas que parecen llenarlo todo con su griterío omnifrecuencial. Alegría, he dicho. Y debería añadir: profunda. Porque no existe el conocimiento poético superficial. El que se sabe una poesía (y en castellano el verbo puede hacerse reflexivo e intimo), no sólo es capaz de recitar sus sonidos, la música externa que la poesía siempre produce, sino que por lo general ha entendido la verdad profunda que el poeta ha encerrado en esa música.
Sí: la poesía es de suyo profunda. Y en ella se encuentran muchas veces, como un regalo, respuestas a muchas preguntas -incluso a aquéllas que nunca nos acordamos de formular.El estudio de los poetas constituía el contenido fundamental de la primera educación en la Grecia Antigua. Y tenía como objetivo, no solamente la formación del buen gusto, sino sobre todo la orientación moral. Los diálogos de Platón están sembrados de fragmentos poéticos -algunos también no declarados, para mi consuelo. Recordará usted las frecuentes páginas de la República en las que se debate si es conveniente o no permitir que los educandos sigan leyendo determinados pasajes de Homero, de Hesíodo, etc…
En Israel, los Salmos y muchos otros libros poéticos conformaban un corpus sustancial en la educación de los jóvenes hebreos. Estas venerables poesías impregnaban sus almas y se convertían en materia de intercambio espiritual entre ellos. Miles de generaciones se han conmovido y se seguirán conmoviendo al recordar en su corazón y decir con su boca: El Señor es mi pastor…
No puedo esconder mi amor por la poesía. Por supuesto, entiendo que usted cite a Octavio Paz y aún a La Vela Puerca, (pues los hombres suelen preferir las canciones más nuevas, y yo mismo me he educado escuchando a The Beatles o a Graham Nash). Pero trato también de encontrar alimento en los cantos más antiguos.
En esta búsqueda, me he topado ayer o anteayer con un pequeño poema que Gerard Manley Hopkins dedicó a mi ciudad -y que sospecho que le va a gustar. Se llama Duns Scotus’s Oxford.
No le introduzco al poeta. Voy derechamente al poema, que empieza describiendo a una ciudad de torres (towery city), abrazadas por las ramas de los árboles (branchy between towers). Esta victoria de la naturaleza sobre la ciudad pétrea y gris, se refuerza enseguida con una referencia a los pájaros: Oxford es una ciudad Cukoo-echoing (Cuco-sonante), que hace eco al canto de los cucos. ¿No es encantador?
Yo no había entendido, hasta ahora, que Oxford tuviera, en el alma, tantas aves. Hasta ahora, que hemos apagado las máquinas y hemos vuelto a escuchar el eco de los cucos en la piedra. Sin embargo, Hopkins no amaba esta ciudad ni por de sus torres de piedra, ni por sus cucos, sino porque en ella pervive otro eco: el de Duns Scoto, su Filósofo: … de este aire que aspiro y expiro/ él vivió; estos prados y aguas y estos muros/ frecuentó aquel que, entre todos los hombres, más apacentó mi espíritu.
¿No encuentra ese homenaje cuco-sonantemente magdaleniano?
Estimado Leslie:
¡Qué lindo saber que recibe muestras de afecto de parte de los lectores de nuestro contrapunto! Y me provoca mucha alegría, también, que ellos manifiestan un interés especial por la poesía.
La sensibilidad poética es algo extraordinario en estos tiempos; para constatarlo, basta con visitar cualquier librería y preguntar por libros de poesía. Si, por esas casualidades, uno tiene la suerte de dar con una librería donde exista algún rincón dedicado a ella, seguramente se encontrará en el lugar más recóndito, a donde sólo llegan quienes andan en busca de obras escritas en verso.
Algo que siempre me ha llamado poderosamente la atención es que, de los grandes autores de la literatura, la gente tiende a conocer solamente la obra en prosa. Así, me suele pasar que, hablando de Borges, Cortázar, Paz, Auster, e incluso el mismísimo Bukowski, tanto aficionados como entendidos admiten no conocer casi su obra poética (que, a mi humilde entender, es generalmente mucho más valiosa que sus ensayos o novelas).
Sin embargo, es cierto que hay en la poesía una resistencia a de
saparecer, y pienso que esta brota de la esencia misma de todo buen poema. Porque el acto de poetizar, al igual que el de filosofar, nace de lo que los griegos llamaban thaumazein, o asombro originario. Pero no sólo de eso: todo poema es, además, el resultado de una experiencia irrenunciable.
Sin buscarlo, el poeta se ve sorprendido por una verdad profunda, de la cual no es poseedor sino poseído y, así, surge el impulso inevitable de expresarla por medio de la palabra. La pervivencia de la poesía, a pesar de nuestra ignorante displicencia, brota de esa verdad profunda que yace en el alma del poema. Porque la Verdad, mal que nos pese, es una fuerza todopoderosa que se resiste a ser excluida, tanto como a ser completamente adivinada. Por eso, la gloria del poeta -y de todo artista- está en no poder explicar lo que expresa, porque en su obra se revela una verdad muy superior a nuestro limitado entendimiento.
Ya le he hablado de mi amor por los filósofos, pero creo que nunca le conté acerca de mi amor por la Poesía. De hecho, antes de conocer a Nietzsche, ya me había enamorado de los versos de Neruda y de Idea Vilariño. Podía recitar de memoria el Poema XX y Tal vez no era pensar la fórmula, el secreto… Y sentía, como usted bien dice, que había comprendido bien la verdad profunda expresada en aquellos versos. Algo que no podía explicar pero que, sin embargo, sabía. Como una fe en algo que decantaba en lo más hondo de mí en la forma de una certeza categórica. Pero no una fe ciega, que excluye al cuestionamiento, sino una que no dejaba de asombrarme e incitarme a la búsqueda, porque me “decía” que siempre, siempre habrá algún remanente de luz, resguardada tras la sombra.
Diría Borges que, dado que “la estupidez es popular”, la Poesía jamás podrá serlo. Porque un buen poema nos arranca de la popular inmediatez del “¡lo quiero ya!”, y nos fuerza al ejercicio de la paciencia. “Todos los pozos profundos viven con lentitud sus experiencias: deben esperar largo tiempo hasta saber qué es lo que cayó en su profundidad”: esta intuición de Nietzsche expone en forma brillante la experiencia de leer poesía.
El poema es el vestido que elige la Verdad para mostrarse ante nosotros. Ella no anda jamás desnuda, porque si así fuera, perdería toda su belleza. Como señala Byung Chul Han, “lo bello vacila a la hora de manifestarse”. A nuestro frágil entendimiento le resulta realmente arduo comprender el afán por ir detrás de algo que, de antemano, se reconoce inalcanzable.
Pero, entonces, aparece la Poesía para enseñarnos que la Utopía -o la plenitud que acompaña a la contemplación de la Verdad- es de una belleza tan inaccesible como irrenunciable. Y ya no hay marcha atrás.
Así, cuando me preguntan por qué me dedico a la Filosofía, siempre respondo que no puedo dejar de hacerlo. Aunque sé que estoy condenada a buscar y buscar, porque jamás podré contemplar a la Verdad en forma “clara y distinta” (con el perdón del eminentísimo Descartes), igual la deseo, y también la espero…
Y todo esto se lo debo a la Poesía. Por eso, siempre imagino al filósofo de Platón leyendo poemas dentro de la caverna. Sino ¿de dónde brotó la necesidad de abandonar su “zona de confort” y aventurarse a la bella Utopía?